Mercedes Viaud Rochac: «Poemas de Juan Cristóbal» (poesía)

Poesía libre y afectiva de una mujer en las décadas de 1920-30, rescatada del olvido.

Mercedes Viaud Rochac
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | # 118 | Junio 15, 2026

I. Introducción

Jorge Ávalos

Antes de 1950, y con muy contadas excepciones, las mujeres escritoras aparecían muy brevemente en las letras salvadoreñas, en sus años de juventud, y luego desaparecían sin dejar huellas. Rara vez se profundiza en ese fenómeno. Los historiadores suelen atribuir esta aparente veleidad al abandono de la carrera literaria por falta de seriedad o por asumir de lleno la vida del matrimonio y el hogar.

En realidad, en la mayoría de los casos conocidos, ahora sabemos que varias mujeres fueron señaladas por los gobiernos de turno y se vieron perseguidas y, en varios casos, empujadas al exilio (Claudia Lars, Amparo Casamalhuapa, Lydia Valiente, Mercedes Maiti, Matilde Elena López y Liliam Jiménez, entre otras); también están las que enfrentaron muertes prematuras por la falta de auxilio médico en cuestiones de maternidad (Mercedes Quintero, Josefina Peñate y Hernández) o tuvieron que lidiar con tragedias familiares (Julia Van Severen); y también las que se vieron obligadas al silencio para proteger las vidas de sus esposos, algunos de los cuales trabajaban en instituciones de educación y cultura que construyeron con discreta y tenaz dedicación (Mercedes Maití, Emma Posada y Mercedes Viaud Rochac). En algunos casos fueron las mujeres mismas las que llevaron a cabo esas tareas de desarrollo institucional, sobre todo en el campo de la educación o la salud (Victoria Magaña de Fortín, María Álvarez de Guillén y Eva Alcaine de Palomo).

Cuando se dio en la década de 1940 la suficiente apertura para resistir y enfrentar al dictador Maximiliano Hernández Martínez, sale a la luz que varias de estas mujeres habían mantenido un tejido de activismo silencioso y constante para avanzar las causas feministas y democráticas, y que estaban muy preparadas para articular sus posiciones apenas tuvieron la oportunidad para hacerlo. Compartimos aquí una muestra de la obra poética de una de estas voces obligadas al silencio.


MERCEDES VIAUD ROCHAC (El Salvador, 1909-1996). Pianista, poeta y etnógrafa salvadoreña.

Hija de Víctor Viaud Guzmán, salvadoreño de origen francés (1880-1965), y de la salvadoreña Josefa Mercedes Rochac Velado (1886-1971), Ana María Mercedes Viaud Rochac nació el 24 de septiembre de 1909 en San Salvador.[1] Fue la mayor de cuatro hijos.[2] Su hermano Pedro fue héroe de varias batallas durante la segunda guerra mundial, y murió en combate bajo el mando del general Patton en Roma (1911-1944).[3] Tuvo dos hermanas menores: María Asunción (1914-2010); y Lucia Adela (1918-1974).

Mercedes Viad contrajo matrimonio con el músico que fundó la Orquesta Nacional de El Salvador, Alejandro Muñoz Ciudad Real (1902-1991), con quien tuvo dos hijos: Alejandro Muñoz Viaud y Claudia Muñoz Viaud. Después de su matrimonio fue conocida como Mercedes Viaud de Muñoz.[4]

Falleció en San Salvador el 9 de mayo de 1996.

Mercedes Viaud Rochac en los años veinte.

En El Salvador durante la década de 1920, Mercedes Viaud fue una de las impulsoras de la primera ola internacional de feminismo —que intentaba garantizar el derecho de la mujer al voto—, y formó parte del grupo creativo Cactus, el cual asumió técnicas de vanguardia a la vez que volcaba su mirada hacia los temas y motivos autóctonos. El grupo Cactus estaba integrado por los escritores y artistas más progresistas en ese entonces: Salvador Efraín Salazar Arrué («Salarrué»), Alberto Guerra Trigueros, Jacinto Castellanos Rivas, Salvador Cañas, Emma Posada y los hermanos Luis y José Mejía Vides.[5]

En ese ámbito, enérgico y pulsante, se convirtió en una conocida modelo de artistas, posando para fotógrafos y artistas, e incluso apareció en anuncios de publicidad. Fue, efectivamente, la más famosa flapper de los años 20 en San Salvador: un término que describía a las jóvenes independientes y vanguardistas que desafiaban las normas tradicionales, cortándose el pelo a lo garçon, vistiendo vestidos más cortos y holgados, y bailando la nueva música, como el charlestón.[6] Un retrato promocional de ella, al estilo flapper, se convirtió en un regalo popular de la Tabaquera Morena, una de las fotografías más difundidas de la década.[7]

Junto con Emma Posada fue activista política, y su familia le dio apoyo financiero a la carrera política de Alberto Masferrer, y su padre incluso donó lotes para campesinos, una acción promovida por el movimiento Vitalista en 1930.[8] Se conserva una crónica que Mercedes Viaud Rochac escribió, “Una ceiba poblada de alas”, sobre su primer encuentro con Masferrer en 1929;[9] y tras su muerte, recaudó dinero con conciertos de piano para la publicación de sus obras completas.[10]

Su poesía, que impulsó durante una estadía en Costa Rica, se desembaraza de los rigores y preciosismos de los postmodernistas y aborda los temas de la mujer con libertad y veracidad emocional. Nunca publicó libro, y sólo se conserva un puñado de sus poemas, entre los que sobresale el ciclo “Poemas de Juan Cristóbal”, aunque su poema más reconocido es de corte costumbrista: “Desde que te juiste”. Los historiadores literarios consignan su paso fugaz por las letras salvadoreñas con apuntes que malinterpretan sus contribuciones, vinculándola, erróneamente, con el movimiento indigenista, quizás por su labor etnográfica.[11]

Su carrera como artista fue eclipsada por su matrimonio con el músico Alejandro Muñoz Ciudad Real, el 8 de mayo de 1935, que la obligó al silencio literario debido a que él trabajaba como músico para el gobierno. Bajista en la Banda de los Supremos Poderes, después de estudiar en México, donde fue discípulo del célebre compositor Carlos Chávez, Alejandro Muñoz Ciudad Real regresó a El Salvador y fue contratado en 1941 por el gobierno para dirigir la única corporación musical con presupuesto fijo. De esta manera se convirtió así en el primer salvadoreño en dirigir la banda de los Supremos Poderes, que él transformó en una orquesta, para luego separarla del ejército, convirtiéndose así en el fundador de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Durante estos años, Mercedes Viaud de Muñoz Ciudad Real se dedicó al piano como solista,[12] y también como maestra al reemplazar a la pianista Natalia Ramos.[13] También realizó etnografía de campo, recopilando y transcribiendo música folclórica bajo la dirección de María de Baratta para su libro Cuzcatlán Típico.


NOTAS

[1] Registro civil, partida de nacimiento N.º 1635 de la Alcaldía de San Salvador.

[2] Un año antes de que ella naciera se registra, simultáneamente, el nacimiento y la muerte de su hermano José Víctor, el 11 de mayo de 1908.

[3] La repatriación de sus restos, que arribaron a El Salvador el 9 de diciembre de 1948, recibió amplia cobertura de prensa. Ver: La Prensa Gráfica, San Salvador, ediciones del jueves 20 de noviembre y del 10 de diciembre de 1948.

[4] Mientras realizaba esta investigación encontré todas las variaciones posibles de su nombre: Ana María Mercedes Viaud Rochac, Mercedes Viaud Rochac, Mercedes Viaud de Muñoz, Mercedes Viaud Rochac de Muñoz, Mercedes Viaud de Muñoz Ciudad Real; e incluso formas erróneas como: Mercedes Muñoz de Ciudad Real. Pese a que ella sólo usó su nombre de soltera para publicar, Mercedes Viaud Rochac, los historiadores insisten en reformular su nombre de acuerdo a lo que suponen es su nombre legal como mujer casada.

[5] López Vallecillos, Ítalo. El periodismo en El Salvador. Editorial Universitaria, San Salvador, 1964, p. 259.

[6] La música popular proveniente de los Estados Unidos era blanco de críticas y burlas en ese entonces por los intelectuales, como en el poema “Charleston” de Alberto Guerra Trigueros, que se orilla a la sorna y al desprecio de la mujer que ve bailar.

[7] Varios coleccionistas privados conservan esta imagen, tanto la fotografía original como la versión promocional, por ejemplo en las colecciones de Dawson-Salazar, Panadés y la De Sojo Figuerola; esta última de gran difusión por las redes sociales (“Nuestro El Salvador de Antaño”).

[8] Los anuncios de la donación aparecen en las ediciones del 9 y 10 de enero del periódico Patria, San Salvador, 1930. Las notas fueron redactadas por Mercedes Maití, una activista del movimiento Vitalista de Masferrer en ese entonces.

[9] Apareció primero con el título “Cómo conocí a Masferrer” en el periódico Patria, de donde lo retoma el Repertorio Americano, San José Costa Rica, 16 de septiembre de 1933, p. 172.

[10] “La velada en el Teatro Nacional”. Repertorio Americano, 4 de noviembre de 1933, p. 270.

[11] La aseveración la hacen Juan Felipe Toruño, que se refiere a sus “entretenciones con el folklore” (Boletín de la Biblioteca Nacional, 1946, p. 22); y Gillermo Gallegos Valdés, que se refiere a inexistentes “poemas indigenistas” (Panorama de la literatura salvadoreña, 1962, p. 174).

[12] “Esta noche en la RUS tocará Mercedes Viaud”. Diario Latino, 10 de febrero de 1932, p. 4.

[13] Diario Oficial, San Salvador, 10 de junio de 1947, p. 1916.


II. Poemas

Mercedes Viaud Rochac

Sombras

Vi en mi sombra
tu sombra,
vi que irradiaban
tus venas la luz
del misterio.

Te vi tan cerca
que todo se puso mudo,
mi alma ya no pudo
decir la palabra
que tanto ansiaba…

Y es que la sombra
mutilaba estrellas
y enredaba sortijas
en torno a mi boca.

Por eso callé.
Te di un beso
y me envolví
en tu sombra.

Poemas de Juan Cristóbal

Para Carmen Lyra

I

Era una hebra de luz aquel llanto que oí en el cuarto desvencijado.

Por primera vez las telarañas y los ratones oyeron la canción más pura.

Las vigas carcomidas por el tiempo y los tejados enmohecidos por la lluvia temblaron de emoción maternal.

Fue ahí en aquel cuarto desvencijado donde supe de la vibración suave: era el llanto de Juan Cristóbal.

II

Era un cogollito de amor.

Era la miniatura inconsciente más perfecta.

Era el niño-Dios criollo.

Era de algodón moreno, carnita de canela entre pañales suaves de sol.

Era así…

III

Dos almendras entreabiertas parecen sus ojos cuando duermen, para ver el mundo en

mitad. Parpadean, sonríen: es que está cerca de un colmenar.

IV

Hijo de todos y de nadie.

Tú viniste antes que mi carne floreciera, a encender en mi vida, el candil maternal; a poner pucheros al verso sencillo; a fertilizar la selva musical; a poetizar el sentido vital de las cosas.

V

Crecerás. Poseerás lo que tú quieras, si tu cabecita la puedo llenar de verdades.

Pero dime, terroncito de azúcar morena, ¿endulzarás entonces, el agua de mi vida?

VI

Eras tan pequeñito, como el hoyito donde entran las hormigas a dormir. Ellas como tú, atesoran migas de pan, en el huequito tibio del corazón.

Las hormiguitas con pedacitos de hojitas frescas, forman ronda a la pileta del clavel; tú, zompopito, te haces collar en torno a mi cuello.

VII

Acércate a mi corazón, Juan Cristóbal: es una almohada que los ángeles hicieron para ti. Ellos, durante el sueño, dicen cosas dulces a los niños.

Deja que te estreche, acaso alcance yo un poco de esa miel angelical.

VIII

Este era un fueguito cerca de la mar. El fueguito se llamaba amor, la mar se llamaba vida. Pues la mar quería apagar al fueguito, ¿pero sabes, Juan Cristóbal, que el fueguito ganó?

Sí, ganó.

IX

Con el dedito de tu corazón, has tiznado de dulzuras, esta página de mi vida.

Con tus miradas de aceituna, el mundo se me torna una masita de amor

Con tus labios de pitahaya has mordido una inquietud musical y todo el huerto hogareño canta al ritmo de tu corazón.

X

Desde que mi canción entra en tu oído, la tarde se llena de caracoles y estrellas. Y es entonces cuando todo mi cuerpo se estruja de infinitos y madrigales. Y es así que mis brazos evocan fortaleza y suavidad.

XI

El viento está deletreando una frase nueva para ti, ¿la oyes, Juan Cristóbal?

Pasa suavecito, como sordina enrollada en una nube, sobre las basuritas de tu sitio: tu ronda.

Ven, así conmigo, escucharemos letra por letra el deletreo del viento; tú y yo, trataremos de interpretar este sencillo y nuevo alfabeto que ha sido creado para ti.

XII

Se está meciendo la luna, la luna se está durmiendo; todo lo blanco está cantando, todo de azul se está vistiendo, y es porque Juan Cristóbal, al solo abrigo de mis dos brazos, se ha quedado dormido, dormido.

XIII

Tus ojos ya conocen el milagro de ver el cielo, tus manos ya acariciaron la arcilla creadora, tu boca ya supo de la frescura del manantial, tus oídos ya oyeron la música del viento, todo tu cuerpecito ya se tiñó con los colores del río.

Tus sentidos van desarrollándose al ritmo de la naturaleza; ella es para ti, el mejor juguete.

XIV

¡Jícaro, Jícaro!

Tendido en la siesta del sol sombreas de aromas las cantarinas rayas trazadas por Juan Cristóbal; rayas que son la respuesta enredada en las madejas de luz.

¡Jícaro, Jícaro!

Que nunca tu sombra desabrigue los juegos y llantos de Juan Cristóbal.

XV

Con piedrecitas de mar construyes el túnel por donde se pasea tu ilusión infantil, así mismo, los caracoles ensayan el cromatismo por donde se paseará tu lección musical.

Tarde de concierto

Tarde de concierto…
me entregaste a la nostalgia
de sus palabras
y a la infinitud de su mirada.

Tarde de concierto…
llovieron sobre el teclado
de su corazón,
azogues paralelos
en vibraciones monosílabas.

Tarde de concierto…
prolongada en la luz de las estrellas
y adherida al canto tonal
de las cigarras.

Tarde de concierto…
en que nacieron muertas
las begonias,
porque trinó tarde
la lluvia de sus ojos.

Tarde de concierto…
acaso haya quedado una nota
en la clave de su oído,
para hacer con ella
un caracol vitral.

Tarde de concierto…
escapada para siempre
de mis manos,
tendida en el río de sus palabras
y anclada al muelle de su corazón.

Tarde de concierto…

San Salvador, 1933.

Desde que te juiste…

Desde que te juiste
el cacaxtle de mi alma
está triste.
Los izotes ya no floreyan
aquellas candelitas
que alumbraban el monte…

Desde que te juiste
el Santu Sebastián
ya no hace milagros
ni la ceiba da sombra.
Y el acordeón
está tan llorón,
qui todito el rancho
se moja de quejas
y por eso mi alma
se llena de tristuras

Desde que te juiste
te vivo esperando
debajo ‘e la sombra
morado-aceituna,
y sólo veyo la pereza
del tiempo
a la luz de la luna.

Desde que te juiste

Una ceiba poblada de alas

Cómo conocí a Masferrer.

Aquella tarde de octubre de 1929 era de una luminosidad insinuante. Invitaba a la realización de algo grande, más que a la meditación y más que a la contemplación pura de la belleza.

Emma Posada, Matilde Olmedo y yo, deliberamos en qué podríamos emplear aquel marco luminoso y celeste de la tarde. Por unanimidad acordamos visitar por primera vez y presentarnos sin madrina, al Maestro Masferrer.

Llegamos casi infantilmente a una casita de esas que ya no se ven sino en los nacimientos.

—¿Aquí vive don Alberto Masferrer?

—Sí, pasen adelante.

El Maestro estaba enfermo. Nos hicieron pasar hasta su cama. Una voz suave de niño endulzó el ambiente.

Después de hablar sobre la filosofía de las enfermedades, nos dijo:

—¿Por qué han venido a buscarme?

—Para recibir sus consejos, Maestro; nosotras acabamos de salir del colegio; llevamos dentro muchas inquietudes, pero necesitamos orientación.

—Sí. Es menester que ustedes, ante todo, se busquen, se tracen un plan de trabajo y estudio, para saber sobre qué terreno van a emprender la jornada. Sin un fin, sin un ideal sincero la vida no tiene objeto. ¿Son maestras?

—No. Hicimos con el profesor Francisco Luarca un curso libre.

—Pero ¿libre como el mar y el pájaro, sin limitaciones?

—Usted conoce a Luarca, es libre y fuerte de verdad. Por él le conocimos; fue él quien nos enseñó a quererle, y por ese impulso afectivo estamos aquí.

Insistía:

—Escudríñense. Vean, ustedes no harán nada bueno, mientras sigan pensando tanto en ustedes mismas. Hay que arrancarse el alma y darse plenamente.

Tras ese preludio, fue al punto:

—Tengo una gran esperanza en la mujer. He tratado mucho tiempo con hombres de lucha, pero ellos mismos me han descorazonado. Prepárense, la vida necesita con urgencia de la acción femenina. La mujer es más fervorosa y constante; la obra es más de amor. Ha de tender sus brazos como ceiba pródiga, fuerte, sencilla y suave para barrer las lacras sociales, los vicios morales. La ceiba simboliza a la mujer del futuro.

Fueron sus palabras alas, que nos hicieron volar sobre un espacio duro de realidad humana.

Masferrer humanista manifestó sus tristezas a tres mujeres que habían llegado a él en busca de una estrella blanca.

Desde entonces, desde aquella tarde luminosa, Masferrer ha sido para mí la Unidad Perfecta: Fe, Esperanza y Caridad.