Alfredo Alvarado Guerra: “Nahuizalqueña” (poesía)

Alfredo Alvarado Guerra es un olvidado poeta salvadoreño de origen indígena, precursor de una corriente de poesía política —antipoética, provocadora y disidente—, que se convertiría en una fuerte tendencia literaria en las dos décadas previas a la guerra civil salvadoreña medio siglo después. Fue exiliado del país durante la década de 1930 por el General Maximiliano Hernández Martínez, quien llegó a la presidencia de El Salvador tras un golpe de estado y mantuvo una dictadura desde 1931 hasta su derrocamiento en 1944.

Alfredo Alvarado Guerra
Introducción y selección de poemas por Jorge Ávalos 

I. Introducción

Alfredo Alvarado Guerra nació en Nahuizalco, en ese entonces una villa indígena de Sonsonate, el 6 de diciembre de 1913, hijo de Alfredo Alvarado y de Rosa María Guerra de Alvarado. (En varias publicaciones aparece identificado con el título personal “hijo” o “h.”). Cursó estudios de Jurisprudencia y Ciencias Sociales en la Universidad de El Salvador.

Ya desde la adolescencia destacó como un orador “de buena entonación y claridad de conceptos” (Revista del Ateneo, San Salvador, 1930, pp. 43 y 50). En 1933 ganó el primer premio en un concurso de oratoria organizado por el Ateneo de El Salvador, después de tres años de ser finalista. Su más conocido ejercicio de oratoria es un breve discurso, que aún se conserva, Frente al retrato de Masferrer: Quiero hablarte maestro, y en el cual, “enfermo de franqueza”, acusa a la “burguesía” de haber causado la muerte al reformista social y periodista Alberto Masferrer; al mismo tiempo denuncia el silencio de la Universidad de El Salvador por ignorar el primer aniversario del fallecimiento del influyente pensador. Este discurso llamó la atención del General Maximiliano Hernández Martínez, quien después ordenó la detención y el destierro de Alvarado, aunque por un hecho distinto.

Alvarado fue procesado después de confesar ser el autor de un poema en prosa publicado en la revista Cipactly bajo el seudónimo Amarilis en 1932, “Lo que le dijeron sus labios”, y que alude a la ejecución de Feliciano Ama, un cacique pipil que lideró la rebelión de enero de 1932, la cual fue suprimida con una masacre que cobró la vida de miles de indígenas. Alvarado era el redactor de la revista, dirigida por Carlos Molina. Después de un tiempo en la prisión de Nahuizalco, Alvarado vivió en el exilio en San Pedro Sula, Honduras. Murió una semana antes de cumplir los 37 años de edad, el 30 de noviembre de 1950.

Es difícil conciliar la visión que se tenía entonces de la promesa que Alvarado representaba para las letras salvadoreñas con lo poco que sobrevive de su obra, dispersa en periódicos de El Salvador y Honduras. El 29 de noviembre de 1937, por ejemplo, Carlos Bustamante anunció en Diario Nuevo: “Hace tiempo que esperábamos el advenimiento de un verdadero poeta en nuestras latitudes patrias, y aunque el milagro ha tardado en realizarse, ya que toda gestación es lenta, ahora sí podemos afirmar sin reticencias que en Cuscatlán ha aparecido ya ese numen mesiánico que tanto esperábamos: se llama Alfredo Alvarado”. Según Juan Felipe Toruño, que lo conoció muy bien, Alvarado —“uno de los intelectuales sencillos”—, fue “de los que tejieron sus rimas a la sombra de los aleros románticos” debido a una involución emocional que se manifestó en su poesía.

“Perdido en el laberinto de esta hora amarga de la humanidad, creyó en los hombres”, escribió Toruño. “Y creyó en el verso nutrido de esperanzas y de ilusiones. Y creyó, optimista, que la gente de hoy cree en la poesía. Que ésta le iba a salvar y aguardaba. Pero el padecer no aguarda y en la hora de su tribulación buscó en las fuentes de Verlaine el apaciguamiento. Y en esa fuente se ahogó”. Y en efecto, de una poesía de signo social y corte vanguardista, Alvarado se volcó, ya en el exilio, a una poesía sentimental en contenido y tradicional en forma. Aun así, en sus dos etapas, escribió poemas memorables, suficientes para otorgarle un lugar en la historia literaria del país: “Canción para el hijo que hubiera sido proletario”, “Nahuizalqueña”, “Lo que le dijeron sus labios” y “Letanía del juguete”.

En prosa Alvarado publicó Acuarelas en el camino, “una síntesis policroma de sus andanzas por Honduras, lograda a través de su temperamento artístico y del íntimo contacto con hombres de letras, caminos y paisajes”, según Raúl Gilberto Trochez (El Cronista, Tegucigalpa, julio de 1960). En el número 127 de la revista Pegaso, de Honduras, Felipe Elvir Rojas le publicó Prismas íntimos, una antología mínima de sus poemas más conocidos. Tuvo una fuerte afinidad por el verso alejandrino, como lo señala Luis Gallegos Valdés en su Panorama de la literatura salvadoreña (1980). En el cincuenta aniversario de su muerte la Fundación para el desarrollo de Nahuizalco y la Universidad Nueva San Salvador publicaron una selección de sus textos bajo el título Medallón de nostalgias (2000, El Salvador), una edición infame plagada de errores, y que favorece los apuntes originales del autor, a veces incompletos, a las versiones definitivas de los poemas que publicó en vida.

Jorge Ávalos

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Primera publicación de Alfredo Alvarado Guerra a los 17 años, en la revista del Ateneo de El Salvador, 1930, cuando gana mención especial en un concurso de oratoria con el tema  “Amor a los padres”.

 

II. Poemas de Alfredo Alvarado Guerra

Canción para el hijo que hubiera sido proletario

La vi una tarde, después de muchas tardes:
iba vestida de morado lila,
con media luna de ojeras
y una profecía fácil de hijo
en las entrañas,
pero ya no era el mío.
No, no podía ser mío.
Hijo
que te enfermaste de arrepentimiento
una mañana del sábado de gloria;
hijo que nada conociste,
ni siquiera los ojos de tu madre;
caricatura de hijo
perdida en el caracol
de un vientre de mujer…
Cómo te hubiera enseñado
la cartilla del mundo;
aquí sobre mis piernas habrías aprendido
las palabras que empiezan con “r”;
las notas del revólver
serían arrullo para tu sueño infante;
la línea vertical del rayo
hubiera sido frágil serpentina
entre tus manos morenas;
y el pezón caliente de la revolución
te habría dado leche… leche roja
para nutrir tus venas inconformes.
Pero te perdiste, albor de hijo
tras la cortina de un enojo pueril.
Cómo se equivocó tu padre
frente al problema algebraico del amor
(ecuación de una incógnita que nadie ha
sabido resolver):
allá sobre las venas rollizas de un tapexco
jugarías con trocitos de hambre,
mientras yo me robaba las gallinas
que estuvieran de sobra
en las haciendas burguesas;
tú no sabrías nunca del himno nacional
ni la lección monótona de un 15 de septiembre.

El compás de los caites marciales
que van al asalto
sería tu gran marsellesa espiritual.
…………………………………
Pero los dioses quizá no quisieron
que tus manos chiquitas fueran 2 veletas
para la ovación…

 

Palabras del encuentro inesperado

¿Cómo fue que nos vimos
si ya no somos nada,
mujer,
si nuestras propias manos
quebraron el juguete
que nos trajo en diciembre el Niño Dios?
¿Cómo fue que nos vimos?
Tu vestido era una sola blonda negra
prendida a la interrogación de mi sorpresa.
Llevabas en la frente
—espejo luminoso para copiar tristezas—
esa señal que dejan los amores imposibles:
un frío desengaño.
En la ventana de tu soledad
se están diciendo cosas los recuerdos
y sobre el canapé de la nostalgia
languidece tu última ilusión.
Contéstame, mujer,
por qué nos vimos
si ya no somos nada,
si nuestras propias manos
quebraron el juguete
que nos trajo en diciembre el Niño Dios.
¿Por qué nos vimos…?

Lo que le dijeron sus labios

Esta fue la india que se quedó llorando… Ella no dice por qué, sólo me enseña dos camisetas nuevas y un calzoncillo de manta-dril.

Y no lo comprendo.

—Allá en aquel palo de mango, lo encontré colgado, una mañana del veintidós de enero…

Entonces sí lo entiendo.

Ninguna mujer tuvo más razón que tú para llorar, india desamparada, hecha viuda por dos lazos blancos. Tus lágrimas no son de dolor ni de miedo, ni siquiera de soledad. Tus lágrimas son de rencor, porque sólo tu Dios tenía derecho a su vida, esa vida que tú alimentabas con frijoles y tortilla a la hora del Ángelus.

Pero los años de vivir juntos te han regalado un hijo que pronto será hombre. Entonces, tú debes enseñarle las dos camisetas nuevas y el calzoncillo de manta-dril. Verás en sus ojos prender el fulminante de una promesa filial; verás en sus manos un juego nervioso. Tú le darás más tortillas, más frijoles, porque ha de ser el símbolo de la redención.

¿Sabes lo que significa un hijo para tu viudez? Tu religión. ¿De qué te sirvió el escapulario de la Virgen del Carmen y las candelitas a San Cayetano? ¿Acaso hicieron algo para rescatarlo? Sólo te contesta el viento que silba burlón entre las ramazones del palo de mango…

Allí tienes tu mejor religión, india: dos brazos nervudos y un altar dentro del pecho. Rézale a él. Pídele a él.

Y verás otra mañana de cualquier enero, prendiendo de otra rama de mango, en vez de camiseta y calzoncillo… Smoking y guerreras…

Cipactly, 1932

NOTA: La mujer “india” en el poema es la viuda del líder indígena de Nahuizalco, Feliciano Ama, ahorcado el 22 de enero de 1932 por las fuerzas del general Maximiliano Hernández Martínez, tras la rebelión comunista y el levantamiento indígena ocurrido ese mismo mes.

 

Nahuizalqueña

Oh, Nahuizalqueña,
lágrima caída
sobre los escombros
de razas perdidas,
yo sólo te pido
tu honda mirada.

Mujer que golpearon
de barro las botas
lodosas y sucias
de planta extranjera,
yo sólo señalo
tu digna belleza.

Acémila triste
que arrastras el fardo
de los que negaron
a su misma sangre,
yo sólo descubro
tu sabia memoria.

Oh, Nahuizalqueña,
india de mi pueblo,
retrato nativo,
madre de mis días,
yo sólo reclamo
tu voz verdadera.

 

A una fumadora

Anoche un cigarrillo se quemaba en tu boca,
y el humo en redondeles sobre tu faz morena
subía acompañado de la graciosa y loca…
la visión errabunda de la errabunda pena.

¿No sabes que las penas, las mismas que condenas,
para que nunca vuelvan, hay que mandarlas solas…
porque son eslabones y pesadas cadenas
que se repiten siempre cual furibundas olas?

¿No sabes que Dios mismo cuando llegó el momento
de alejar las querellas de nuestra vil razón,
se aproximó a la copa sutil del firmamento
y la besó en el fondo con alma y corazón?

El beso es una barca cuyas velas serenas
funcionan en la calma como en la tempestad,
por eso cuando quieras desahogar tus penas
mi embarcación te espera sobre la inmensidad.

 

El verbo triste

Con el alma imperfecta y las palabras mudas,
soy un simple capítulo del tiempo y la memoria.
Y entreteniendo infancias me ha encontrado la historia
con muy pálidas lágrimas o con risas desnudas.

¿Qué importa la progenie y qué vale la grey
en estas luchas íntimas de saber imprevisto?
¿No me sintió Belén en las manos de Cristo
acariciando el ocio de la mula y el buey?

Siempre tengo cinco años en la ilusión madura,
soy la flor de los siglos perfumando las calles:
reí con Luis XIV en la Corte de Versalles,
lloré con Antonieta una traición futura.

Muchos ojos han visto mi cuerpo multiforme
enseñar la tristeza feliz del primer paso.
Donde muere la novia y amanece el regazo,
allí se manifiesta mi vocación conforme.

El hombre, cual pequeña luminaria difusa,
asegura que soy un bajel sin destino,
torpe huella cansada, agria sed sin camino,
desperdiciada lana sobre la estepa rusa.

Pero yo le pregunto: «Las mil generaciones
que gozaron conmigo —en esas tardes vagas—,
¿no te recuerdan éxtasis de Luises de Gonzagas,
ni te traen tambores de altivos napoleones?

Yo marchaba con ellas como tú lo quisiste;
era tu voluntad emanación sagrada:
unas fueron perversas porque me hiciste espada,
otras se hicieron buenas porque cruz me volviste.

Tú me pusiste precio. Tú me diste a las manos
infantiles, señor, como una mercancía,
y has dejado entre el niño y mi emoción sencilla
la moneda que baila al compás de los villanos.

¿Qué culpa tengo yo de esa vieja raigambre,
de las lágrimas pobres, de la rica sonrisa,
si tú has dado esta ley frágil y tornadiza:
Unos comerán Pan, otros comerán Hambre?

¿Te acuerdas? Cuando vine gateaba mi inocencia.
Yo te dije el secreto que nunca has de olvidar.
La vida era tan breve… y te enseñé a jugar…
¿Sabes lo que ese verbo significa en la ciencia?»

Sí, jugar: verbo triste perdido en la memoria.
Jugar: la confesión de un pecado de luna.
Los hombres andan locos, me besan en la cuna
para arrojarme sucio, después, sobre la historia.