Ernesto Cardenal: “Alfonso Cortés” (ensayo)

Con un estilo lúcido y sin pretensiones, Cardenal investiga y destruye el mito que rodeaba a Alfonso Cortés: es un poeta brillante, pero no por ser un loco; su trágica enfermedad afectó la calidad de su vida y el desarrollo de su obra.

Ernesto Cardenal
La Zebra | #5 | Mayo 1, 2015

Crónica biográfica y crítica literaria se entremezclan en este extraordinario ensayo de Ernesto Cardenal sobre el gran poeta nicaragüense, Alfonso Cortés (9 de diciembre de 1893 – 3 de febrero de 1969). La semblanza del poeta, tan lúcido como loco, a quien conoció desde niño en León, dibuja un mapa biográfico, literario y psicológico que contiene las principales claves para interpretar la poesía metafísica y filosófica de Cortés, que, en sus extraordinarios planteamientos oníricos, contiene sorprendentes intuiciones sobre la naturaleza física del cosmos, intuiciones que apenas comenzamos a comprender a inicios del siglo XXI. Este ensayo se publicó por primera vez en la revista Cultura, No. 24, San Salvador, abril-Junio de 1962.

Nota de introducción de Jorge Ávalos

 

Es un hecho muy curioso el que los dos más grandes poetas que haya dado Nicaragua hayan vivido en la misma casa. Porque en la vieja casa de la infancia de Darío vivió Alfonso Cortés, en ella se volvió loco y en ella ha escrito, estando loco, su mejor poesía. Darío nos ha hablado de esa casa de la tía Bernarda, situada en el lugar que llaman en León de “Las Cuatro Esquinas”: “Quedaba mi casa —dice él— cerca de la iglesia de San Francisco, donde había existido un antiguo convento. Allí iba mi tía abuela a misa primera cuando apenas aparecía el primer resplandor del alba, al canto de los gallos. Cuando en el barrio había un moribundo, tocaban las campanas de esa iglesia el pausado toque de agonía, que llenaba mi pueril alma de terrores…” “La casa era para mí temerosa por las noches. Anidaban lechuzas en los aleros. Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos…” “Rememoro un gran jícaro bajo cuyas ramas leía y un granado que aún existe; y otro árbol que da unas flores de un perfume que yo llamaría oriental si no fuese de aquel pródigo trópico y que se llaman “mapolas”.

Cuando era niño yo asistía al colegio de los Hermanos Cristianos en León, en el lugar de Las Cuatro Esquinas (esquina opuesta con la casa de Darío) y pasábamos por la vieja casa cuando íbamos a misa al Hospicio de San Juan de Dios y veíamos por el zaguán al fondo de un corredor sombrío a Alfonso Cortés encadenado, con una cadena atada a un viga del techo. Yo tenía 8 años, pero recuerdo que para mí esa figura era ya misteriosa y me intrigaba porque una sirvienta de mi casa me había contado que era un “poeta loco”. Una tarde se soltó de sus cadenas y entró al patio del colegio donde nosotros jugábamos, llenándonos de terror. Después entraron unos guardias nacionales y se lo llevaron esposado.

Las hermanas de Alfonso cuentan que estando loco y encadenado junto a la ventana que daba a la Calle Real escribió su poema “Un detalle”:

Un trozo azul tiene mayor
intensidad que todo el cielo,
yo siento que allí vive, a flor
del éxtasis feliz, mi anhelo.

Un viento de espíritus pasa
muy lejos, desde mi ventana,
dando un aire en que despedaza
su carne una angélica diana.

Y en la alegría de los Gestos,
ebrios de azur que se derraman…
siento bullir locos pretextos,
que estando aquí, ¡de allá me llaman!

Coronel Urtecho fue el primero en darse cuenta del valor de este poema, durante los años de la revolución vanguardista en Nicaragua, y lo hizo famoso entre nosotros cambiándole su título por “Ventana”. Escribió él en esa época:

¿”Un detalle”? ¿Por qué un detalle y no una ventana? Una prisión oscura de muros altos y una ventana. Me he preguntado, constantemente me pregunto: ¿Será esta la más bella poesía de la lengua española? ¿La más bella poesía de todas las lenguas? La recito para mí solo cada vez que quiero evadirme, salir, sentirme superior a mí mismo. Yo no sé qué es lo que hace que una poesía sea superior a otras, pero ¿Rubén hizo nada más alto, nada más veloz, nada más escapado? Nada.

Coronel me ha contado que él leyó por primera vez “Un detalle” en un periódico y que no le dio importancia, pero inmediatamente volvió a leerlo y entonces descubrió que era un sublime poema porque lo entendió. Vio que se trataba de una ventana y que para el poeta loco que estaba encadenado ese trozo azul era más azul que todo el cielo de los que están afuera. Coronel le puso el nombre “Ventana” para que se entendiera mejor y porque el título “Un detalle” podía hacer creer que se trataba de algo intrascendente cuando era uno de los poemas más altos de la lengua castellana.

En el Manicomio de Managua Alfonso Cortés dijo una vez que el poema no se refería a una ventana sino a unos ojos azules y que el nombre de la muchacha estaba en el poema. Presionado para que dijera el nombre al fin lo reveló: Angélica (“una angélica diana”). Pero las hermanas de Alfonso me han contado que no recuerdan que hubiera existido ninguna Angélica en la vida de Alfonso. Estuvo enamorado de Diana Ortiz sin embargo (que, si no recuerdo mal, tiene ojos azules). Pero esta explicación de los ojos creo que era pura locura de Alfonso. Yo una vez se lo pregunté y me dijo que lo había hecho a una ventana, pero me agrego en tono despectivo que era un poema de juventud escrito a los 19 años, “en mi época parnasiana o verleniana”. A unos alumnos del colegio Ramírez Goyena les dijo después que ese poema lo había escrito a los 15 años, cuando estaba en primaria y usaba pantalones cortos. No hace mucho yo volví a preguntarle por el poema “Ventana” y me volvió a decir que en efecto se refería a una ventana y que lo había escrito a los 13 años. Y me agregó: que estaba ante una ventana y observó cómo ese trozo de cielo azul era más intenso que el cielo completo. Pero que “teológicamente” ese era un error porque el cielo completo es más azul que un fragmento. Que en aquellos tiempos de su juventud él se había engañado por la apariencia de los sentidos, porque ante sus ojos aparecía más azul, pero que ahora con la experiencia de los años comprendía que ese era un error, “una visión terrena del cielo”.

Yo creo que Alfonso debe de haber escrito “Ventana” estando loco, como dicen sus hermanas. Sin embargo es cierto que fue un poeta precoz, y también que escribió poesía que parece de loco muchos años antes de volverse loco. No son muchos los poemas suyos que tienen fecha, pero entre estos está aquel maravilloso poema “Almas sucias” fechado “Año 13” (a la edad precoz de 20 años):

Abro para el silencio la inercia de la fluida
distancia que no vemos, entre una y otra vida
y tras la cual las cosas que miramos, observan…

Yo elevaré las vastas esencias que conservan
su secreto de sueños dentro del pecho enorme,
y uniré los detalles de Forma, Luz y Acento
que unifica la pálida lejanía del viento;

porque bajo, entre y sobre los cielos, la distancia
de que os hablo, es la Idea que pone la fragancia
de unidas relaciones sutiles, como losas,
un silencio, una inercia del alma de las cosas!

Este poema de los 20 años, escrito 14 años antes de volverse loco (y que Alfonso Cortés en una grabación en cinta magnetofónica que le hizo recientemente la Editorial Nuevos Horizontes dijo que lo había escrito “muy pequeñito”) es un poema onírico y surrealista, brotado de las profundidades del sueño y de la locura (“su secreto de sueños…”). Yo creo que Alfonso Cortés fue casi tan precoz como Rimbaud, y que es uno de los grandes casos de la poesía surrealista como Rimbaud y como Lautrémont.

Del mismo año 1913 es aquel otro “Fuga de otoño” que comienza:

Aquí todo, hasta el tiempo se hace espacio, en los viejos
caminos nuestra voz yerra como un olvido,
y a un éter lleno de recuerdos se ha salido
de nosotros el alma, para vernos de lejos

y en el que dice que el cielo es como un “recuerdo de colores” y que en él arremolina la “luz sonora” sus “vientos” y “la loca de la tarde hunde sus pensamientos / de luz…“

Y de un año anterior es aquel otro poema “Órgano”, también onírico, que termina:

sobre el polvo de mi alma en donde juegan
mis penas, bajo una luz amarilla;
sobre el polvo de mi alma adonde llegan
como aullidos las voces de la Villa.

No existen poemas de juventud en Alfonso ni poemas de madurez como no hay diferencia tampoco entre sus poemas antes y después de su locura. Hay poemas malos y buenos en él y poemas conscientes y subconscientes, pero de unos y otros ha escrito en edad temprana y en edad madura y lo mismo estando cuerdo que loco. No se nota en su poesía ninguna evolución, ni cambios, ni progreso, ni ninguna división entre cordura y locura, adolescencia y madurez. Su poesía es intemporal. Su poesía buena y la regular y la mala parece que fueran como distintos planos de poesía y a lo largo de su vida han existido siempre estos planos.

Alfonso Cortés me dijo que había comenzado a escribir a los 8 años, y en un poema suyo dice que comenzó a los 7 y que su alma se abrió al mismo tiempo a la literatura y a la locura:

Cuando mi alma se abría
al sol de la literatura
tal una flor del día,
ebria de amor y de locura;

con ímpetus extraños,
y el corazón me era oportuno,
(yo tenía siete años
y el siglo XX estaba en uno)

Y yo creo en efecto que literatura y locura han sido una misma cosa en él. Alfonso fue loco desde que fue poeta. Locura y poesía arrancan en el de la misma raíz oscura, han brotado de los mismos abismos del subconsciente. ¿O tal vez fue la incursión de su poesía en el subconsciente la causa de su locura?

Coronel ha dado el nombre de poesía alfonsina a esta clase de poesía misteriosa de Alfonso Cortés, genial poesía de locura (que comenzó a escribirla desde muy temprano como hemos visto y no sólo estando loco). La poesía alfonsina es una poesía rara, disparatada como los sueños y oscura como las profecías. Es una poesía metafísica, tal vez la única verdaderamente metafísica que hay en castellano, preocupada por temas como: la esencia, la forma, el número, la materia, el ser, Dios, la eternidad, el espacio y el tiempo. El poema que vimos, “Almas sucias”, de los 20 años, es de los típicamente alfonsinos. En él encontramos su preocupación por el espacio (“la distancia de que os hablo, es la Idea…”), las misteriosas contradicciones y paradojas (“la inercia de la fluida / distancia”, “las cosas que miramos, observan”) y el uso de las mayúsculas (Idea, Forma, Luz, Acento) que son tan frecuentes en la poesía alfonsina. La preocupación por el espacio y el tiempo la encontramos ya también en “Fuga de otoño”, de la misma fecha: “Aquí todo, hasta el tiempo, se hace espacio.”

En el poema titulado “La piedra viva” se pregunta:

—¿En dónde estás, en dónde estás, distancia
sin relación y tiempo sin medida,
y lo que Dios es, la única fragancia?

Y en “La gran plegaria” dice:

el tiempo es hambre y el espacio es frío.

Y en el poema “Ángelus”:

la Hora, triste de espacio, yerra.

En “La danza de los astros”:

la distancia es silencio, la visión es sonido

“La hora triste de tiempo”, dice en otro poema; en otro habla de un pájaro que pasa “y se acerca desde la torre una hora”; en otro dice que “volaba una hora dulce en el aire”, y en otro: “mientras paseo, pienso en espacios”. Y en el soneto “La flor del fruto”:

El hombre es árbol místico y apenas
comprende Espacio y Tiempo si se vierte
en flor de su alma y fruto de sus venas.

El primer poema que Alfonso escribió después que se volvió loco fue “La canción del espacio”. No sé si por aquella época estuviera enterado de la teoría de la relatividad y el Espacio-Tiempo de Einstein, pero en este poema habla de la “relatividad de nuestra vida contemporánea” que da al espacio —dice— “una importancia que sólo está en nosotros”, y esta canción del Espacio termina con aquella su pregunta sobre el Tiempo:

Pero si
no es
así, permítaseme hacer una
pregunta: —Tiempo: ¿dónde estamos
y yo, yo que vivo en ti y
tú que no existes?

En el Manicomio Alfonso me dijo una vez que en ese poema había querido desarrollar dos conceptos: El primero era: “Como si quisiera llegar a la Eternidad media hora antes que el tiempo”. Y el segundo: “El origen de las cosas no es anterior sino permanente”. Y agregó: “Pero ya estaba enfermo yo y por eso escribí solamente esa parte”. A sus hermanas les había dicho en otra ocasión otro pensamiento sobre el Tiempo, que ellas recogieron: “El Tiempo es la relación que hay entre el hombre y todo hecho”.

Lo poesía alfonsina está llena de profundidades filosóficas. En un poema titulado “La flor de la hora”, que en algunas otras líneas es más bien disparatado, y que está fechado en 1940, dice que:

la idea
es un hecho casi visible en la forma

En su poema “Afrodita” ahonda más aun sobre la forma, cuando dice a la diosa:

Y Dios, cuyo deseo se conforma
con tus actos, sonándote en palabras,
le dio a la Vida el alma de tu forma.

Y en el soneto “Yo”:

Yo soy el mercader de una divina feria
en la que el infinito es círculo sin centro
y el número la forma de lo que es materia.

Pero las abstracciones filosóficas se vuelven sensoriales en Alfonso. Tienen forma, color, perfume. La filosofía se hace poesía. La idea, como él ha dicho, es un hecho casi visible en la forma. Dios, de quien tanto habla, no es abstracto sino Concretísimo: Buscará una mujer, dice, “que haya tocado a Dios con la mano”. Habla de las cosquillas de Dios (“ya no quiero sentir más las cosquillas de Dios en mi cerebro”), “los vientos de Dios”, los versículos del manuscrito amarillento que vio un día en el seno poderoso de Dios, los Sagrados Poros de eterno sudor bañados.

¿Sientes? En este sitio en que estamos los dos
huele a gas, huele a infancia, huele a mujer y a Dios…

La poesía alfonsina mucho habla de éxtasis. En “Ventana” habla del “éxtasis feliz” (y también le gusta mucho la palabra “feliz”). La plaza —dice en otro poema— “trae patrullas de éxtasis antiguos a mi casa”. En el poema “Pasos” habla de un misterioso “éxtasis de ayer”:

Cuando, en el tumulto de la tierra,
sientan los seres su soledad,
dará una tregua eterna la guerra
del Ruido; hundirá en la Antigüedad

sus pasos el Hombre y la Mujer,
surcaran la arruga de la frente
de Dios, donde del éxtasis de ayer
se alza vapor incesantemente…

El éxtasis de ayer debe ser el de los primeros días del Génesis, porque el poema es como un compendio de Apocalipsis y de Génesis. Dice que el Hombre y la Mujer hundirá sus pasos. ¿Será error gramatical? Si hubiera dicho “hundirán” se rompe el metro. Yo más bien creo que quiso hacer del Hombre y la Mujer un singular (como lo hace el Génesis: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, lo creó varón y hembra”).

La poesía alfonsina también habla mucho de éter. El éter es como algo místico, como la atmosfera del éxtasis. En “La danza de los astros” dice que “los violines del éter pulsan su claridad” y el alma se vuelve “como un místico oído”. Alfonsino es también ese “inmóvil movimiento del cielo” del mismo poema. Como lo son también: “la tregua eterna” de la guerra del Ruido; “la música en silencio de la luna”; “que sea nueva el alma de las cosas, / mientras que las cosas ya están viejas”; “las fragancias/tristes de la carne feliz”; o aquel luminoso soneto de “Las tres hermanas” que es todo él luz:

Hada es la luz, Estela la armonía
y Teresa la gracia. Y en Teresa,
en Estela y en Hada, culmina esa
fiesta de amor que hace perfecto el día

menos en la última palabra del último verso, cuando termina diciendo que van hacia la Esperanza precedidas

por un coro feliz de niños ciegos.

Característico de la poesía alfonsina es el inusitado corte de versos con el que crea el suspenso y produce curiosos efectos musicales:

Cuando el rebaño va en la senda,
mueve una música trivial
de piedrecitas, en la tienda
que le hacen los ramajes, y al

son de esa música…

O aquel poema de sublime música, “Raquel”, en que describe el cielo y parece que se oyen los pasos de Dios:

Por las graditas de los cielos
con lentitud desciende Dios,
los tronos alzan sus anhelos,
cantan los ángeles y los

A Alfonso le gusta rimar con y, que, los, las, de, la. Véase aquel poema “Verano”, de breves versos, que termina:

Y yo observo detrás
de sus palabras, las
cifras en línea que
jamás sumé

Y la estructura misma de esos versos es como la línea de una suma. O aquellos otros versos cortados así:

Tu paso es tan fino y breve como si
te interceptaran el suelo suspiros de án-
geles tristes, y cuando caminas se
que-
dan en el aire conversando de ti, los perfumes.

En ese “án-geles tristes” se oye realmente como un suspirar de ángeles, y en ese “quedan en el aire” se siente un trémulo suspenso. La locura es también un tema de la poesía alfonsina, o el inconsciente: “El cruel Ángelus inconsciente”; “la loca de la tarde”; “locos pretextos / que estando aquí, ¡de allá me llaman!”; “y en la locura de sus calmas / la hora triste de espacio, yerra…” O aquel poema “Aire”:

mientras retuercen en la bruma
locos y alegres movimientos
los blancos pliegues de la espuma
del alma,
al roce de los vientos…

En 1918, siete años antes de volverse loco, había escrito un soneto en que profetizaba su locura. En él habla de “la carga inconsciente” y escribe de sí mismo como si ya estuviera loco:

Si yo hubiera sabido las locuras,
los desastres, las ansias, los dolores
en que iba a amortiguar sus resplandores
mi corazón cansado de aventuras;

si hubiera visto sus miradas puras
solo el alma del sueño y de las flores,
no los pálidos y altos sinsabores
del infinito que me cobra usuras…

Para Alfonso también existe reflexión en lo inconsciente: dice que “reflexiona la inercia de las cosas”. Y también las cosas tienen alma: “una inercia del alma de las cosas”. Y de sí mismo habla diciendo: “la flor repleta de su sueño inerte”, y seguramente se refiere a su locura pues en el mismo poema habla de “sus tristes ojos / descoyuntados por la suerte”. Y en el poema “La flor de la hora”, de 1940, dice:

La Lámpara de nuestro sueño
que nunca la prendimos sino para ver sombra.

Cuando la poesía de Alfonso no es alfonsina es simplemente poesía modernista, buena poesía modernista pero que no es original ni tiene las profundidades ni el misterio de la otra ni las incursiones en el subconsciente y en el reino de las sombras y de la locura. O es, otras veces, simplemente poesía mala, torpemente hecha. Ejemplo de buena poesía modernista (pero no alfonsina) es aquella “Balada de la corza blanca” que comienza:

No sé si fue en la avenida sonora
de un bello parque, en la estación divina
en que le habla la flor a su vecina
y el viento es alma y corazón la aurora.
Una ternura entre las llamas llora,
un cisne joven boga en la laguna
y un ave implume pía entre su cuna…

cuando de pronto, pasa misteriosa,
como un rayo de sol sobre una rosa,
la corza blanca, hermana de la luna.

Y ejemplo de poesía mala, realmente de loco pero mala, es la de un “Canto a Managua” escrito en 1951, con estrofas como éstas:

Tus autos, buses, motores,
taxis, camiones, biciclos,
tus ómnibus, motociclos,
tanques y carro-motores.

Tu alegre plebe de barrio,
que, por gracia de atavismo,
le abre campo al socialismo
con su aspecto al gusto ogarrio.

Etcétera. Siguen cosas como estas. Esta última muestra es de lo más malo y disparatado que se puede encontrar en él, y ya es pura extravagancia de loco, pero estas tres clases de poesía (la alfonsina, la buena modernista y la mala) se han dado, como ya dije, a todo lo largo de su vida como en diferentes planos.

Las repeticiones también son curiosas en Alfonso. A veces dice cosas en un poema que ya ha dicho en otros. Por ejemplo, en tres poemas diferentes tiene la misma frase “una sombra de cuerpos ignorados”, las tres veces al final del poema. El poema breve “Ocaso” termina así:

hacia los horizontes va bajando
una sombra de cuerpos ignorados…

El “Poema olvidado” termina:

que sobre el valle de mi alma se aleja
como sombra de cuerpos ignorados.

“Paseo”, fechado en Noviembre de 1915, termina:

yo me voy a mi casa de prisa, va bajando,
va bajando una sombra de cuerpos ignorados.

En este mismo poema dice “blanco de éxtasis”, que también lo dice en “Ocaso”, y hay muchas otras cosas en él que están repetidas en otro poema fechado en 1916 y que tal vez fue escrito también en Noviembre, pues se llama “Canción de Noviembre”. Dice en el primero:

La tarde cae.
El sol se hunde! El viento se deja y ora
con la lengua del olmo, cedro, pino y laurel;
la atmosfera de perla y nácar se colora:
el cielo es de recuerdo, y de esperanza la hora,
de fábula es el sitio y el ambiente de miel.

Y en el segundo:

Véspero llora luz, véspero llora
tras el sauce y el pino y el laurel;
el cielo que de perla se colora,
es de recuerdo, de esperanza es la hora,
de cuento el sitio, el ambiente de miel.

Este fragmento parece una recreación del anterior, pero se trata de dos poemas diferentes. Parece más bien que su poesía fuera completamente onírica y que le vinieran en el contexto de nuevos poemas cosas ya dichas anteriormente. En los dos poemas vemos que “el cielo es de recuerdo”, y en “Fuga de otoño”, de 1912, había dicho “El cielo es como un vasto recuerdo de colores”. Y en “Paseo” también tiene este verso:

y el alma hecha una espuma, se deja ir con el viento

que casi es una repetición de lo que dice en “Aire”:

los blancos pliegues de la espuma
del alma, al roce de los vientos…

Y el maravilloso poema pitagórico “La Danza de los astros”:

La sombra azul y vasta es un perpetuo vuelo
que estremece el inmóvil movimiento del cielo;
la distancia es silencio, la visión es sonido;
el alma se nos vuelve como un místico oído
en que tienen las formas propia sonoridad:
luz antigua en sollozos estremece el Abismo,
y el Silencio Nocturno se levanta en sí mismo.
Los violines del éter pulsan su claridad.

Está como repetido en otra versión (menos buena), en las dos primeras estrofas de un poema titulado “Nocturno”. Esas dos primeras estrofas, puestas en paréntesis por el poeta, son:

(Como preludio lento, la noche se levanta
con su silencio errante de estrellas encendidas,
y, como en sueños, se oye que ese silencio canta,
y que nos roza el alma la mano de otras vidas).

(Luz antigua en sollozos estremece los cielos;
los violines del éter pulsan su claridad,
y como ebria de abismos, desceñida de velos,
—Salomé pitagórica— danza la eternidad).

Y el modificar sus poemas anteriores se ha convertido ya en una cosa patológica en Alfonso. Una vez fui a visitarlo al Manicomio, poco después de la aparición de su antología Las siete antorchas del sol que le publicaron las hermanas, y tenía un ejemplar del libro con todos sus márgenes y espacios en blanco totalmente cubiertos de correcciones y anotaciones que le había hecho. Unas veces le cambiaba las rimas al poema, dejando todo lo demás, como en un alarde literario, aunque tuviera que recurrir a ripios para hacerlo. Otras veces ponía en singular lo que estaba en plural o viceversa. Vi que en aquel su bello poema “Sueño”, tan onírico, donde dice:

saltan peces en los claros,
y caen con chasquidos raros
como un Empeño

Había corregido, si mal no recuerdo:

salta un pez en un claro
y cae con un chasquido raro
como unos Empeños.

Correcciones que ciertamente son pura locura pero que no por eso dejan de ser sugerentes. En la grabación en cinta magnetofónica que le hicieron en “Nuevos Horizontes”, Alfonso Cortés leyó varios de sus poemas y en ellos también fue haciendo correcciones y alteraciones del texto mientras leía. Parece que ahora tiene esa manía de corregirse: En “La Canción del espacio” donde dice “porque Dios no ha alcanzado a / pellizcar tan lejos la piel de la / noche”, leyó “porque el sol no ha alcanzado… “; en “Pasos” donde dice “la arruga de la frente / de Dios” leyó “la arruga de la frente del sol”, aunque la siguiente mención de Dios que hay en el mismo poema no la alteró; en “Danza negra” donde dice “el hada de la muerte” leyó “el ala de la muerte” y donde dice “el esbozo de un frio” leyó “el esbozo de un rio”; en “Almas sucias” donde dice “fragancia” leyó “constancia”, etc.

De la historia de Alfonso se sabía muy poco en Nicaragua, y en 1950 yo fui a León a hablar por primera vez con sus hermanas Margarita, María Luisa y María Elsa, para conocer su vida y ver sus manuscritos. Me contaron que Alfonso había nacido en León en 1893. Había sido raro desde pequeño, y su padre don Salvador Cortés solía recordar con extrañeza que una vez le había aplastado el piececito al niño con su butuco, sin darse cuenta, y casi se lo destroza, y el niño no gritaba ni se quejaba mientras el padre le estaba aplastando el pie, sino que tan solo le decía en voz baja y con mucha calma: “Papa no te quielo”. A los dos o tres años lo sacaban a pasear al campo a caballo y él iba contando con buenas erres todo lo que iba viendo en el camino y nombrando todas las cosas. Después se había hecho callado y retraído. Cuando Chocano paso por León había estado con los poetas leoneses en una mesa de tragos, y Alfonso no hablaba, y Chocano había dicho que ese que no hablaba era el mejor poeta de todos.

Después de la muerte de Darío, había llegado de España Francisca Sánchez a recoger las obras póstumas, y Alfonso le hizo ese trabajo, y, al volverse ella a España le dejo en agradecimiento la casa de Darío. En esa vieja casa que para Darío niño era “temerosa por las noches” y donde su alma se llenaba de terrores, Alfonso Cortés se volvió loco una noche, el 18 de febrero de 1927 a media noche. Su padre don Salvador había estado preocupado días antes por un artículo que Alfonso había publicado sobre temas religiosos y que para él era irreverente, y también porque su hijo estaba bebiendo demasiado. Esa noche Alfonso despertó con remordimientos y hablando de cosas religiosas, muy excitado, y ya desde entonces estuvo loco. Al principio pasó periodos de meses con los ojos herméticamente cerrados sin que hubiera fuerza capaz de hacérselos abrir, otros periodos con la boca herméticamente cerrada sin querer probar bocado, y otros en que no dormía. Le daban crisis de furia y por eso tenía que estar encadenado. Así estuvo muchos años, hasta que fue llevado al Manicomio de Managua.

Las hermanas me mostraron sus manuscritos y tuve una gran sorpresa cuando me abrieron los cajones y los vi: eran hojitas de papel pequeñísimas, como del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, o más pequeñas, casi como una cajetilla de fósforos, y en ellas estaban escritos sus poemas con una letra casi microscópica que no se podía leer sino con un lente (y las hermanas me habían llevado también el lente junto con los poemas). A pesar de su pequeñez la letra era preciosista, adornada con extrañas colas, escrita seguramente con un lápiz muy bien afilado. Muchas veces las diminutas letras estaban ya borradas por el tiempo o eran casi ilegibles. Las hermanas tenían sin embargo mucha práctica en descifrar esa letra demente, y lo que conocemos de la poesía de la locura de Alfonso ha sido lo descifrado por ellas. Su letra antes de la locura era normal.

Entre sus papeles vi varias traducciones que había hecho: de Poe, D’Anunzio, Jean Moreas y Mallarmé. En la última página de un libro sobre el Futurismo de Marinetti estaba escrita en lápiz azul la primera parte de “La Canción del Espacio” (no era en letra microscópica) y después decía “Etc.” Había también algunos dibujos locos.

La casa de Darío ya se las habían quitado con la intriga de un abogado, porque Alfonso no tenía escritura —él nunca pidió escritura— y había sido subastada en 500 pesos, y la habían dividido por dentro los nuevos inquilinos, y la famosa ventana de Darío y del poema de Alfonso había sido destruida para hacer una puerta. Alfonso en el Manicomio no sabía que les habían quitado la casa, “la casita”, como él le llama con cariño. Una vez lo llevaron a León, a la nueva casa, para que viera por última vez a su padre agonizando, y cuando lo vio en el lecho se negó a reconocerlo. Decía que ese no era su padre, que él lo había dejado sano en “la casita”.

Yo he ido a visitar a Alfonso al Manicomio un gran número de veces. Su cabello está completamente blanco y a veces se deja una barba blanca que le da un aspecto de profeta del Antiguo Testamento. A veces ha usado también una corbata grande de lazo, de poeta bohemio del siglo XIX. Su saco siempre es harapiento. Tiene un rostro sonrosado y ojos grises-azules y siempre esta sonriendo. En su celda hay una guitarra que él toca, y una imagen de la Virgen de Fátima a la que le ha hecho varios poemas (malos poemas) y le ha rezado novenas pidiendo su curación. Habla despacio, con gran dificultad, tropezando a cada paso y titubeando como si le costara mucho encontrar la palabra que desea expresar, aun cuando sea la más sencilla. A menudo le sobrecogen unos como escalofríos de terror en mitad de la plática y hay en sus ojos como un relámpago de furia y hace un gesto rápido como si quisiera sacudirse una idea horrible o luchara con un demonio invisible que lo está perturbando pero eso es solamente por un instante y al punto vuelve otra vez a la plática sonriente y afable. Otras veces se queda abstraído mirando al espacio y cuesta hacerlo reanudar la conversación, y cuando vuelve en sí queda mirando con extrañeza a los presentes, como si volviera de un éxtasis, y entonces sigue conversando. Es un auténtico lunático y su locura está influenciada por la luna; se agudiza siempre con la luna nueva.

Una vez fue a entrevistarlo un periodista de “La Noticia” y Alfonso le pregunto: “¿Anda en auto?” “Sí”, le contestó el periodista. Pareció perder el control de su mente. Después dijo: “Así nomas el mundo que sencillo que es. Pero si uno se pone a estudiar el mundo es difícil de comprenderlo. No hay más camino que andar siempre buscando a Dios, es decir agarrado al vestido de los curas”. Y otra vez volvió a perder el control de su mente…

Hay cosas que Alfonso siempre repite en sus conversaciones y parece que su cerebro fuera como un disco rayado. Hace más de 20 años le dijo al poeta Alberto Ordoñez Argüello, cuando aún estaba encadenado en León, que él era Alonso Quijano el Bueno, y muchos años después me dijo a mí en el Manicomio de Managua —agarrado a sus barrotes de hierro—: “Así también estuvo Don Quijote preso detrás de unos barrotes”. (Identificaba la locura de Don Quijote y la prisión de Cervantes con su propia prisión y locura). Mucho habla también de Lamartine, y siempre dice: “mi tocayo Lamartine”. Mucha habla de Chocano, y para el Chocano está vivo. Una vez me dijo que creía que él era más grande que Chocano, porque Chocano llevaba una vida de mujeres y de parranda, mientras que él tenía más tiempo para escribir y para meditar encerrado en esa “torre”. Y agregó: “No sé si bebe mucho en Lima todavía…” Y yo le dije que ya había muerto, y él me respondió: “Pues quien sabe… Yo creo que no ha muerto”.

Otra vez que fui a verlo le conté que acababa de morir Azarías H. Pallais, su amigo de juventud, y me dijo: “Yo no lo creo. Yo creo que eso es una conspiración política”. En la grabación de Nuevos Horizontes Alfonso también dijo que no creía que José Asunción Silva se hubiera suicidado, sino que era “un camuflaje político, o cosa así, de aquí, o de Colombia”.

Sobre todo mucho habla de Darío, a quien llama con el nombre provinciano de su infancia, como era conocido en León cuando vivía en la vieja casa de la tía Bernarda: Darío Sarmiento, o simplemente Sarmiento. A mí me dijo una vez, tartamudeando y haciendo grandes esfuerzos por encontrar las palabras: “Ahora yo estoy enfermo… pero yo antes tenía más soltura para hablar, o cosa así, y más memoria, o cosa así, que Darío Sarmiento”. Ha dicho que Darío es gongorino, y que él es Cervantino. También habla mucho de Quevedo (tal vez porque Quevedo estuvo preso en una torre) y una vez me dijo: “Yo soy más profundo que Darío Sarmiento, pero no soy más grande. Yo soy un poeta menor, como Quevedo”.

Nunca hemos podido saber si Alfonso y Darío alguna vez se encontraron. Cuando murió Darío, Alfonso tenía 23 años y ya había escrito algunos de sus mejores poemas alfonsinos y pudo habérselos leído al gran maestro. Pero Alfonso siempre ha sido vago y desvaría cuando se le pregunta si conoció a Darío, y suele decir que no lo conoció.

Para Alfonso el presidente de Nicaragua es todavía el doctor Juan Bautista Sacasa: Somoza no ha derrocado a Sacasa.

Una vez que lo fui a visitar con Pablo Antonio Cuadra, nos dijo: “Últimamente estoy volviendo a tener cierta esperanza, o cosa así, de que me cure”. En esos días él y sus hermanas estaban rezando una novena a la Virgen de Fátima por su curación. El gobierno lo envió por esos días a San José de Costa Rica para ser tratado por un célebre psiquiatra. El médico dijo que no tenía curación pero que podía mejorarlo con una estadía larga en el sanatorio, pero el gobierno no quiso gastar más en él y lo volvieron al Manicomio de Managua, donde no se le hace tratamiento ninguno. Alfonso ha dicho que el Presidente Sacasa lo tiene preso.

El poeta Juan Francisco Gutiérrez le hizo hace poco una entrevista y cuenta que Alfonso le dijo: “Esta es mi torre. La torre de Dios de la cual nos habla Sarmiento. Sin embargo la Iglesia me dice que es el sótano de San Pablo y de Daniel. Humildemente comparto el criterio de mi amigo Sarmiento, porque desde esa ventana muchas veces he visto el horizonte inclinarse y desaparecer. Claramente lo he visto”. Y después agregó: “Esta torre es ya famosa en todo el mundo. No es nuevo el espectáculo de un poeta encerrado. A Cervantes lo tuvieron preso en Alcalá de Henares, y me parece que también a Espronceda… “Y cuando se despedía le dijo: “Cuando el Gobierno es generoso, le permite al ciudadano y al poeta salir y florecer”.

 


Fotografía de Alfonso Cortés por R. Gutiérrez, León, Nicaragua.