Francisco Ruiz Udiel: “La reconstrucción de la tradición” (ensayo)

Un brillante ensayo sobre la “Generación del desasosiego”, que incluye a los poetas que nacieron en Nicaragua en las décadas de 1970 y 1980 y comenzaron a publicar en el período de las posguerras, cuando el desafío de crear una nueva voz poética implicó también la reconstrucción de una tradición a partir de fuentes más universales.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | #5 | Mayo 1, 2016

What reinforcement we may gain from hope,
If not what resolution from despair.
John Milton, Paradise Lost, Book I, pp. 190-192.

“La poesía joven no existe”. Con estas palabras respondió un reconocido crítico literario nicaragüense, autor de la antología poética más completa del país, cuando en 2004 le propuse escribir un ensayo sobre la poesía joven nicaragüense para ser leído en un evento cultural. Su respuesta niega un posible diálogo con la creación poética de una generación más reciente, llamada “Generación del desasosiego” o “Generación de la noluntad”, equivalente a lo que en otros países centroamericanos se conoce como “Generación de posguerra”.

Sus palabras aún me causan asombro, no sólo por su forma lapidaria de expresarse, sino por su aislamiento, pues quien niega al otro sin conocerlo niega también la posibilidad de construirse a sí mismo. De este aislamiento nace el descontento, la ausencia del debate y la inseguridad de quienes se sienten desplazados por una época donde son otros los valores que rigen los comportamientos.

Para hablar de la poesía joven nicaragüense no se puede anular el pasado y tratar de imponer una tiranía sobre lo que creemos nuestra verdad, falsamente absoluta. Es necesario, por tanto, desentrañar qué otros procesos acaecieron en nuestra historia para comprender por qué una generación “es”, sobre qué escribe, y cómo construye su urdimbre, es decir, cuál es su sustancia.

Las preguntas siempre serán las mismas, tan básicas pero fundamentales: ¿es una generación o se construye? Más específico sobre la poesía joven: ¿Existe la poesía joven? ¿Es o se construye dicha poesía en una generación?

El resultado del “ser” se reduce a dos alternativas, dice Spinoza: el ser en sí y el ser en otro. Llamaremos al “ser en otro” a las generaciones pasadas, el otro es Rubén Darío; el postmodernismo; la metafísica dirimida en el tiempo; la Vanguardia de Nicaragua en los años treinta; la posvanguardia; la Generación Traicionada; la generación “Ventana”; la generación del setenta, donde se exacerbó el exteriorismo (una poesía que Ernesto Cardenal calificó de realista, de la vida cotidiana, muy narrativa, coloquial, escrita en el lenguaje de todos, concreta, directa); la generación de los ochenta, donde se dio muerte a la metáfora, y la generación del noventa. El otro está comprendido también por quienes forman dichas generaciones: Rubén Darío, Alfonso Cortés, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal, Fernando Gordillo, Francisco Valle, Leonel Rugama, Gioconda Belli, Daisy Zamora, Erick Aguirre, Blanca Castellón, Marta Leonor González y muchos más.

Lo que queda es el ser en sí, nuestra generación, costilla media que busca completar y aliviar su trauma de “separatidad”, trauma que intenta curarse únicamente con la poesía como bastión de supervivencia, porque la otra voz —la de quienes están vivos de otros tiempos— permanece aún en un estado de ceguera, prolongándola hasta nuestros días.

Escritura a ciegas es el espejo de la poesía joven, que elige temas heterogéneos e intimistas como el amor, el erotismo, la angustia, la soledad, la muerte, el consumismo, la nada, la desesperanza, la poesía misma, la redención, entre otros.

Otras generaciones

Indirectamente también padecemos dicha ceguera al negar la identidad del otro y asumir nuestra búsqueda como el camino acertado, sin olvidar el viejo lema oriental de Matsuo Basho: “No sigo las huellas de los antiguos. Busco lo que ellos buscaron”.

Lo que buscaron otras generaciones es tan válido como lo que está buscando la generación actual de poetas jóvenes nicaragüenses. La Vanguardia, en los años treinta, tuvo que asumir retos para dar fe racional respecto de su identidad, pero también equivocarse en el mismo síndrome de la ceguera; y así nació Oda a Rubén Darío, de José Coronel Urtecho, un poema que poco logra calar en los gustos de los jóvenes porque el paradigma de esa época siempre han sido Pablo Antonio Cuadra o Joaquín Pasos, aunque la Oda… sirviera como poema-manifiesto e himno de ruptura.

Más tarde aparecieron Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez y Carlos Martínez Rivas (CMR), quien se ha convertido en un paradigma de la poesía joven actual. Esa condición de Martínez Rivas quizá se deba a que fue el único poeta capaz de no prolongar un mismo lenguaje, el del exteriorismo, esa unidad que igualó a muchos (buenos y malos poetas). CMR prefirió remover su propio légamo, cerrar las puertas y vivir radicalmente en su jaula. No digo que el aislamiento es necesario para construir al “individuo”, pero sin dramatismo ni ánimos de celebrar un evidente masoquismo, dicha individualidad y búsqueda del yo (ese “pigmeo del ser”, dice Carlos Fuentes) hizo que se diferenciara de los otros. “Ser sin otros” fue Martínez Rivas, “ser” sin encontrar su horma y sólo “fue” realizado en la poética; lo demás es anecdotario para los cotillas, para los poetas que ven la piedra sin desentrañar su esencia.

El poeta Ezequiel D’León Masís (Masaya, Nicaragua, 1983) es quien ha reflexionado sobre el “fondo poemático del texto”. Él afirma en su ópera prima, La escritura vigilante, que “el mimetismo de los clisés es una plaga repetida”. Carlos Martínez Rivas se salvó de dicha plaga. Su voluntad pertenecía a otra tierra baldía y, sin embargo, fue su voluntad, conciencia o no de su necesidad, libertad al fin.

Ya en la época del sesenta la endeble economía y la represión militar del régimen de Somoza dieron como resultado la insurrección popular guiada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Fue en esta época cuando el poeta Ernesto Cardenal fundó una pequeña comunidad en el archipiélago de Solentiname y el contacto con la realidad cotidiana del campesinado lo llevó a crear su propio evangelio con la lucha de liberación. En la literatura se dio una bifurcación comprendida en dos grupos: la Generación Traicionada, a la que pertenecían Francisco Valle, Iván Uriarte y Edwin Yllescas, y por otra parte la Generación Ventana, constituida por Sergio Ramírez (quien escribió poemas al inicio de su carrera literaria), Fernando Gordillo y Michèle Najlis, quien proclamaba de forma esperanzadora: “Nuestras manos siguen unidas a millones de manos unidas”. La poesía en esta época empezó a ser una denuncia social y política.

En los setenta se dio vida al exteriorismo y se radicalizaron los planteamientos éticos y poéticos. Fue una época beligerante y combativa, dolorosa y trágica. Sin embargo, los poetas supieron tener una visión romántica y de la represión nació el amor y el erotismo, la rebelión dio luz en la poesía de Gioconda Belli, y su ansia fulminante por medio de la poesía dio lugar a la causa expresada que traslada el deseo, del no ser, al ser; aquello que vuelve corpórea a su voluntad: “Quiero explotar de amor y que mis charneles acaben con los opresores”, escribió Belli en su poema Hasta que seamos libres.

Poesía necesaria para reafirmar quiénes somos y qué queremos, llegaremos en algún momento a invocar las palabras que darán luz a este siglo donde el hombre se ha separado del mundo.

Ningún poema ha tumbado jamás a un dictador

Los opresores ya no estaban al finalizar la década del setenta y aunque “ningún poema ha tumbado jamás a un dictador”, como expresara el poeta guatemalteco Luis Alfredo Arango, lo que tumbó a la dictadura fue la voluntad transformadora de las personas, de los poetas y de un pueblo. Con las palabras sencillas se le tumbó, con las pintas y poemas epigramáticos clandestinos en las paredes; la palabra fue el encuentro de un pueblo que aprendió a hablar y descubrió su identidad, no callando, sino diciendo y eliminando el miedo. El camino, ya trazado, les pertenecía a otros, los que vinieron; la herencia siempre fue poética y al alcance de todos se masificó la belleza hasta hastiarla, hasta quitarle su propio brillo.

Decir era demasiado fácil, nombrar fue un ejercicio de todos sin pensar en la frontera del misterio de aquello que se nombra. Siete “normas para escribir poesía” llegaron con la nueva época de los ochenta y Ernesto Cardenal las dictó como un canon entre los muros del Ministerio de Cultura de Nicaragua. Los mandamientos indicaban evitar la rima del verso, evitar términos abstractos, nombrar con nombres propios, activar los sentidos con las palabras, evitar los lugares comunes, simplificar el lenguaje y un mandamiento que aún los poetas de los ochenta sufren como un síndrome post-traumático: “Uno debe escribir como habla”.

En aquel tiempo hubo un debate intenso sobre lo que se conoció como “la muerte de la metáfora”. Ésta era defendida por Gioconda Belli, y quizá le debamos a ella ese espíritu de contradicción. No lo digo como algo negativo, sino como una celebración de que “el ser se construye en las diferencias”, como nos recuerda el filósofo nicaragüense Alejandro Serrano Caldera. Gioconda Belli intentó contribuir a la formación de una generación —sin que nadie lo notara— y temo que su búsqueda no fue comprendida.

Por otra parte, se abrió el debate sobre las nuevas formas de hacer cultura y se encaminó a las artes en función y al servicio de la revolución, como en países hermanos, donde se declaró “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Grave error, porque lo que se logró fue transformar la poesía en rehén de un proyecto político.

Aquí empezó el debate sobre la poesía comprometida en un “país de locos”, como decía Julio Cortázar, e incluso él se involucró en el tema, con una visión más abarcadora, sin duda. “El verdadero creador —dice Cortázar— es aquel que arroja una piedra al agua apenas siente que la superficie se estanca”, pero también agrega: “El compromiso del escritor es esencialmente el de la literatura”. Por su lado, Carlos Rigby, caribeño hacedor de poesía performática, expresó un día: “No existe la poesía comprometida, existen personas comprometidas”. Pero este debate es más bien ilustrativo, pues aporta poco en la actualidad. Este debate murió con el neoliberalismo, en los noventa, donde las bondades y los excesos de la revolución sandinista se agotaron, junto a los ideales.

Quizá la trasgresión de nuestra generación consiste en buscar otros horizontes.

Los noventa: Diálogo incompleto

En la década del noventa las humanidades perdieron fuerza, el neoliberalismo obligó a cerrar muchos proyectos sociales y culturales; las universidades privadas florecieron y se adaptaron a los nuevos cambios y exigencias del mercado. Las artes perdieron su protagonismo y la carrera de literatura fue hasta clausurada en la Universidad Centroamericana (UCA), a falta de estudiantes que demandaran dicha disciplina. Las instituciones públicas se privatizaron y la supervivencia llevó a “los hijos de la revolución” a coexistir en un nuevo panorama, desolado, con los líderes revolucionarios lamentándose del fracaso y el lenguaje ausente en todos los sectores sociales. El fracaso del proyecto revolucionario dejó a muchos escritores viviendo en la nostalgia y anquilosados en su pasado, sin el carácter cuestionador de sus decisiones. El trauma fue insuperable para muchos y se fundó un autoexilio social, un murmullo quejumbroso de “todo pasado fue mejor” sin intentar comprender la ruptura, el error heredado a las nuevas generaciones.

Lo más trágico no fue perder el habla, sino dejar de buscarla a través de la comunicación con el otro, su “opuesto”. Frente a la palabra rota y el diálogo incompleto, los escritores de los ochenta son casi imperceptibles, y la soberbia de unos (los que perdieron) y la de otros (los que ganaron las elecciones en los noventa) generó una amplia brecha, donde el péndulo humano aún desvaría, se mueve solitario sin tener conciencia de su naturaleza.

En esta etapa de las economías abiertas, el nicaragüense adquirió otra forma individual y olvidó el valor de la solidaridad; los escritores y poetas buscaron su propia supervivencia y dejaron de ser, sólo dirigidos por el mal entendimiento, por la falta de palabras, e intentándose encontrar en lo que queda de ellos, su interior, su abismo y laberinto donde ya el hilo para regresar al origen no existe. Determinados en seguir, pero indeterminados en encontrarse, el encuentro con sí mismos ha ocurrido por la vía de la interioridad, donde residen otras voces, las álgidas cenizas de algo desconocido.

El síndrome Dariano ya no es el mismo, aquel que aseguraba que “el que no es poeta es hijo de poeta”. Tanto daño ha hecho a nuestra poesía esta frase. Y si ahora el efecto es menos devastador que en los ochenta, esas palabras aún siguen perjudicando, frente a un espejismo inventado que carece de voluntad, disciplina y donde abunda un largo bostezo frente al conocimiento. El desasosiego es mayor, la falta de “voluntad de querer” se ha incrementado. De ahí los nombres de nuestra generación.

A los poetas nos corresponde, en medio de la desesperanza, encender el pabilo, llevar lucerna en mano, ver hacia delante y hacia los costados sin ignorar la huella que nos precede.

Desasosiego y Noluntad

Fue la poeta Gioconda Belli quien usó la palabra “desasosiego” en 2005 para describir a un grupo de poetas nicaragüenses que comenzamos a publicar a inicios del nuevo milenio. Para entonces, Gioconda consideró que el mundo abstracto de la construcción de propuestas de nuestra identidad era el del desasosiego, un mundo —afirmaba— sin guía ni propósito, cuyo viaje interior se dirigía hacia la desilusión o hacia la aparente fatalidad de la condición humana.

Posteriormente, la poeta rusa-nicaragüense Helena Ramos nos llamó “Generación de Noluntad” porque, según ella, en la poesía de los jóvenes nicaragüenses predomina la voluntad de no querer prácticamente nada. “Dicen no a la manera anterior de amar, de hacer literatura y política”, explica.

Esta conducta, la de no querer nada, se comprende mejor con la ausencia de paradigmas en la sociedad; aunque me atrevo a afirmar que en Nicaragua sí los hay, sólo se los debe saber encontrar.

También insistimos en la negación del diálogo, en la falta de coraje para enfrentar el trauma del fracaso histórico y en no asumir nuestro tiempo como la realidad que podemos transgredir. Sin duda, la falta de fe corroe el corazón de los poetas.

Es más seguro creer en la desesperanza —porque del tedio inexorablemente salva— que enfrentarse a la visión cambiante de nuestra sociedad. El resultado es una caída al vacío, pues hacia adelante no hay visión, y hacia el pasado existe una negación radical. Nuestra generación, treinta y un años después del triunfo de una revolución, permanece en el limbo. En nuestra generación los poetas sólo escuchamos aquello que nos conviene escuchar, nos adentramos en nuestra ruina porque en el exterior el vacío y la “determinación de la desesperanza” nos agigantan, y la única forma de recuperar la unión, no encontrada en la sociedad (debido a su fragmentación), es transitar por el vacío en sí mismo. Sin cuestionar dicho vacío y adaptándonos, de forma fatalista, nos entregamos al mundo de la “civilización del espectáculo”, esa descripción acertada que ha hecho Mario Vargas Llosa sobre nuestra sociedad actual. El poeta de hoy se mimetiza, se adapta, no transforma. Y, sin embargo, es para el poeta aquello inexplicable “simbolismo de nuestra vida dura”, como expresa un verso del libro No alcanza la vida, de Gabriel Moreno Salmerón (Managua, 1978).

En muchos sentidos nuestra generación, que se origina en similares circunstancias históricas, y con la misma negativa del pasado, aún sin encontrarse, tiende instintivamente a construirse. Es decir, que aún fabrica su urdimbre; y en el patrón de realidad disociada entre sí, cada poeta elige sus referentes a su antojo. Una de las principales características de nuestra generación es que está disgregada y tiene menos idealismo. Es un grupo distanciado de cualquier militancia política, aislado de sí mismo, sin compromiso con nada y con nadie, y acentuado en lo que el intelectual nicaragüense Andrés Pérez Baltodano designa como “pragmatismo resignado”.

Por otra parte, no es el estudio académico quien forma al poeta, sino la vida. “Vive porque la vida es la poesía más alta”, nos dice Otto René Castillo, el poeta asesinado por los suyos en Guatemala. En Nicaragua se respira ese aliento, pero se excede. La vida no lo es todo, falta una disciplina o una guía que dirija el conocimiento; falta algo o alguien dónde “reclinar la cabeza”.

Respecto de los nombres que protagonizan a nuestra generación sobresalen: Alejandra Sequeira (Managua,1982), Yaoska Tijerino (Managua, 1971), Andira Watson (Puerto Cabezas, 1977), Jazmina Caballero (León, 1979), Gema Santamaría (Managua, 1979), María del Carmen Pérez Cuadra (Carazo, 1971), Ulises Huete (Masaya, 1978), Carlos M-Castro (Managua, 1987), Emmanuel Detrinidad Barquero (Granada, 1978), Missael Duarte Somoza (Juigalpa, 1977), Daniel Ulloa (Matagalpa, 1973), Carlos Fonseca Grigsby (Managua, 1988), Luis Enrique Duarte (Granada, 1975), Ezequiel D´León Masís (Masaya, 1983), José Adiak Montoya (Managua, 1987), Gabriel Moreno Salmerón (Managua, 1978), Rafael Mitre (Matagalpa, 1981), Douglas Téllez (León, 1971) y Hanzel Lacayo (Managua, 1984).

Escritura a ciegas es el espejo de la poesía joven, que elige temas heterogéneos e intimistas como el amor, el erotismo, la angustia, la soledad, la muerte, el consumismo, la nada, la desesperanza, la poesía misma, la redención, entre otros.

Alejandra Sequeira, autora de Quien me espera no existe, se refiere en su poesía a la muerte, el tiempo, la urbanidad, y con poca frecuencia a la temática social. A Douglas Téllez, quien publicó Inscripciones en una pipa sagrada para los muros del Empire State y otros poemas, el aspecto que más le interesa abarcar es el desencanto: “No importa cuántos morirán en esta transacción del libro mercado. Confiaremos en la estabilidad del dólar”, dice en el poema Los hijos de la usura. Y como en toda frontera, con un tono político, contestatario, pero sin panfleto, dice Emmanuel Detrinidad:

Nuestro amor no se vendió en los mercados, ni se prostituyó en revistas importantes; ni recayó en demagogia salpicándose en panfletos reaccionarios.

Hasta ahora, alguien pronuncia un discurso a su favor, y ese soy yo.

Un tema recurrente en la nueva poesía es la muerte como una experiencia insondable y unificadora; Hanzel Lacayo, en su libro Días de ira es quizá quien mejor ha expresado este tema. En un poema titulado Respirando sangre inicia el relato poético con una noticia sobre su madre, que “ha perdido todos sus cabellos” y va desentrañando en la intimidad su relación con ella:

¡Nada tiene color ni dimensión en este cuerpo blanqueado!
Si yo he de morir:
quiero que me entierren en ti y no en la tierra!

Sólo logrando “imaginar al otro”, nos recuerda Amos Oz, alcanzamos su comprensión y es acaso por la experiencia del dolor que se llega a la vía de su entendimiento. Otra forma de ver en el dolor la experiencia unificadora lo identifica María del Carmen Pérez Cuadra, cuando dice:

Conozco un dolor muy grande
Uno que abre y revienta por dentro.

Otro poeta, Luis Enrique Duarte, quien publicó recientemente Es un clamor que aclara, nos habla del pasado y la trampa del silencio que se transforma de voluta a llama. El autor traduce esta angustia en una palabra: fuego. También indaga y desentraña la trama del presente, los colores, los hilos de la efigie diaria, pero tras de sí encuentra “un abismo”. Duarte nos habla del ser que renace, a pesar del esfuerzo que llevará reconstruir la ruina, que vuelve a nacer tras el fuego y quien obligado (o resignado) decide continuar. Quizá de ahí el título que relata la dicotomía, el contrapunto entre el dolor (clamor) y su epifanía (que aclara).

Hay también epifanía en la poesía de Ulises Huete, quien en un ejercicio de contemplación logra dirimir el dolor de las cosas y de sí mismo. Es la mirada acentuada, penetrante y sin prosaísmo, quien decide ver de otra forma la cotidianeidad, la vida y su entorno:

Las copas desnudas
de árboles sedientos
no parecen de silencio tan amordazados,
un tenaz destello los redime
de su dolorosa opacidad,
el dolor, este inocultable, este que a todos nos acecha,
el que danza incansable tras los pechos,
por un instante se disipa.

La diversidad, lo que he venido expresando, también está presente en los estilos literarios, como el regreso al neorromanticismo de los sesenta y una búsqueda hacia el neoexistencialismo.

Otro aspecto que marca a nuestra generación son las múltiples lecturas referenciales de los autores. En el caso de María del Carmen Pérez Cuadra, Hanzel Lacayo, Alejandra Sequeira, Gema Santamaría y Yaoska Tijerino, las referencias literarias son Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton, Elfriede Jelinek y Sor Juana Inés de la Cruz; y en el caso de Missael Duarte, Ezequiel D´León Masís, Rafael Mitre y Ulises Huete, las referencias son Rafael Alberti y los mexicanos Octavio Paz, José Gorostiza, Salvador Elizondo, José Carlos Becerra y Xavier Villaurrutia. También aparecen el existencialismo de Franz Kafka, César Vallejo, Jorge Luis Borges y un paisano inevitable a quien mencionamos antes: Carlos Martínez Rivas.

La identidad de nuestra generación, entonces, se construye por la poesía que llega de afuera, no por la voz más próxima: el exteriorismo. Y, sin embargo, “es”, en su diversidad. Quizá la trasgresión de nuestra generación consiste en buscar otros horizontes.

Para esto tuvimos que llegar al hastío de la poesía realista y escrita “a como se habla”. Por lo demás, la poesía tiene la virtud de acompañarnos en esta búsqueda, lo importante es no abandonarla —dice la poeta Claribel Alegría—, de lo contrario se vuelve tirana y nos abandona. Poesía necesaria para reafirmar quiénes somos y qué queremos, llegaremos en algún momento a invocar las palabras que darán luz a este siglo donde el hombre se ha separado del mundo. A los poetas nos corresponde, en medio de la desesperanza, encender el pabilo, llevar lucerna en mano, ver hacia delante y hacia los costados sin ignorar la huella que nos precede.

 


Francisco_Ruiz_Udiel.jpgFRANCISCO RUIZ UDIEL (1977-2010). Destacado poeta nicaragüense, también muy activo como periodista, editor de libros y revistas, y promotor cultural. Es autor de tres libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Managua 2005); Retrato de poeta con joven errante (Managua, 2005); y Memorias del Agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Editó varias antologías: Retrato de poeta con joven errante (que reúne poesía de autores de su generación, Managua, 2005);  Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos 1960-2009 (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); y Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008). El ensayo “La reconstrucción de la tradición” apareció publicado bajo un título más genérico, “Joven poesía nicaragüense”, en Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de literatura, Madrid, España, febrero 2010, No. 716, pp. 81-90.

Fotografía de la Catedral de León por Jorge Ávalos. Este templo también es conocido como Basílica Catedral de la Asunción de León o “Catedral de la luz”, y está ubicado en León, Nicaragua, ciudad donde murió Rubén Darío en 1916, y de donde son originarios Salomón de la Selva y Alfonso Cortés, entre otros poetas.