Jorge Ávalos: “Con la que me dio mi madre” (editorial)

El arte puede escandalizar, pero ¿existe algún caso en que la censura se hace necesaria? Y si es así, ¿a quién le otorgamos ese poder? ¿A los funcionarios de Gobierno?

Jorge Ávalos
La Zebra | #5 | Mayo 1, 2016

En 1962, una producción cinematográfica de Luis Buñuel perturbó al mundo por sus supuestos ataques a la Iglesia Católica y por el uso “blasfemo”, según las autoridades eclesiásticas, de ciertas imágenes. Funcionarios políticos y religiosos alrededor del mundo clamaron por la censura de Viridiana, la película al centro del escándalo.

En medio de la algarabía, un joven sacerdote y filósofo español, que se encontraba en Londres, vio la cinta. Su nombre era Ignacio Ellacuría, el mismo jesuita que eventualmente se radicaría en El Salvador, donde se naturalizó y donde dio su vida en la lucha por la verdad y la justicia en 1989, cuando fue asesinado por miembros del ejército salvadoreño.

A los 31 años, Ellacuría era todavía un académico, un investigador, pero ya poseía el sentido de justicia que le caracterizó toda la vida. Por lo tanto, no deja de ser interesante y ejemplar su reacción a la película de Buñuel. Sin lugar a dudas, Ellacuría estaba tan escandalizado por lo que vio en la pantalla como muchas de las personas que pedían censura y cárcel para Buñuel, pero, por principios, principios que no eran religiosos sino filosóficos, se opuso a la censura de Viridiana.

Hay que recordar por qué la película fue tan polémica. En ella, una monja hereda la propiedad de un familiar y, obligada a cumplir, regresa a una propiedad en medio de la realidad del campo durante la dictadura de Franco. En un arranque de caridad ciega, la monja abre la propiedad a los mendigos de la zona, quienes, una vez dentro, secuestran a los residentes, violan a la monja y se apoderan de la propiedad.

En el éxtasis de esa ocupación, los mendigos tienen una cena. En algún momento, de entre ellos, una mujer les pide posar para una fotografía. Cuando alguien le pregunta a la mujer con qué cámara iba a tomar la fotografía, ella responde: “Con la que me dio mi madre”, se da vuelta, se levanta la falda y les hace la toma con el trasero desnudo. En el siguiente cuadro, los mendigos posan, recreando la famosa pintura de Leonardo da Vinci, “La última cena”, pero desde el punto de vista de un culo.

Para tomar posición ante esta película y sus escenas consideradas sacrílegas, Ellacuría tomó una vía alterna: le escribió una “carta abierta” a Buñuel. Aunque está escrita con evidente ira, en ella, el joven Ellacuría no sólo reafirma su oposición a la censura, sino que también señala que el valor artístico de Viridiana radica en sus imágenes irracionales, como  en la emblemática “última cena” interpretada por el grupo de mendigos.

La “Carta abierta al director de Viridiana” es un documento singular en el corpus ensayístico de Ellacuría. En ella, el filósofo cuestiona el logro artístico de Buñuel no por lo que nos muestra en la pantalla, sino porque no fue capaz de llevar su invectiva, su denuncia, aún más lejos. Hay una diferencia, señaló Ellacuría, entre el signo y el significante, entre el imaginario católico y la Iglesia en sí. La “última cena” en Viridiana, se pregunta, por lo tanto, ¿es una parodia del Evangelio o de la famosa obra de Leonardo da Vinci?

Esta es la pregunta clave. Si un artista parodia o satiriza la interpretación artística de una historia religiosa, a quién está dirigida su crítica, en realidad, ¿a la fe de los que asumen esa imagen como parte de su imaginario, o a los artistas y a los tiempos humanos que han formulado esa interpretación que, en el fondo, no es ni doctrinaria ni se puede concebir como una manifestación de la divinidad? Es arte, después de todo: una creación humana.

En efecto, una cosa es examinar la naturaleza de la vocación religiosa, otra cosa es reducir las concepciones populares de la religión a un espectáculo de parodias superficiales. Cuarenta años después, las objeciones de Ellacuría contra la película de Buñuel aún están vigentes. Y Viridiana es recordada como un clásico del surrealismo, un catálogo de imágenes irracionales, no como un ataque a la Iglesia. Ahora vemos que la censura nunca fue necesaria; el debate sí.

El arte puede a veces escandalizar a la sociedad, pero cuando lo hace es porque ha tocado un nervio expuesto, algo que necesita del debate social, del diálogo, del pensamiento, del análisis y de otras respuestas artísticas. Esta es la naturaleza del arte: es un esfuerzo de síntesis creativa, polisémica y de gran potencia dialógica, es decir, abierta a múltiples interpretaciones y por ello mismo, provocadora de debate. Esta es la razón por la cual nos gusta discutir los libros que leemos o las películas que vemos en el cine: porque el arte nos convoca y estimula a hacerlo.

Si un Gobierno censura el arte, también censura nuestra inclinación natural al debate, a la investigación del mundo por medio de imágenes, música y símbolos, que son lenguajes más complejos que la palabra. Censurar el arte es intentar controlar cómo entendemos la realidad. Al final, se trata de un intento vano, porque la supresión de información o de la creación artística no detiene nuestra relación subjetiva con la realidad ni con las ideas y emociones correspondientes que nos provoca esa relación, que es la que produce el arte.

* * *

En la última semana de abril, un grupo de artistas salvadoreños denunció la censura de una exposición que estaba a punto de ser inaugurada en la Sala Nacional de Exposiciones. El dato relevante acerca de esto es que la orden de censura, según los artistas, provino de Casa Presidencial.

Lo que puedo decir acerca de esto, por ahora, es lo siguiente: bajo ninguna circunstancia podemos permitir un acto de censura de la literatura o de las artes por parte del Gobierno. Ningún ciudadano tiene el lujo de permitir que esto suceda.

Pese a que existe una anticuada ley de “censura de espectáculos públicos” (escrita para prohibir actos indecentes ante una audiencia irrestricta), no existe ninguna ley en El Salvador que le otorgue a un funcionario de Gobierno el poder para censurar una pintura, un dibujo, una fotografía, un poema o una novela, por ejemplo. Nadie tiene ese poder. Nadie tiene entre las funciones de su cargo gubernamental la atribución de poder para censurar el contenido de una obra de arte o de bloquear su acceso a la ciudadanía.

Nadie tiene ese poder.

Nadie.

Y tanto es así, que cuando el Ejército de El Salvador cayó en la cuenta, en 1989, de que no podían callar por ningún medio a un jesuita incómodo que denunció los abusos y las prácticas irracionales del ejército, lo mandó a asesinar. La intolerancia está detrás del asesinato de Ignacio Ellacuría. No lo olvidemos.

En el momento en que la ciudadanía le permite al Estado censurar el pensamiento, las ideas o la creatividad, también le otorga al Estado el poder para perseguir, acosar y censurar al productor de esos pensamientos, de esas ideas o de esa creatividad.

La censura, la persecución y la destrucción de aquellos a quienes el Estado considera indeseables, como en algún momento lo fue Ellacuría, constituye la verdadera blasfemia: es la censura llevada a su más brutal extremo.

 


jorge_avalosJORGE ÁVALOS es un escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: jorgeavalos.com

Portada: fotograma de Viridiana de Luis Buñuel.