Patricia Trigueros: “Algunas cosas sí las permitió” (cuento)

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Un profesor y una estudiante descubren afinidades y coquetean con cruzar el abismo entre generaciones divididas por la guerra.

Patricia Trigueros
La Zebra | #13 | Enero 1, 2016

Nunca dejó de ser inocente, impalpable, platónico. Él permitió que se le escaparan algunas cosas de las manos y alguna otra mirada pícara. ¿Qué tenía ella? Él reía con ella cuando ella se reía de sí misma, y le contestaba lo que él exponía en su clase, y de repente él tenía ganas de contarle todo sobre lo que él había filmado y creado cuando él estudiaba en el extranjero… pero, ¿por qué? Esta vez no tenía nada que ver con lo físico, con el cuerpecito ni con su rostro, aunque quizás sí con esa sonrisa. Ella era joven, veintidós años los separaban, mas no dejaban de existir los puentes y los diálogos, poco a poco. Él era el profesor que al principio ella debió detestar por lo abstracto de su cátedra, desconectadas las expectativas de los estudiantes y el peso de Wim Wenders; y cada quien tiene su distinta formación de docencia. Con el ciclo, los temas se fueron desmenuzando y la cátedra se fue, y él se ocupó de otros estudiantes, con otras carreras, de otros cursos y de nuevos proyectos de su carrera. Ya fue afuera del salón y fuera del campus que estaban uno frente al otro fumando un cigarro, ella fumaba Marlboro Rojos y él esa noche tenía ganas de uno; no, no es mucho más alto que ella, no cuando ella anda en tacones y qué bueno que ella tenía cigarros. Y era el clima, quizás; o era la gente, pero había algo que hacía que la guayabera de él le hablara, con la brisa, a su vestido liviano que alargaba las piernas y le sumaba un par de años. Un pequeño empujón del mesero que le rozó los hombros pesados y había que hablar de qué pensaban de la película, pero en realidad ambos querían contarse lo que pensaban de la gente que piensa que sabe de películas, porque así se iban entretejiendo ideas mundanas a medida crecían las ganas de contarse más. Pero cada quien se fue a su casa, y no hablaron más; y ya, frente a las paredes de concreto de su estudio, él no podía hablarle sin la voz que sólo ocupa cuando no da clases. Olvidó su antojo de tabaco con ella, hasta que un mensaje interrumpió la preparación de clases, cercada en ese estudio; esas nuevas clases que él tenía que dar un sábado, esas que hacen que él no tome los viernes… Y el mensaje, sin advertencia, germinó una serie de largas conversaciones. Ella, al parecer, hervía los calamares antes de echarlos a la parrilla, con perejil y tres dientes de ajo, según sus recuerdos de España e Italia. Compartían un gusto por el ajo y los calamares y ninguno sabía el secreto para cocer arroz, pero para llegar a ese altiplano de confianza, pasaron por pistas de ideas que los mueven a los dos. Hablaron de estética y cultura y calles y murales y fotografía e ideas, cosas puntuales manchadas tanto por la subjetividad de él como la de ella. Parecía normal la tarea de verbalizar y articular impresiones privadas, ¿cómo llegaron a ponerle otro nombre al mismo concepto? Hacía ratos, ya, que no le pasaba, a ninguno de los dos. Una sentada que te deja con suspiros, con preguntas, con deseo, pero hasta allí; una de tantas de las veces que no podían dejar de hablar. Como la vez que le dijo que pasara adelante, y vieron su colección de cassettes y de discos, aquella pared llena de cassettes con la letra de él. Pink Floyd, David Bowie, Velvet Underground, The Clash, The Ramones, Sex Pistols, Pearl Jam, Smashing Pumpkins, Candlebox… Los cassettes tenían la letra de él y los vinilos, portadas y artes de esa época. Esas épocas que no comparten, que los separan, la diferencia de edad en la que habitan mayores diferencias. Ella no sabe de matrimonios fallidos, de la guerra civil, de su hijo, de la autodestrucción de los 90, de los conflictos entre los planes y las oportunidades, de la disciplina que requiere hacer lo que más te gusta… No sabe que, a pesar de alinearse cuando se cuentan ciertas cosas y se imaginan otras, ella cede de lo que tiene por delante, empapándose de la ventaja que él tiene. Un poco más, y ella va a perder todo lo que tiene que aprender, porque él puede manchar ese lienzo en blanco. Hay algo de niña en ella que no desaparece entre las capas de comunicación, y él no puede ser el que venga a cambiarla. Él permitió que se le escaparan algunas cosas de las manos, que se acabaran algunas botellas de vino, que compartieran música, que cenaran juntos, que se subiera a su carro, que se creara una complicidad con chistes y se llevara ella muchas historias… pero no permitió más. Lo dejó atrás, se quitó del camino.

 


PATRICIA TRIGUEROS (El Salvador, 1987). Escritora, redactora publicitaria y traductora. Ha sido co-editora de La V Magazine y gurú de comunicaciones de la plataforma en línea de diseñadores salvadoreños Etiqueta Menta. Estudió Letras Modernas en la Université Michel de Montaigne (Bordeaux 3), Innovación Aplicada y Diseño Estratégico en IED Barcelona y Comunicaciones Integradas de Marketing en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

Fotografía de Patricia Trigueros.