Albany Flores Garca: “El árbol hace casa al soñador” (poesía)

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Poesía límpida sobre el tiempo y la nostalgia, de una voz emergente de Honduras.

Albany Flores Garca
La Zebra | #13 | Enero 1, 2017

Si hubiera podido pulsar los días con mis dedos,
sólo en el bosque los hubiera sembrado…

Gibrán Khalil Gibrán

A mamá

IV

Sobre el árbol de los días
edificaste la casa.

Los recuerdos se asoman
y tocan
sosegadamente
a las ventanas que aún quedan
de los días azules de la infancia.

La casa no sucumbe en la arena
con el soplo ligero de las primeras aguas;
no descansa en la roca.

Sobre el árbol de tus días
edificaste la casa;
pájaro sol,
árbol hombre.

V

Breve celeridad la del instante. La del momento exacto en que el desorientado llega a un sitio parecido al de sus sueños. El minuto preciso y eterno de los que se dicen adiós, con las manos, en las puertas vacías de las casas principales. El segundo en que los umbrosos paisajes se muestran a las ciudades que circundan la costa, mientras me siento en la luz de los atardeceres, con la imagen del día todavía en las manos. Y nada sé. Y sólo sé que esta tarde es ahora, y que la vida es eterna en este instante.

VI

A F. Mayes.

El árbol siempre cuida al soñador. El frío de la noche hace de cómplice. La lluvia repentina. La amarga soledad de las olas del puerto: a nada se abre, y a nada sabe el mar cuando llueve. El murmurio de los grillos. El sonido del río a distancia; el río sabe de tiempo. El río arrastra piedras que le ha arrancado a la noche, y a las montañas húmedas de donde viene. Más allá de las fronteras del país, de Norte y de Sur, y de puntos cardinales que se han vuelto lejanos. La casa está llena de promesas como los caminos, como los cielos crecidos que el soñador ve desde abajo, desde el patio de casa que está vecino a la puerta. La tarde está en el árbol, como el ave, y el silencio hace cuerdas frente al aire. El árbol y la casa están vacíos, no tienen soledad, sólo vacío; y nada recuerdan, o casi nada, porque con el tiempo se comienza a recordar de otras maneras; cosas que no fueron. La noche está cercana a las orillas, y el árbol hace casa al soñador.

XIV

…cuando el cielo no estaba lejísimo
como ahora,
yo cortaba estrellas
y me las comía
.
H. Ak’abal.

El cielo ponía huevos como las gallinas; se llamaban estrellas. Un hombre pequeñito que ignoraba el árbol, el canto del pájaro que anidaba en las nubes, el ruido del agua, y el color de las flores; permanecía sentado sobre un trazo de aire, que sostenían con los brazos sus antepasados.

Con las manos sencillitas recogía el polvo de sus propias huellas. Se observaba volando en las inquietas hojas que arrullaba el aire sobre las corrientes: los ojos se le hacían agua. Recordó extrañados días en que un ave risueña le mostraba cirros, y tiernas nubecillas blancas de diversos sueños.

En aquel tiempo el mar se sacudía el agua, el río se sentaba sobre los afluentes, el día presumía las aves; y el hombre pequeñito les tocaba el borde, la cola y las dos alas. En aquel tiempo el cielo era cercano y noble; y él le arrancaba estrellas para acariciarlas.

A Salo, para que no llore.

XVII

En la costa más lejana descubrimos un sueño, noche tras noche, día tras día. Lo sabíamos bien, pero no lo decíamos porque también sabíamos que nadie está listo para la honestidad, y que es más fácil perderse que encontrarse. Pero vivíamos solos en el calor de una isla que ya en otro tiempo nos pareció un simple sueño. Otras tempestades nos trajeron las barcas de aquel último invierno; la última noche que esperamos juntos en la orilla de un mar que nos colmó de distancia y nos llevó hasta otro sitio. Pero había que volver. Quizá no para conversar sobre el precipitado vuelo de los Albatros, pero sí para soñar durante días enteros, durante noches enteras; como si fuésemos capaces de subir a la balsa donde creímos vivir por un tiempo, donde creímos estar; donde nos aferramos al sol de nuestros días, por la palpable certeza de no vivir, como ahora, para toda la vida.

XVIII

Deja abiertas las puertas. El que partió de casa no olvidará el camino. Deja abiertas las puertas: es un niño el que vuelve. Un diminuto niño que fue sólo por un tiempo, cuando el viajante que vuelve cobijó su infancia en la amistad de aquel roble que ya no está en ese paso, donde antes hubo una piedra.

Un árbol diminuto que el viajante ha buscado más allá de la sombra, y del abrazo extrañado de la verde casona, rodeada de buganvillas y de gansos, donde papá nunca contó un cuento, ni dio un beso en la frente a la hora del sueño.

Deja abiertas las puertas para el viajante que vuelve, porque el que parte de una extraña ciudad va siempre en busca de una casa que jamás estuvo en ningún sitio, que jamás habitó, simplemente porque nunca hubo una casa que habitar en las poéticas noches de lluvia; porque nunca hubo casa para el que partió, y ahora vuelve.

 


ALBANY FLORES GARCA (Honduras,1989). Escritor, editor y ensayista; graduado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha publicado, en cuento, Muerte prodigiosa (2014); en poesía, Geografía de la ausencia (2012) y El árbol hace casa al soñador (2016), de donde se extraen los poemas seleccionados; y en ensayo Honduras, relaciones históricas entre Academia y Estado (1838-1848). Ha escrito y colaborado en revistas y periódicos de Honduras, Cuba, Brasil, Colombia, México e Italia, y es fundador de la revista académica-cultural El Zángano Tuerto. Es editor en máladive editores y cronista en el diario digital El Pulso.

Fotografía de Jorge Ávalos.