Roberto Carlos Pérez: “Sobre Francisco: una introducción” (opinión)

Después de siete años de su muerte, hacemos una invitación al redescubrimiento, sin prejuicios ni mixtificaciones, de la obra viva y perdurable del poeta y periodista cultural nicaragüense Francisco Ruiz Udiel.

Roberto Carlos Pérez
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

Es para mí difícil escribir sobre Francisco.
Su inesperada y trágica muerte aún nubla mi mente.
Francisco era, es, un excelente poeta.
Sabía jugar con las palabras, las encendía,
era riguroso, expresaba su tristeza, su orfandad,
con ironía, profundidad y humor.
Claribel Alegría

Creer que todo comienza con uno y termina cuando la ley severa cierra para siempre nuestros ojos es una ilusión que sólo puede terminar en tragedia. La vida transcurre, el presente se transforma en pasado y luego llega el olvido. La historia no se detiene.

Francisco Ruiz Udiel tuvo la fe necesaria para dedicarse a la poesía y aceptar que todo es pasajero y está en perpetuo movimiento. La vida no se concibe sino es por el cambio incesante, las muertes y la resurrección que para él estaba en otro mundo, ámbito o dimensión. Gritar para congelar el presente era para él un espejismo, de ahí que asumiera como certeza que no somos nada en este mar de gente.

Probablemente se dijo: ¡Pobres poetas! De cada cien mil que bajan a la tumba sólo uno encuentra la gloria y aún tras la muerte esto no es una garantía. Tanta vanidad y tanta soberbia no sirven de nada porque el olvido es lo más natural. Francisco Ruiz Udiel se marchó seguro de que a los tres días pasaría a un segundo término y nadie se acordaría de él, pues cada vez triunfa más la pérdida de la memoria.

¿Qué puede hacer el poeta en un lugar como Nicaragua, en el que miles de personas han muerto y siguen muriendo de hambre y matar es un oficio de caballería andante? Este mundo —Nicaragua para él era el núcleo— está regido por el mal y el sufrimiento. Una guerra y unos cuantos poemas nacidos de la soberbia es cuanto habremos de legarles a quienes un día nos miraran con la espada y el mazo listos para enjuiciarnos. Francisco se marchó porque no quería vivir en un lugar que se deshace y en el que todo anhelo de construir resulta vano.

Con sus escritos ninguno de nuestros poetas impidió el baño de sangre en las trincheras de la guerra civil nicaragüense. Quisieron convertir las palabras en fusiles cuando era momento de transformarlas en pan. Tampoco pudieron evitar la tragedia de un niño como Francisco en una aldea para huérfanos. Es muy tarde para quejarse de ese deshonroso destino. El poeta no tiene por qué comprometerse más que con la honestidad y si cada uno se empeñara en esto, como lo hizo Francisco en su segundo y último poemario, Memorias del agua, se podría corregir en el mundo mucho más que levantando la pluma en la montaña de la denuncia.

Al aceptar nuestra pequeñez expiamos la cuota de culpa y aminoramos el rechazo que todo poema escrito en tiempo de crisis puede engendrar en las futuras generaciones. De todos, el oficio de escritor es el más peligroso, pues la calidad no garantiza que hayamos salvado el inmenso obstáculo que presentan el orgullo y la altanería de creer decir la verdad en todo cuanto escribimos.

A fuerza de golpes, el poeta, cuando tiene los ojos abiertos, se da cuenta de que su oficio, para bien o para mal, es insignificante. Por más que escriba poesía no logrará impedir que una madre, de acogida en una aldea del mundo, maltrate a un niño desprotegido ante la vida, como le sucedió a Francisco. Tampoco conseguirá que los niños en Zimbabue mueran de hambre por la avaricia de pocos; ni que el terrorismo, flagelo de nuestra era, mate a inocentes en sangrientos ataques.

Habrá quienes piensen que Francisco se dio baños de pureza, pero en sus últimos minutos sospecho que no habló como poeta sino como hombre. Sin embargo, dejó un poemario —Memorias del agua— como prueba de que ante la deshonra de vivir en un país que tolera  de manera crónica la indiferencia ante el sufrimiento, el poeta en él le dulcificó el camino al hombre doliente que fue por nacimiento, para poder llegar al final del camino.

Fue pesimista. Pero no fue él quien inventó la miseria humana ni las más terribles expresiones de la maldición divina. En medio del espanto y la penumbra lo único que le quedó fue llorar. No obstante, nos obsequió un poemario para crear empatía por la gente que, como él, en algún momento de su atormentada existencia también se ha sentado en la oscuridad de una despensa a sollozar, tal como lo dijo en su poema “Alguien quiere denunciar”, de Alguien me ve llorar en un sueño:

La infancia de Andrés
huele a dolor en mal estado.

Crece y es memoria sepia
como cuerpo quemado
dice y cuenta cómo lo encerraron en un baño
veinte y cuatro horas desnudo
de la vez que lo arrodillaron otra vez desnudo
naked, no nude
otra vez desnudo
de la vez que le pusieron
las manos a dos centímetros del fuego
con el pretexto de hurgar verdades.

Esta vez no fue desnudo
vestía de odio con lengua
despellejada en rabia.

Para él ya no había esperanza, pero sí la certeza de que en otro dominio estaría en perpetua tranquilidad, cuidando los girasoles que no pudo plantar en el asfalto de Managua. En ese otro mundo es ahora el hortelano que estercola, como Miguel Hernández deseó hacerlo en la tumba de su amigo, Ramón Sijé, a fin de crear una semilla sana para enfrentar cualquiera de los posibles futuros que nos aguardan. Si para Francisco Nicaragua era una tumba, la del hermano y la propia, era imperativo sembrar en cada pulgada de ella una radiante flor. Por eso dijo:

Habría que sembrar girasoles
a lo largo del camino,
sembrarlos en la tierra,
en la ciénaga, en el barro,
plantarlos bajo el odio,
como se planta el fuego.

Habría que sembrar girasoles
aunque la tarde prosiga
con su rumor de polvo.
La caverna está en el centro,
y tras los días, los girasoles
subvierten el desprecio,
pero habría que sembrar girasoles, digo
—no por insistencia—,
sembrar girasoles con afán
de prolongar partidas,
regarles la noche con ajenjo,
cubrir de arena la sorda vida.

Habría que sembrar girasoles de pesadumbre,
de tallos largos que sostengan
la gravedad del hombre,
sembrarlos a lo largo del camino,
plantarlos en los techos de las casas,
en todas partes, con su luminosa forma.

Si hacemos esto,
de aquí a veinte años
aprenderemos a dar abrazos a las piedras
antes de arrojarlas al Sol.

“Habría que sembrar girasoles”, Memorias del agua.

Quisiera imaginar que en los últimos minutos de ese fatídico 31 de diciembre de 2010 Francisco pensó lo siguiente: “Con toda la serenidad del mundo, puedo decir que después de la guerra y de todas las barbaridades que hemos engendrado, escribir un poema se ha convertido en el mayor gesto de amor. Dejo los míos con la convicción de que hay que seguir escribiendo poemas aun cuando nos demos cuenta de lo inútiles que resultan en esta época. Sólo a través de ellos podemos cancelar el pasado, o el abismo que nos devora, y ofrecerle lo mejor de nuestro corazón a quienes han de poblar el futuro”.

 

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Roberto_Carlos_PerezROBERTO CARLOS PÉREZ (Granada, Nicaragua, 1976). Autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012 y 2016) y editor del libro de ensayos en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco:José Emilio Pacheco en Maryland (1985 – 2007) y de la novela modernista El vampiro (1910), del poeta y narrador hondureño Froylán Turcios. Ha publicado cuentos y ensayos críticos para revistas nacionales e internacionales como  eHumanista, revista especializada en temas cervantinos y medievales, Carátula, revista cultural centroamericana, Círculo de poesía, revista electrónica de literatura,  El Hilo Azul, revista literaria del Centro Nicaragüense de Escritores, Lengua, revista de la Academia Nicaragüense de la Lengua, La Zebra, revista de letras y artes, El pulso, periódico de investigación, Alastory El Sol News, periódico de noticias de Nueva York, entre otros. Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense  (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el Guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Estudió en la escuela de bellas artes Duke Ellington School of Arts y se licenció en música clásica por Howard University. Investigador de la obra de Rubén Darío (ha participado en festivales y homenajes y ha publicado diversos ensayos dedicados a preservar la memoria del poeta nicaragüense), es máster en literatura Medieval y de los Siglos de Oro por la Universidad de Maryland.