Amelia Mondragón: “1. El aprendiz de mago” (ensayo)

Primera entrega del ensayo “El fabuloso mundo de Francisco Ruiz Udiel”: un penetrante estudio de su obra poética.

Amelia Mondragón
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

El fabuloso mundo de Francisco Ruiz Udiel

Primera entrega de cuatro

Fran era una especie de Magia
que nos rozó mientras vivía
.
Francisco Javier Sancho Más,
“Francisco Ruiz Udiel, si estuvieras aquí…”.

1. Tres magos

Aprendiz 1: De la película Fantasía (esa joya del cine mudo tardío hecha por Walt Disney en 1940), lo más memorable es el tercer segmento, donde el ratón Mickey de los dibujos animados encarna al protagonista de “El aprendiz de brujo”, poema escrito por J. W. V. Goethe en 1797.

Con música de Paul Dukas de fondo, el pequeño sirviente Mickey contempla cómo su señor, un poderoso mago, produce mariposas de luz en el aire. Su etérea hermosura deja boquiabierto al ratón, quien además de imaginarse él mismo creando tales maravillas, concibe la idea de usar la magia en sus labores domésticas.

De noche, tras retirarse el amo a su recámara y después de barrer, Mickey se coloca el sombrero mágico tan caro al mago, y sin éxito le ordena a la escoba baldear los suelos. Vuelve a intentarlo. Le toma algún tiempo concentrarse, recordar el conjuro del amo y finalmente ordenarle a la escoba que vaya a la fuente situada en el patio interior del castillo. Cuando la escoba empieza a acarrear baldes, Mickey decide tomar una pequeña siesta en el despacho del amo.

Mientras viaja en sueños hasta las estrellas y juega con su polvo luminoso, la escoba vierte baldes de agua que acaba por desbordarse e inundar los sótanos. Se despierta el ratón e intenta remediar el desastre haciendo añicos la escoba. Pero de cada astilla surge otra que se procura baldes para ir a la fuente.

Despierta el mago por el escándalo, reduce las aguas, le quita a Mickey el sombrero y de un ligero puntapié lo aleja del despacho, ordenándole que limpie el desastre.

Aprendiz 2: Harry Potter, también producto de la literatura y llevado al cine, es huérfano de padre y madre —como lo es quizás el pequeño ratón de Fantasía— aunque está destinado a convertirse en un poderoso mago que ha de vencer al Señor de las Tinieblas, el innombrable asesino de sus padres cuyas ansias de poder aterrorizan a la comunidad internacional de brujos.

En la Inglaterra contemporánea los aprendices, incluso los huérfanos, ya no limpian suelos a cambio del entrenamiento que reciben; mucho menos los magos, quienes en una dimensión paralela a la nuestra poseen excelentes escuelas y ciudades con servicios médicos, tiendas, bancos y bares. Harry ha tenido suerte. La infraestructura del Primer Mundo hará posible tanto el desarrollo de sus facultades sobrenaturales como el de su inquieto y curioso temperamento.

Aunque Fantasía es apenas cincuenta y dos años mayor que la primera entrega de Harry Potter, su visión del aprendiz es preindustrial, como la de Goethe: el conocimiento debe permanecer resguardado por la experiencia y sólo florece dentro de ella. Quien lo usa de manera arbitraria para satisfacer deseos y necesidades inmediatas genera desorden.

La visión de Fantasía es coherente con su época. En 1940, en víspera de la Segunda Guerra Mundial y todavía padeciendo las secuelas del Crack ocurrido en 1929, el imaginario estadounidense le teme al caos, a las aguas que se desbordan por quienes no saben predecir las consecuencias de sus actos: es la juventud o el ímpetu juvenil de los mayores, irresponsable y radicalizado, lo que toma por asalto la economía de las naciones. Le llevará mucho tiempo a Estados Unidos, su prosperidad a partir de los años cincuentas y la guerra de Vietnam entre otras cosas, sensibilizarse ante el abuso ejercido en los jóvenes y apreciar la ingenua curiosidad que en las últimas décadas del siglo XX, Hollywood consideró como el origen del genio adolescente.

Aprendiz 3: De carne y hueso, nuestro tercer y último aprendiz de mago —y objeto de este ensayo— es también huérfano y producto de la literatura. Vivió por ella y gracias a ella. Se llamaba Francisco Ruiz Udiel (1977-2010), poeta nicaragüense que aún a los 33 años seguía pareciéndose en fotos a Harry Potter: la misma placidez, los mismos ojos claros y soñadores mirándonos a través del oscuro marco de sus lentes. Sin embargo, cuando habla, cuando repite en los vídeos en YouTube sus razones para escribir y recita algún poema, sospechamos en su alma el tenebroso castillo donde vive el pequeño ratón de Fantasía y un vórtice de aguas acechándolo.

2. El aprendizaje

Quiero morir en un poema
y nunca levantarme.
Francisco Ruiz Udiel,
Alguien me ve llorar en un sueño.

Al menos en el campo de la poesía, desde finales del siglo XX aparecen en Nicaragua muchas aguas desbordadas. Si Francisco Ruiz Udiel sobresale en tal vaivén no es sólo por su inquieta naturaleza y la calidad de sus textos, sino por la perspectiva generacional y estética que ofrece en sus declaraciones y aprende a explicitar con muchísima mayor fuerza en sus poemarios. Es sobre todo en Memorias del agua (2011), el segundo y último de ellos, donde la visión de una nueva poesía, es decir, un nuevo tono y una nueva idea de lo que es el poeta en Nicaragua, se materializa con extraordinaria claridad.

Sin este importantísimo libro, los comentarios estéticos de Francisco habrían quedado en repetitivas declaraciones periodísticas, en uno que otro gesto fieramente afirmado de su primer libro de poemas, Alguien me ve llorar en un sueño (2005), o a lo sumo, en vaga intuición de una sensibilidad lingüística inaugural, acorde a los nuevos tiempos.

El interés de Francisco por una poesía distinta a la que ha prevalecido en Nicaragua durante décadas lo lleva, siendo estudiante de contaduría, a formar parte de Literatosis, revista que tomó por nombre un término de Onetti para definir la literatura: más que un oficio, una ineludible condición que se padece y demarca la propia experiencia. Acogidos a tal idea, dice Eunice Shade, miembro de la revista, ella y sus compañeros “tendieron a preferir escritores ‘literarios’ e intentaron convertir el oficio de escribir en un destino propio”.

Literatosis sobresalió porque además de la pasional entrega a que sus miembros se comprometían, fue la más perdurable (1998-2003) de las revistas nacidas durante ese período en Nicaragua. También por el estruendo que causó su noveno y penúltimo número, cuyo irreverente tono hizo que se le suspendiera el financiamiento que la Embajada de España y el Instituto Nicaragüense de Cultura le habían ofrecido al octavo, dirigido por Francisco Ruíz Udiel.

Aunque ya a los dieciséis años había empezado a escribir poemas, Literatosis fue para él, como para muchos otros jóvenes, su verdadera cuna artística. A través de ella se preguntó qué quería de la literatura y aprendió los rudimentos de editar y dirigir publicaciones.

En 2004, junto al escritor Ulises Juárez Polanco, fundó la casa editorial Leteo Ediciones que, abocada a darles espacio a los jóvenes, se ha convertido en una editorial clave en Nicaragua. En 2005, también junto a Juárez Polanco y poco después de la publicación de su primer poemario, Alguien me ve llorar en un sueño, Francisco hizo para Leteo la antología de poemas Retrato de poeta con joven errante (2005), prologada por Gioconda Belli, quien llamó “Generación del desasosiego” a los escritores nacidos a la literatura en la primera década del nuevo milenio.

Mucha tinta a favor y en contra hizo correr tal denominación y sin duda la antología pasará a la historia por este hecho, aunque también debería ser recordada porque en la nota editorial que firman Ruiz Udiel y Juárez Polanco es ya apreciable el serio intento de presentar la joven poesía como un conjunto cuyas variantes producen una sóla respuesta a la poesía precedente, denominada “exteriorismo” en Nicaragua. De ahí la insistencia por difuminar barreras entre los jóvenes autores, formados en diversos grupos literarios, estilos e idiosincrasias y provenientes de diversas áreas del país, incluyendo la Atlántica, casi siempre en olvido frente a la zona del Pacífico.

Si seguimos las declaraciones de Francisco entre 2005 y 2010, es evidente que la nota editorial de Retrato de poeta es mucho más suya que de Ulises. La complementan introducciones a los autores, todas escritas por él excepto la que le corresponde a sus propios poemas. En ellas reina cuanto Francisco aquilata tanto del comentario crítico como de la misma poesía: del primero la ligereza y el desenfado, de la segunda, su forma de gestarse: no importan las credenciales académicas ni artísticas de los poetas; importa su forma de mirar cuanto los rodea y el que alguno o alguna de ellos “haya bajado hasta el Malecón de Managua para observar cómo la soledad deshacía a la gente en el lago”. Importa también que el poeta se deje envolver por esa soledad y por el amor, y que traduzca honestamente sus sentimientos en el lenguaje. También importa, aunque aparezca disperso aquí y allá, una historia con carencia de padre o madre, o lo que es casi lo mismo: si el poeta pudo reconocer, desde su nacimiento, que “todo a su alrededor” era una farsa.

No es casual el dato biográfico ni su corolario. Crecido en un centro para huérfanos (Aldea Infantil SOS), a los 16 años Francisco abandonó Estelí, su ciudad natal, por las graves desavenencias que tenía con su madre de acogida. La imagen del sufrimiento emocional y físico, tanto del pequeño como del adolescente Francisco, trasvasada a su primer poemario, Alguien me ve llorar en un sueño mediante Andrés, su alter ego, no tiene antecedentes en la poesía nicaragüense. El suyo es un dolor de orfandad e impotencia. De ahí la rabia y la ironía que lo envuelven, manteniéndolo a flor de piel, reconcentrado y reactivo.

Es la farsa, el hecho de que la vida simula ser un mural sin fisuras aunque está carcomido por dentro, lo que seguramente produce las extraordinarias dislocaciones surrealistas de su poesía: los planos que asoman en el poema —las diferentes categorías de la significación— colisionan brutalmente en Alguien me ve llorar en un sueño para incinerar las pretensiones de orden social, coherencia y armonía tan caras a nuestro pensamiento.

Aunque en 2005 el surrealismo más duro era el de Alguien me ve llorar en un sueño, en Retrato de poeta el frente único de la joven poesía que Francisco insiste en subrayar se caracteriza por sus temas interioristas. En el único poeta de tema social, William Grigsby Vergara, distingue “un lenguaje fríamente estructurado”, sin sensiblerías. Y en todos, un abierto inconformismo.

No hay mucha diferencia entre el inconforme tono poético de Francisco y el del grupo presentado en su antología. Todos poseen voces en claroscuro, a veces débilmente aferradas a una ilusión y otras negándose a gestarla, pero en cualquier caso, son voces con grandes obstáculos para “cantarse a sí mismas” o establecer vínculos plenos con cuanto perciben.

Hasta en los poemas más serenos y de más bajo tono hay un desafío, una transgresión voluntaria o inconsciente que lejos de resolverse felizmente, agrava el sentido de orfandad. Porque incendiarias o absortas, las voces de la antología apuntan a individuos dejados de la mano por algún dios inmensamente cruel o indiferente en alguna ciudad cuyos conflictos e indecible pobreza, como la Managua de Francisco en Alguien me ve llorar en un sueño, nadie se esfuerza en maquillar. Conservando las distancias, las ciudades de estos jóvenes, o la idea de la ciudad como espacio que acota y define la percepción, está en la misma tónica de Managua salsa city: ¡devórame otra vez!, de Franz Galich, novela que hizo época en los noventas al subrayar los despojos de la guerra.

Buena o tentativa, experimental y muchas veces insuficiente, la joven poesía coloca al exteriorismo en declive aún cuando no hay textos que den a entender con precisión qué se le impugna. Pero en Retrato de poeta con joven errante percibimos una condena que sobrepasa en mucho la cuestión de la temática. Porque es Francisco con sus desenfadadas introducciones, quien si bien no apunta muchos rasgos estilísticos, convierte la poesía en agarradero para seguir viviendo y en espacio social donde se vierte cuanto pugna por salir de la psiquis. En el envés de cuanto acertada o desacertadamente aparece en Retrato de poeta debe leerse, si no una definición del exteriorismo, sí aquello que de él se considera falso: tanto la poesía puesta al servicio de la política como la que se contenta con surcar caminos trillados en vez de arriesgarse, de empeñar la vida en el intento de decir algo, si no nuevo, sí verdadero.

El exteriorismo —esa mezcla de realismo social y conversacionalismo que comenzó durante los años sesentas en Nicaragua y ha ido progresivamente bajando de tono y transformándose en una afirmación del individuo, sus pensamientos y costumbres— seguramente representa un salto atrás ante el ingenio de los vanguardistas nicaragüenses y una bofetada en el rostro del feísmo y la pobreza percibida por estos jóvenes poetas que enfrentan el desorden a todo nivel, incluyendo el de las lecturas.

Hijos de la guerra, nacieron al mundo literario con los textos escolares del sandinismo y a diferencia de sus contemporáneos en otras áreas hispanohablantes, poco o nada leyeron de los clásicos, excepto algunos textos fundacionales centroamericanos. Tendrán que crecer y aliarse a Internet para descubrir plenitudes parecidas a la de Darío y darse cuenta, en tal universo de palabras, lo que su sociedad les ha negado. Todavía ingenuos aunque sin duda heridos, navegarán por la lengua produciendo tonos de desamparo y rabia que ningún poeta nicaragüense había antes concebido, ni siquiera Carlos Martínez Rivas, cuya solitaria rebelión es asertiva y por lo tanto, no exenta de triunfalismo. Y si bien entenderán que la poesía sirve para encender las estrellas —de allí el sesgo surrealista de sus escritos— mucho mejor entenderán que también sirve para baldear la propia casa.

Por más que Francisco Ruiz Udiel diga en sus declaraciones que la poesía no debe ser autobiográfica, por más que insista en “destetarse” de su alter ego Andrés en Alguien me ve llorar en un sueño, él sabe, al igual que los demás jóvenes poetas, que la poesía no es sólo oposición al mundo que heredaron, no una simple arma de combate contra la poesía combativa, sino su primera y quizás única consejera, el hecho psicoanalítico y la más íntima relación con el mundo a la que les es dable acceder.

Como el pequeño ratón de Fantasía, Francisco ve muy claramente las dos caras de la magia y opta por ambas, a sabiendas de que tarde o temprano se volverán una contra la otra y que sólo un conjuro, uno sólo, le permitirá a las aguas regresar a su cauce.

SIGUIENTE ENTREGA

EL FABULOSO MUNDO DE FRANCISCO RUIZ UDIEL

  1. El aprendiz de mago
  2. El conjuro
  3. El interior
  4. La magia

 

 


amelia_mondragonAMELIA MONDRAGÓN es catedrática en Howard University (Washington, DC). En 1989 completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Maryland con una tesis sobre la novela nicaragüense, convirtiéndose en la pionera de dichos estudios. También fue editora del libro de artículos Cambios estéticos y nuevos proyectos culturales en Centroamérica (1994). Es autora de varios artículos sobre literatura nicaragüense y poesía hispanoamericana, entre ellos dos sobre José Emilio Pacheco. Es también coautora con Alberto Ambard de la novela Alta traición (High Treason, 2012).