Ruth Grégori: “El pulso electrónico anima la escena musical salvadoreña” (crónica)

Exponentes del movimiento indie en la escena musical joven salvadoreña se dieron cita al cierre del 2017 haciendo patente un denominador común: la música electrónica.

Ruth Grégori
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Los músicos desalojan sus instrumentos del escenario. La gente entre el público conversa animadamente en el parqueo de “Al Lado”, donde una pequeña tarima hace de escenario frente a unas 25 personas. Son casi las once de la noche del viernes, 15 de diciembre, cuando René Nuila, integrante del Colectivo de DJ’s Nostromo Boys, hace su entrada. Luego de haber escuchado un set de canciones de Carrot y otro de Manyula Dance Club el ánimo del público ha superado sus picos más altos.

Imágenes de estilo caricaturesco y estrambótico proyectadas en la pared al fondo del escenario habían servido de marco a la presentación de la banda telonera Carrot. Rostros hermosos que degeneraban en fealdad, bailarianas cuyas faldas blancas aleteaban en círculos e iconos como Marlon Brando y Andy Warhol en colores neón. Bajo ese marco, cuatro jóvenes músicos: tras la batería, un joven vestido con un chaleco negro de felpa, sin camisa; en el sintetizador, otro con una camisa de flores rojas, un pantalón negro ajustado y una larga y ondulada cabellera suelta; en el bajo, otro de look más convencional —jeans, gafas y un chaleco casual—; y en la voz líder, un joven blanquísimo de cabello rojizo cuyo evidente carisma al cantar le hacía destacar por encima de casi un centenar de cabezas que se balanceaban de adelante hacia atrás al ritmo de la música.

El sonido de Carrot, que transitó desde sus inicios como dúo de folk acústico hasta su alineación actual como banda de rock alternativo, es presidido por una voz de afinación impecable, cuya gravedad con reminiscencias de Beck es suficientemente flexible y versátil como para mantenerse igualmente cómodo en el registro de altura media, recurrir a matices de falsete o a secciones de voz rasgada. El programa incluyó tanto las canciones del primer EP de la banda, Demo Tapes, como canciones más recientes —aún no liberadas en internet— caracterizadas igualmente por un beat electrónico y bailable. Su capacidad de conexión con sus aficionados, quienes se matuvieron coreando y moviendo distintas partes de sus cuerpos canción tras canción, resulta irrefutable.

Pese a la solvencia de la factura técnica del ensamble, su música deja la sensación de “haber escuchado algo parecido” entre bandas extranjeras. Esto no sería algo esencialmente malo, sobre todo cuando sus influencias vienen del movimiento del rock alternativo anglosajón. De hecho, la mayoría de las letras de las canciones de Carrot está escrita en inglés. Pero, acto seguido, la pregunta obligada es: ¿qué tan original puede resultar una propuesta como esta en medio de la oferta ya existente en el mercado dentro de un contexto globalizado?

Carrot_FB
Carrot en Al Lado.

El segundo set inició con la presentación del nuevo videoclip de Manyula Dance Club, el motivo original de la convocatoria al concierto en “Al Lado”. Grabado, mezclado y producido por ellos mismos, el video de la canción “9ª avenida” pone imágenes a un tema musical inspirado en historias de amigos que han emigrado.

La propuesta de MDC —como suele abreviarse su nombre— se caracteriza por influencias de géneros como el electropop, el funk y la música de garaje. Partiendo de una base instrumental que incluye guitarra eléctrica, batería electrónica, sintetizador, efectos de sonido, percusiones y voces, acompañaron el recorrido por las canciones de su primer EP y otros temas nuevos con imágenes de figuras caleidoscópicas, estelas de color que se diluían y estampas de las calles de San Salvador. Sin embargo, si bien la textura de ladrillos expuestos de la pared utilizada para la proyección dotaba de cierto estilo underground al collage de imágenes utilizada a lo largo del concierto, ciertamente se volvió un obstáculo para apreciar el sentido de continuidad y detalles del videoclip cuyo estreno constituía un factor central de la jornada.

Por otro lado, una apuesta clave en la propuesta de MDC es el contenido de crítica social de sus letras, con temas que van desde la búsqueda de identidad al elogio de la naturaleza. Pero, al menos en esta ocasión —probablemente no la mejor para escucharles por primera vez en vivo—, las letras resultaban apenas discernibles, el fondo musical apenas describía variaciones melódicas o armónicas, y la voz del vocalista —cuyo timbre parece poco inclinado a modulaciones y matices— permanecía siempre a unas micras de la afinación perfecta y tampoco parecía integrarse fácilmente con la voz femenina a cargo de los coros.

Por alguna razón, tanto en el caso de Carrot como en el de Manyula Dance Club, la manera en que estaban equalizados los instrumentos y los micrófonos hacía difícil distinguir lo que decían las letras. Para cuando quedaban pocos minutos para las once de la noche, luego de dos sets en condiciones de sonido que no resultaban ideales, el público había disminuido sensiblemente. Pero bastaron unos pocos compases del siguiente y último set para darse cuenta de que —al menos para quien escribe estas líneas— la mejor parte del concierto aún estaba por venir.

René Nuila
René Nuila.

Una corriente de música electrónica emana de la consola de René Nuila, de la cual emerge un sonido tubular parecido al de los órganos de iglesias antiguas, proveniente esta vez de un solo tubo que desprende cierto dejo espacial cuando se desliza a saltos entre breves motivos melódicos. Suenan inequívocos ritmos y voces de la música disco entre los cuales se reconocen frases de Funky Town. Alrededor, la mayoría de los presentes conversan entre sí. Es inevitable preguntarse: ¿por qué no escuchan la música?

El breve intento por identificar cuándo termina la primera serie y cuándo inicia la segunda acaba en cuanto resulta claro que no hay división entre canciones: se trata de un río continuo de sonido. Nuila canta y balancea su cuerpo con la música mientras sus manos se abren en gesto de exclamación.

En el muro tras el escenario que ha servido de pantalla de proyección gira de inicio a fin una bola de cristales plateados, como la de las discotecas, que reparte reflejos de luz mientras gira y gira. Ahora una sola pareja baila. El parqueo frente a la tarima está casi vacío. ¿Por qué la gente se irá cuando falta lo mejor del concierto?

Hay algo en la manera en la que fluye el sonido de una melodía a otra, sucediéndose o superponiéndose. Hay algo en la manera de componer e improvisar. De pronto, un sonido de guitarras distorsionadas produce lo contrario a un escalofrío en el pecho, una especie de llamarada o compresión. Un instante entre el collage sonoro que mezcla canciones y sonidos viejos de modo único y nuevo. Irrepetible.

Un coro de voces femeninas canta What can I do (Qué puedo hacer). Una sucesión de chasquidos vocales, al estilo de los experimentos de Chick Corea, sustituye la percusión de la batería… ¿Qué es ese sonido? Parece el trino de un pájaro metálico, mecánico…

Pasan ya de las once de la noche. René Nuila se quita los audífonos —¿para oír mejor?—, mira la pantalla del computador frente a su mesa mientras manipula las perillas de su consola. Se sonríe solo, para sí mismo, en el diálogo que tiene con la música. Canta inaudiblemente. No parece verse afectado por la erosión de oyentes en el exterior.

Bips de electrocardiograma parecen salir disparados hasta chocar en las paredes. Ahora un espectador, vaso de cerveza en mano y evidentemente ebrio, se balancea con movimientos que hacen evocar a un público que podría estar ahí; como si hubiera muchos otros haciendo lo mismo alrededor, siguiendo un ritmo que palpita subterráneamente y a cuyo compás girase todo cual si fuese el tempo de una sinfonía cósmica… Pero no hay tal masa humana. Es un solo hombre, ha alcanzado el trance.

Ya no queda nadie frente al escenario, pero el DJ sigue tocando. Él oye el bit de la sinfonía cósmica. Unos pocos conversan frente a mesas y cervezas en los laterales. La música sigue. El concierto ya terminó.

MDC_9a_Avenida
Manyula Dance Club. Captura del video clip 9ª Avenida.

 

CARROT en Spotify, en Soundcloud

  • Género: Rock alternativo con tendencia electrónica
  • Programa de canciones
  1. Intro
  2. Rumor Room
  3. You Know Now
  4. Evaporate – Spotify
  5. Own – Spotify
  6. Liviano – YouTube
  7. Hollow – Spotify
  8. Tenderbloom – Spotify

MANYULA DANCE CLUB en Spotify

  • Género: Electropop con temática social
  • Programa de canciones
  1. 1996
  2. Femme
  3. Lluvia – YouTube
  4. Buscando – YouTube
  5. Obsesión
  6. 9a Avenida – YouTube
  7. Sivar Sweet Heart
  8. Sivayork

RENÉ NUILA en Spotify

  • Productor e ingeniero de sonido en Diente Amargo
  • Integrante del colectivo de DJ’s Nostromo Boys
  • Género: Música electrónica e industrial, Disco, Nu Disco y Hi-NRG
  • Programa de improvisación libre
  • Forma parte de otros dos proyectos musicales:
    Vincent, como DJ de género Chicago House/Detroit Techno
    Nure, como DJ de género Synthwave/Darkwave/Industrial Dance
  • Previamente fue guitarrista rítimico de Safari Volvo y tecladista de Castel

 


ruth_gregori.jpg

RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.