William Archila: “La balada del inmigrante” (poesía)

Nuevas traducciones de “El arte del exilio” (2009), el primer libro en inglés de un poeta “latino” en los Estados Unidos, originario de Santa Ana, El Salvador.

William Archila
Traducciones del inglés de 
Jorge Ávalos
Ilustración de Catalina del Cid
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Bebiendo cerveza en el lado este de Los Ángeles[1]

Es así como siempre se quiso recordar a sí mismo:
apoyado en el Impala verde, con un guajiro y pegajoso
Willie Bobo reventando en los parlantes;

el vaporoso sudor entre las cejas; sus amigos
al acecho, como leones, echados sobre la capota,
miran cómo el sol derrite el asfalto;

el bulevar resplandece con la fila de low riders, resoplando,
rebotando por todo el camino hasta las pelonas
montañas amarillas, donde el perímetro del esmog se espesa
y las casas dilapidadas aguardan el baldazo de la lluvia.

Él se colgaría el abridor de botellas en el cuello,
destaparía una —erupción de espuma—, a la salud
de la señorita tatuada en su espalda, y su garganta
estaría lista ya para la fría, lenta caída de aquél falso dios.

Autorretrato con cuervo[2]

Mientras estampo en el reloj mi hora de salida,
sé que antes del alba hombres serán acribillados
en un lejano continente, alguien correrá
al interior de un café con una bomba anidada

en su vientre, a la vera de un camino una mujer
llorará sobre el cuerpo de un hombre,
y, estrechado, de pie sobre la tierra, ese Dios
señalará la frente de un país moribundo,

todo esto transmitido en el programa de noticias.
Pero esta noche, en vez de estar sintonizado,
me arrodillaré ante la ventana, para verme
en el graznido del cuervo, más allá del árbol negro

del invierno —curva de ásperas garras, alas en flecha,
cuerpo arqueado, rostro disimulado por la evasión—.
Lo voy a intentar, a riesgo del fracaso: verme entero,
consumado en el grito, en el pico negro del cuervo.

Duke Ellington[3]

Santa Ana, El Salvador, 1974

Él se pasea por el aula, polvorienta y fresca:
sus manos, en los bolsillos; las sillas, en filas.
Niños de sexto grado, ojos al frente, lo ven
a él, el del rítmico andar de la gran banda de jazz.

Desde el pizarrón, gira hacia los niños
y rompe el silencio:
“En lugar de cruzar el jardín Oriental,
imaginen un desierto bajo un diabólico sol”.

Chasquea los dedos a las dos, a la una,
como diciendo “una vez más”.
Aullamos una demente versión de Caravan
—platillos estridentes, tambores, cuernos curvos,
ritmos ensordecidos desde el conjunto de saxofones.

Edwin Martínez se pone de pie, se inclina
sobre el atril y tortura a la trompeta.
Vierte todo lo que aprendió de Egipto en su clase
de historia. Douglas Díaz aporrea los bongos,
en la manera exacta como le da a las latas
de café y leche en su propio hogar.

El señor Ellington palmea el compás,
bailando un blues de doble paso, marchando
en medio de todos, como un policía
dirigiendo la calle más transitada.
Antes del recreo nos contará historias
de un humoso rincón azul
llamado The Cotton Club.
Vamos a aprender todas las rapsodias de Harlem,
desde el Barrio Latino hasta la calle 125.
Él hará bailar las teclas del piano, con una frase
sincopada que nos hará prestar atención:
“De qué nos sirve estudiar guerras”.

Bien podría ser mi abuelo,
un morenito de Chalatenango
—de una familia azul profundo
llegada del Caribe a través de Honduras.
Él podría ser él que componga
una harmonía análoga a Sonsonate,
un giro de trombón para impulsar las ruedas
de la carreta —el rostro arrugado,
desdentado— del hombre que lleva su maíz.

Más que el retumbar de la conga en un cabaret,
más que estar frente a un piano, con un frac
y un sombrero de copa, lo quiero de vuelta,
con su orquesta estremeciendo las puertas
del salón de baile frente al lago.
Quiero ver que la pintura agrietada se desprenda de las paredes,
que las luces se atenúen, que la pista colapse,
que rezongue una trompeta
y que sea escuchado en mi país.

La noche en que murió John Lennon[4]

Desciendo de la montaña baldía
repitiéndome: “El señor es mi pastor, nada me faltará”.
La mano de mi madre sobre la mía, la luna en guardia,
el viento golpeando mi cara, el olor de la lluvia y los árboles
cuando entramos a los Estados. La niebla se despliega
al amanecer, los suburbios bañados en luz.
Un tropel de refugiados sale de la quebrada,
cruza las calles, se esconde detrás de los coches estacionados
y cubiertos de rocío. Cuerpos acurrucados y cercanos entre sí
se arrastran por el suelo, como soldados sobre charcos.

Mi madre, en sus mejores ropas —una chaqueta Lee
de corduroy, vaqueros Levi’s—, lleva un periódico
muy cerca del pecho, en él la imagen de un hombre
de Liverpool asesinado frente a su casa.
Tengo once años, corro hacia un padre
que se ha convertido en un ayudante de cocina, ollas
y sartenes ennegrecidos, la lenta bocanada del fumador
habitual mientras espera por el autobús, el aliento
frío del asfalto americano en su espalda.

Gris y húmeda, llegó la inesperada mañana
en la que vi a mi padre salir de la casa de madera.
Al niño que perdió a su padre por un disparo, yo
quisiera decirle aquí está el mío, el hombre que dejó a su país
partido en dos. Aquí está, derrotado, este salvadoreño
al que yo habré de superar, el del delantal mojado y los guantes
amarillos. No digo nada, ni una sola palabra, ni un sonido siquiera
cuando, con mis brazos alrededor de su cintura, él toca mi cabeza.

La balada del inmigrante[5]

1980

Envuelto en el humo de un cigarrillo,
negrura de cuervo, camino por calles
amplias y oscuras, decrépitas,
como el cadáver expuesto de un gato.

En cada esquina, las garras de una palmera
arañan a la luna. Surte el vapor
de los cuatro círculos de un bache.
Estoy a una guerra de distancia de mi hogar,

lejos de aquel rasponcito en la rodilla
de un niño, lejos del oscuro terrón
donde la muerte sacude
su bolsa de papel, su sonaja de huesos.

Soy un hombre de pelo negro, crudo acento,
con las sílabas españolas atascadas en el pescuezo,
con las palabras del inglés cautivas del diccionario,
soy un extranjero donde quiera que vaya.

Bajo el puente de la autopista
los carros circulan y rugen,
sus escapes derruidos por el hollín.
Pienso en cuerpos desgarrados, hacinados,

insepultos en una zanja, ocultos
por el zacate o el polvo. Ellos serán
las noticias de la tarde, estadísticas
de otro país de pies pequeños,

el otro Líbano, a una legua de Dios.
Ellos llegan a mí con sus letras,
a media frase, en tinta azul,
manchando mis dedos con sus brillos.

Me pierdo, así, entre los edificios
del centro, pronunciando el sonido
de sus nombres en las oquedades
de mi garganta, deletreándolos

una y otra vez, hasta que significan
nada, nada en absoluto. La noche,
un cuervo. Clavo los ojos en las palmeras.
Y mi país cae sobre mí como un martillo.

 


NOTAS

Todos los poemas han sido seleccionados de la colección The Art of Exile (2009).

[1] DRINKING BEER IN EAST L.A. // This is how he always wanted to remember himself: / leaning against the green Impala, something brown and juicy, / like Willie Bobo blowing out of the speakers, / sweat steaming down the eyebrows, his buddies / hanging out like lions in the heat, spread out over the hood, / watching the sun melt the asphalt, // the boulevard glowing with a line of low riders, puffing, / bouncing all the way down to the bald, / yellow mountains, where the outline of smog thickens / and the rickety houses wait for a can full of rain. // He would hook the bottle opener to the neck, / pop the cap off – a geyser of foam – a shot / for the lady tattooed on his back, his throat / ready for the long, cool rush of a false god.

[2] SELF-PORTRAIT WITH CROW // As I punch the time-clock, I know / men will be gunned down at dawn / in a distant continent, someone / will dart into a café with a bomb nestled // in the belly, by the roadside a woman / will moan over the body of a man, / shrunken, stretched on the earth, that God / will finger the forehead of a dying country, // all of it funneled through the news on TV. / But tonight, instead of tuning in, I’m going to kneel / beside the window, recognize myself / in the croak of the crow, high above the black tree // of winter, claws hooked and rough, wings swept // back and hunched, face masked with exhaust. / I’m going to try, even if I fail, to see myself whole, / complete in the cry, in the beak of the crow.

[3] DUKE ELLINGTON // Santa Ana, El Salvador, 1974 // He paces the cool, dusty classroom, / hands in his pockets, rows of chairs, / sixth-grade children looking straight / at him, watching his big-band walk. // At the blackboard, he turns / and breaks the silence. / “Instead of crossing an Oriental garden, / picture a desert under a devil sun.” // He snaps his fingers two plus one / as if to say one more time. / We shout back a demented version of Caravan, / crashing cymbals, drums, bent horns – / muffled rhythms from a line of saxophones. // Edwin Martínez gets on his feet, leans over / the music stand and tortures the trumpet, / pouring all his memories of Egypt from history class. / Douglas Díaz slaps the bongos / exactly the same way he beats on / cans of coffee and milk at home. // Señor Ellington claps his hands along, / dancing a two-step blues, stomping / in the center of everyone like a traffic cop / conducting a busy city street. / Before break he will tell us / stories of a smoky blue spot / called the Cotton Club. / We will learn all the Harlem rhapsodies / from the Latin Quarter up to 125th Street. / He will swing the piano keys, a syncopated phrase / and we will listen: no need to study war no more. // He could be my grandfather, / black boy from Chalatenango – / indigo-blue family / from the Caribbean through Honduras. / He could be the one to write / a tone parallel to Sonsonate, / a trombone to roll to the wheels / of a cart, the wrinkled man, / toothless, pulling his corn. // More than a Congo drum in a cabaret, / more than a top hat and tails before a piano, / I want him to come back, / his orchestra to pound the doors / of a ballroom by the side of a lake. / I want the cracked paint to peel off the walls, / lights to go dim, floors to disappear, / a trumpet to growl, / my country to listen.

[4] THE NIGHT JOHN LENNON DIED // I come down the thrashed mountain / repeating, “The Lord is my shepherd, I shall not want,” / my mother’s hand over mine, the moon on guard, / wind slapping my face, smell of rain and trees / as we enter the states, fog rolling out / at daybreak, suburbs glazed in light– / a load of refugees coming out of the ravine / across streets, hiding behind parked cars / dripped with mist, bodies low and close, / creeping on the ground like soldiers over puddles. // My mother in her best clothes — Lee corduroy / Jacket, Levi’s Jeans — carries a newspaper / closer to her chest, the picture of a man / from Liverpool shot in front of his house. / I am eleven, running toward a father / who had become a kitchen helper, pots and pans / burned black, the slow drag of chain smoke / as he waited for the bus, the cold breath / of the American pavement on his back. // I never expected the next morning, grey and damp, / watching my father coming out of the wooden house. / I want to take the boy, who lost his dad in a gun blast, / say, here is mine, a man who left a country rift in half. / Here he is, defeated, this Salvadoran I will outgrow, / this one with the wet apron and yellow gloves. / I say nothing, not a single word, not even a sound / as he touches my head, my arms around his waist.

[5] Esta traducción se basa en la versión original del poema, publicado en la revista Bilingual Review Press en 2003: IMMIGRATION BLUES, 1980 // Buried in a cloud of cigarette smoke, / black as crow, I walk streets / long and dark, cracked, / the open carcass of a dead cat. / Every corner, a tattered palm tree / pokes the moon. Steam rises / out of four circles in a pothole. / I’m a war away from home, / away from that tiny scratch / on a boy’s knee, that dark crumble / of earth where death rattles / its brown paper bag of bones. // I’m a man of black hair, raw accent, / Spanish syllables caught in my throat, / words in English locked in a dictionary, / a foreigner everywhere I go. // Under the freeway overpass, / the cars driving around groan, / their lungs rusting with smog. / I think of torn bodies, cramped, // unburied in a ditch, covered / in weeds or dust. They become / evening news, documents / from another small-foot country, // another Lebanon, a mile from God. / They come to me in letters, / mid-sentence, a blue ink / that stains and glows on my fingers. // I’m lost among buildings / downtown, pronouncing the sound / of their names in the hollow roof / of my throat, spelling them // over and over again, till they mean / nothing, nothing at all. The night / a raven. I nail my eyes on palm trees. / My country falls on me like a hammer.

 


william_archila-perfil

WILLIAM ARCHILA (El Salvador, 1968). Poeta y escritor. Emigró a los Estados Unidos con su familia en 1980. Se graduó con una Maestría en Bellas Artes (MFA) de la Universidad de Oregon. Ha publicado dos libros de poesía, en inglés: The Art of Exile (Bilingual Review Press, 2009); y The Gravedigger’s Archeology (Letras Latinas/Red Hen Poetry Prize 2013). Una selección de su poesía aparece en la antología de poesía salvadoreña contemporánea Teatro bajo mi piel (Editorial Kalina, 2014).