Carlos Santos: “La banda sin fin” (opinión)

El endurecimiento de las leyes migratorias de los Estados Unidos no está disminuyendo el flujo de centroamericanos indocumentados, pero sí está incrementando el alto precio de la travesía ilegal.

Carlos Santos
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Me siento como un millón de dólares. Tal es la célebre frase que hemos escuchado una y otra vez en la televisión y el cine norteamericanos, y que connota en el correspondiente imaginario los significados de resplandeciente y bello.

De acuerdo a algunos sociólogos, en ninguna otra parte del planeta el dinero es al mismo tiempo sólida economía, escudo emblemático y cultura popular como en los Estados Unidos. El mundo es un mercado, todo está a la venta y tiene un precio. Y para el American dream el precio debe ser tasado en dólares.

Empapados en ese espíritu, algunos compatriotas con tarjeta verde vieron su entrada al sueño americano en la apertura de agencias de tramitaciones, y como en un juego de espejos, sus desesperados usuarios vieron en las agencias exactamente lo mismo.

El número de inmigrantes en los Estados Unidos de El Salvador, Guatemala y Honduras creció en un 25% entre 2007 y 2015.
Pew Research Center, diciembre 7, 2017.

Durante la década de guerra, tales empresas proliferaron al otro lado de Tijuana, aparentemente bostezando en el cotidiano ejercicio de rellenar las cinco formas reglamentarias de inmigración.

Un abogado gringo se hallaba invariablemente detrás de cada agencia alquilando su firma para volverla legal. Su presencia deambulaba etérea entre las pilas de papeles, mientras que salvadoreños y latinos de carne y hueso eran los propietarios, empleados y usuarios de una exportada burocracia altamente rentable.

Tras las audacias y peligros del cruce ilegal de la frontera, los inmigrantes encontraban que sus sueños de bienestar económico ya tenían un precio: mil dólares a la Oficina de Inmigración norteamericana por la entrega de las formas, y mil quinientos a la agencia de tramitaciones por rellenarlas. Todo para la obtención de un permiso de trabajo con un año de duración.

Pero contrariamente a las expectativas de los usuarios, los expertos de las agencias no garantizaban nada a cambio, acaso sólo la invención de una historia.

Entre las formas requeridas, estaba aquélla que debía rellenarse con una historia que justificara una salida intempestiva y obligada del país por parte del solicitante. Los expertos tenían a la mano la verdadera desgracia nacional que abundó en ellas. Las crónicas de la guerra, orales y escritas, además de los trágicos eventos reales de algunos inmigrantes, les sirvieron de base. Sólo era necesario traslapar circunstancias, cambiar una cosa aquí y otra allá.

Incansables en sus maneras, las agencias ofrecían también otros servicios de mediación más sofisticados. Su pequeña red abarcaba a granjeros norteamericanos y a hombres y mujeres residentes dispuestos a colaborar. Los primeros vendían por mil dólares constancias de trabajo de cinco años, y los segundos, ofertas de matrimonio que oscilaban entre mil y mil quinientos dólares.

Sin embargo la guerra nos había vuelto tristemente notorios y solicitados. La solidaridad nos favorecía. De pronto nuestra nacionalidad cobró su precio en dólares. La Oficina de Inmigración comenzó a notar que muchos mexicanos, colombianos, peruanos, bolivianos y ecuatorianos resultaban ser salvadoreños con todo y partida de nacimiento, por sólo tres grandes, como dicen en las películas de gánsteres. Las agencias así mismo manejaban los hilos de ese ejercicio.

El negocio salpicaba algunas alcaldías nacionales, que exportaban resmas de partidas de nacimiento con sus respectivas cédulas, debidamente firmadas y selladas.

Hacia mediados de la década recién pasada Inmigración empezó a tomar medidas drásticas y las agencias vieron decaer sus rentas. Digamos que una época de oro había terminado, y comenzaban años de endurecimiento. Quedaba un paisaje de oficinas clausuradas y de empresarios que se diversificaban.

El espíritu empresarial es, entre otras cosas, ver la puerta donde los otros ven únicamente la muralla, y los Estados Unidos respira y vive en ese espíritu. Si muchos salvadoreños, como notaba Roque, lloran borrachos al escuchar el himno nacional en los fríos del norte, otros pocos les han vendido sin duda el cassette y la bebida rigurosamente importada desde la lejana patria, y además los papeles.

Pero no obstante el endurecimiento de las leyes, las altas vallas, el tupido patrullaje, las cacerías humanas, la muerte por ahogamiento e inanición y toda suerte de peligros, la inmigración sigue en pos de ese resplandor conocido, y continúa para los Estados Unidos, como una banda sin fin.

 


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CARLOS SANTOS (San Salvador, 1956). Poeta y narrador salvadoreño. Exiliado en Toronto, Canadá durante los años de la guerra en la década de 1980. Regresó a San Salvador tras la firma de los acuerdos de paz, donde fue colaborador y redactor de las revistas Tendencias y del suplemento cultura “Búho” de La Prensa Gráfica hasta su regreso a Toronto en 2001, donde reside en la actualidad. Es autor de un influyente libro de poesía: La casa en marcha (DPI, San Salvador, 1999). Su obra incluye un libro de cuento suscrito a la corriente fantástica y neobarroca de Lord Dunsany y Salarrué: Bitácora (Ars, 1998). Su obra poética ha sido llevada al teatro en varias ocasiones: puesta en escena de La casa en marcha, versión inglesa por Walter Krochmal, Sonaha Theatre Collective (Gaya Theatre, Nueva York, 1991); presentaciones internacionales del monólogo La camisa de fuerza, versión castellana por Water Dionisio, e inglesa, por Walter Krochmal, (San Salvador, Washington, Nueva York, Toronto y Montreal, 1988-90); junto con Jorge Ávalos contribuyó textos para un performance especial de Walter Khrochmal presentado en the Franklin Furnace de Nueva York, 1991. La mayor parte de su obra poética permanece inédita.