Marko Stojiljković: “El nacimiento de un cine audaz en Centroamérica” (crítica de cine)

Un crítico de cine serbo-croata reseña la película salvadoreña “Malacrianza” de Arturo Menéndez.

Marko Stojiljković
La Zebra | #33 | Septiembre 1, 2018

Los organizadores del International Filmfestival Innsbruck (IFFI) dicen que Malacrianza, escrita y dirigida por Arturo Menéndez, es el primer largometraje salvadoreño en 40 años. IMDb difiere un poco, pero el fondo del asunto es que en El Salvador no se hace cine con regularidad, especialmente largometrajes. Aquí y allá se realiza uno que otro documental, puesto que son un poco más fáciles de producir. Cuando vemos Malacrianza podemos entender el porqué: por el paisaje urbano que nos presenta podemos deducir cuán omnipresente es la pobreza en El Salvador. La estética pobre de esta película de 70 minutos, realizada con un equipo sin una larga trayectoria profesional, apoya la tesis de que esta película fue filmada con un mínimo de recursos, pero con una gran inversión en sacrificios personales.

Por esta razón hay que aplaudir al equipo del IFFI, que promovió a Malacrianza como una exclusividad (el avance fue proyectado antes de la presentación de cada película y era más que intrigante). Dada la carencia de información sobre esta película en IMDb, pareciera que otros proyectos del director no tuvieron la distribución que merecían o quedaron como obras truncadas. De Malacrianza soy testigo de que sí existe y que la vi en el festival. Añadiría que valió la pena haberla visto y que es una buena película.

Lo primero que llama la atención es que su desarrollo es tan sucinto: la película dura, quizás, la mitad de lo que su compleja historia debería durar en un estimado moderado. Conocemos a Don Cleo (Salvador Solís), un anciano pobre que trabaja en la venta de piñatas y se mantiene de manera casi permanente en su local. La pobreza reduce su libertad de movimiento, así que poco importa si este barrio está una zona prestigiosa o no de la ciudad. Don Cleo dice que vive en la felicidad porque confía en Dios y, de hecho, lleva su biblia con él a donde vaya. Se puede decir que tiene razón: la gente lo quiere y lo ayuda, le da cosas o comida cada vez que es posible. Por eso usa las curiosas gafas oscuras que le regala su doctor. En cualquier otro lugar se le vería como un excéntrico inofensivo, un hombre que vive de la merced de otros porque despierta compasión. Pero estamos en una zona marginal de El Salvador, donde todos a su alrededor son tan pobres y vulnerables como él.

Don Cleo se conecta con sus vecinos tanto como puede. Un hijo suyo, Juan, es un drogadicto. Una de sus vecinas es una mesera llamada Araceli (Karla Valencia), le ofrece refugio y afecto amoroso, más humano que sexual. Orlando (Rodrigo Calderón) llama a su puerta un día y dice ser su hijo, producto de una relación pasada de don Cleo, y es aceptado en casa. Después de todo, Orlando parece ser un joven decente, que se viste bien, que ha sido deportado de los Estados Unidos y necesita ayuda. La vida de don Cleo se complica el día que recibe un mensaje en el que se le amenaza de muerte si no deja $500 al lado de un bote de basura en un lugar determinado en tres días. Para él, esa cantidad sólo existe en los dominios de la ciencia ficción. La gente le dice que el extorsionista tendría que ser alguien que lo conoce, pero ¿cómo, si todos saben que él es tan pobre? ¿Quieren algo de él los criminales locales? ¿Está involucrada la policía? ¿Se trata de la revancha de su hijo? ¿O acaso no es Orlando tan decente como parece serlo? Lo cierto es que la vida de este hombre de suerte piadosa y modesta se torna en una pesadilla, con una lógica implacable que le cierra todas las puertas hasta dejarlo sin salida.

A pesar de haber sido realizada con un mínimo de recursos, Malacrianza se ve genial y está estilizada al máximo. Lógicamente, se filmó con una cámara digital de mano y con tanta luz natural como fue posible, pero nuestra atención se centra en los actores. En este sentido hay logros notables, especialmente de Salvador Solís, quien con su compañera principal Karla Valencia, demuestran química en la pantalla. Sus actuaciones son particularmente positivas si se tiene en cuenta que el guion y la dirección se concentran en trazar y exponer con claridad la situación narrativa, no en la profundidad y caracterización de los personajes.

Malacrianza es una de esas películas que tiene tantos marginados que despiertan nuestra simpatía y nuestro deseo por verlos triunfar. De nuevo, es una cuestión de contexto. Si se tratara de una película rumana o mexicana, sería simplemente otro fuerte drama social para la audiencia del festival. Cuando una película, de cualquier tipo, proviene de El Salvador, entonces su existencia ya es noticia por sí misma. Especialmente cuando la película es tan sólida y redondeada como esta breve pieza. Entonces, podemos decir sin reservas que se trata de una buena película.

 


Esta reseña apareció en la bitácora Film na dan de Marko Stojiljković, y fue traducida del serbo-croata para La Zebra.