Rolando Monterrosa: “Sobre el teatro perigenital” (opinión)

Temas de identidad e igualdad sexual se han tomado el teatro contemporáneo, pero ¿por qué estas obras se obsesionan con la fisiología genital más que con el debate de fondo?

Rolando Monterrosa
La Zebra | #34 | Octubre 1, 2018

Fui a la representación teatral Polvo de Gallo (no es comedia), montada por el grupo Azoro, en el Teatro Luis Poma, el jueves 27, no engañado por el picaresco título que la plebe, el vulgo, el populacho, la chusma suele dar al acto amatorio de breve duración, sino porque una persona cuyo criterio respeto, elogió la obra, creo, sin haberla visto.

Para quienes hayan llegado a esta parte de lo que escribo, indignados o no, por el poco respeto con que me refiero a personas de grosero gusto, les digo que lo mío se trata sólo del personal testimonio de un cándido espectador seducido por la magia de las tablas; movido por el deseo de ver lo que están pariendo las mentes jóvenes en estos momentos de tribulación cultural, en que, la mayor parte de ellas, agrupada bajo las siglas LGTBI, busca afanosamente su identidad en los agujeros y extensiones de sus cuerpos; muchos para descubrir quién los ha estafado dando a los hombres, penes, en lugar de vaginas y a algunas mujeres, vaginas, en lugar de penes; la ventaja de esto es que no tienen que ir tan lejos para encontrarse a sí mismos.

Buen número de poetas, pintores, músicos, artistas locales, en general se han montado en el alegre carro perigenital (que gravita alrededor de la intimidad orgánica de las personas); es la moda, y el teatro, parece el más entusiasta de todos, cuando ya los grandes innovadores, los alquimistas del teatro experimental, los avant garde en Europa, Estados Unidos, México y los suramericanos dieron por finalizada la racha. Un tanto a destiempo; pero bueno, siempre fue así con las modas en El Salvador.

Lo que me impresionó de Polvo de Gallo, no fue el tema —un tanto trillado, con el sistema, el Estado, como villano y las pobres mujeres, como víctimas—, sino la calidad de la actuación de los jóvenes intérpretes. Se ve que toman muy en serio lo que hacen, se esfuerzan y lo logran, por lo menos conmigo, en hacer llegar el mensaje. Se les debe reconocer el decoroso uso que hacen de la semiótica teatral: pese a escenificar variadas e imaginativas fornicaciones, violaciones y hasta una castración —así me lo pareció—, se ajustan a signaturas que no ofenden pero que son suficientemente elocuentes como para que las comprenda el público.

Ah, y el público, generalmente olvidado e inadvertido, pero que a la larga es parte principal de la escena. Hizo casa llena ese jueves. Estuvo integrado por mayoría de jóvenes, chicos y chicas, muchos menores de veinte, que ríen nerviosamente cuando escuchan las palabras profanas y los chistes picantes de los actores; ingenuas, virgas audiencias sin cultura ni formación teatral que desconocen la grandiosa tradición del teatro universal e ignoran que aquello que Polvo de Gallo les muestra, ya lo hicieron con mayor talento e ingenio los antiguos dramaturgos y comediógrafos griegos, al revelar las gozosas travesuras de ninfas, sátiros, faunos y nereidas, sin olvidar la desinhibida bisexualidad de Zeus, dios del Olimpo, quien igual se convierte en águila para raptar al efebo Ganímides, que en toro para fornicar a Europa y a la vaca Io.

Bueno, veamos algunos antecedentes recientes de teatro perigenital. ¿Recuerdan el Monólogo de la Vagina, de una radical feminista estadounidense, en la década de los 90? Yo pensé entonces que no tardarían en montar una obra con el título de Monólogo del ano. ¡Ya lo hicieron, en Colombia, en 2010! Un grupo llamado Niñas Aficionadas, y miren lo que ofrecieron: “Ahora, el ano tiene la palabra y compartirá (con quien se atreva a escucharlo) sus historias, sus nostalgias, sus dudas, sus cagadas, sus anhelos, sus temores, sus transformaciones más íntimas… y les invitará a degustar (a quienes se animen a probarlo) sus mayores placeres!” Según dicen las “aficionadas”, aquello fue un éxito taquillero joven, en Bogotá, pese a que en la noche de la puesta en escena caía un recio aguacero. ¡Vaya, desde que don Francisco de Quevedo escribió la prosa satírica, “Gracias y Desgracias del Señor Ojo de Culo”, no se había vuelto a hablar con tanto entusiasmo del asterisco posterior de la anatomía humana. Y no se afanen, pues ya se escribieron también los monólogos que faltaban: el del pene y el de la boca, así que dentro de la comunidad sexocrática los agujeros corporales y el poderoso falo, han tenido ya oportunidad de expresar sus inquietudes, usos y abusos. ¡Busquen los títulos, están en la Red!

Pero ¿qué puede significar todo este tsunami de secreciones y fluidos corporales en el teatro que presenciamos en El Salvador? Por un lado ya no se ven ni se oyen denuncias sociales, como antes. Ahora los jóvenes pintan de colores los pasos de peatones. Tal parece que, de mal a peor, el arco iris LGTBI ha venido a desplazar la mancha negra de las camisetas del Ché. Esto no es revolución ni disenso social, es sólo un cambio de estética. ¿Será que nuestra juventud está más interesada en seguir la moda que va con el tema social del momento que en desafiar al sistema, que es lo que presumen estar haciendo?

Y si creían que con Polvo de Gallo terminaba la inundación seminal, Los “sodogomorros” criollos —neologismo que deriva de la fusión semántica de Sodoma y Gomorra—, nos amenazan con La Señorita, cuya trama desconozco y Cock, vocablo non sancto del Bronx, cuya traducción más decente es “Pene”. Éste último es un menage a trois o tormentoso triángulo amoroso de dos varones homosexuales y la traición que uno de ellos hace a su pareja con una chica. Imagínense, mientras tanto, en medio de la descarada corrupción de los políticos: los diputados quieren prohibir películas de Netflix y las presentaciones del grupo Marduk, por indecorosas. Pero, no importa, quizá saben que los jóvenes están ahora más interesados en el sexo que en la política.

Bueno, por último, si alguien me lo pregunta: mi opinión es que “el rey iba tan desnudo como el día en que nació”.

 

*Periodista