Álvaro Rivera Larios: “La balada de René” (crítica)

Una nueva lectura del libro Balada de Lisa Island del poeta salvadoreño René E. Rodas (1962-2018).

Álvaro Rivera Larios
Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 36 | Diciembre 1, 2018

Los grandes poemarios están condenados a que de ellos siempre se diga “casi” todo. De ellos quedan para siempre los puntos suspensivos que acompañan a los textos que nunca terminan de explicarse. Balada de Lisa Island, creación de René E. Rodas, es uno de esos poemarios.

La Balada es un relato de amor contado en instantáneas poéticas. La balada es un álbum del cual se han caído varias fotos. Así que el lector ha de saltar de resplandor en resplandor. Salvo excepciones, cada instantánea está compuesta de cuatro versos limpios y en apariencia claros.

Entre los dedos de René, esa muchacha —Lisa— se transforma en leyenda. Una leyenda que parece salida de una canción folk norteamericana de los años setenta del siglo pasado. Lisa y el personaje que la poetiza encarnan un encuentro de culturas, un encuentro de soledades. Extranjera es la mirada que se posa sobre el mundo de una muchacha errante y lo explora. Decir a Lisa es decir un territorio lejano y una de sus leyendas.

La madre de Lisa soñó Pink Floyd y vivió Bee Gees. El poeta soñó Marx y durante un tiempo vivió Canadá. En ese vivir canadiense surgió Lisa como mundo y posibilidad literaria. Cosmopolitismo implícito que no necesita afirmarse, ni promoverse, poema de amor en los labios de un exiliado. Debo aclarar que, aquí, en este poema, hablamos de un poeta exiliado pudoroso que se salta su ombligo y se retira un par de pasos para contar el asombro que produce ese planeta extranjero llamado Lisa.

Aclaro que ella, la muchacha de las trenzas color cobre, no necesita tener huesos, carne, existir. Puede ser un bello fantasma nacido en la convergencia de un cruce de caminos. Pero aclaro que Lisa sí existe poderosamente en ese universo tejido milagrosamente por el poeta Rodas.

La sencillez del libro engaña porque es singularísima la elección de la mirada y de la voz que conducen el poema. Ese tono es uno de los grandes protagonistas del texto porque en él se concentra la distancia que baña los territorios y describe-descubre-revela a Lisa ¡¡Ese tono!!

No miente el titulo, los versos de la Balada continúan aguardando una guitarra.

Les hablo, pues, de una de las joyas de nuestra lírica reciente, de un libro que, más temprano que tarde, ocupará un lugar entre los grandes poemarios latinoamericanos de finales del siglo XX.

Balada de Lisa Island puede inscribirse en varias historias simultáneamente: es poesía escrita en Canadá y El Salvador al mismo tiempo, y en esa medida pertenece a la errancia cultural que produjo la guerra civil salvadoreña. Entre sus costuras, por lo tanto, respira sin énfasis el cosmopolitismo del desterrado. Ese desterrado, sin embargo, en vez de exaltar su desgarro, recita la errancia de una muchacha que pertenece al mundo al que ha llegado. Balada de Lisa Island también pertenece, por supuesto, con nota de honor, a la escasa estirpe de los grandes poemarios de nuestra lírica.

Situarlo con claridad en la historia de “nuestra lírica” es una tarea pendiente. A veces, a René, para explicarlo, se le sitúa contra el trasfondo de la poesía salvadoreña de los años 70 del siglo XX. Esos diez años de “nuestra lírica”, sin embargo, aún están por explicar. Todo lo que se diga, en términos comparativos, sobre la diferencia entre la poesía de René y el horizonte lírico de los años setenta es susceptible de matices. Como a tantos otros creadores, el exilio salvó a René Rodas del horizonte ideológico y cultural que terminó estableciendo la guerra. Canadá o México o los Estados Unidos, con su rica circulación literaria y sus complejas discusiones poéticas, facilitaron a los creadores exiliados el redescubrimiento de la entidad del lenguaje artístico. Hubo un tiempo —finales de los sesenta y principios de los 70— en que las voces de creadores de distintas generaciones (Salarrué, Lars, Geoffroy Rivas, Armijo, Kijadurías, Mendoza, Castrorrivas, Cuellar, Marquina, Castellanos Moya) convivieron con sus distintos caminos en una misma escena literaria. Ya existían en dicho instante, en dicha escena, diferentes maneras de entender la entidad del lenguaje y, sin embargo, eso no suponía el olvido de “la palabra”. El lenguaje fue una de las obsesiones de ese poeta al que se hace pasar como santo patrón de la poesía coloquial (equivocadamente, por supuesto). La guerra terminaría convirtiéndose en un paréntesis brutal, en una hibernación algo culpable del estilo, pero el amor por la metáfora se mantuvo vivo en el subsuelo del conflicto, en el amor por la palabra y la custodia de “la tradición” que fueron signo del magisterio de personas como Francisco Andrés Escobar. Esa pausa, impuesta por el imperativo comunicacional de una cultura en armas, cesó cuando cesaron los disparos. La lírica de los noventa se suele presentar como un comienzo olvidando la gran continuidad que hay entre ella y la lírica de finales de los años sesenta. Ese comienzo fue también el retorno a una tradición plural que había desorganizado la guerra.

Es entonces cuando aparece como gratísimo meteoro la Balada de Lisa Island. Discreto como era, René Rodas no se sumó a la moda de apuñalar en público al muñeco de paja de papá Dalton. No se vendió tampoco como el poeta protagonista de la tan ansiada ruptura, ni quiso disfrazarse de lírico marginado por la lírica oficial, en vez de eso escribió un sobrio manifiesto de independencia creativa, una hermosa afirmación consagratoria que puede leerse en toda su transparencia en Balada de Lisa Island.

La persona a la que debemos este bello poema de amor acaba de morir. Escribir un bello poema de amor es más difícil de lo que muchos sospechan. Quien escribe un gran poema de amor vive para siempre. Lamentamos la desaparición física de René E. Rodas, pero celebramos su vida literaria cada vez que fraseamos en silencio la música, la música de su balada.

 


ÁLVARO RIVERA LARIOS (1960). Escritor y académico salvadoreño radicado en Madrid, España.

Arte: “Empezar” de Carlos M. Barrios, enero, 2016.