Jorge Ávalos: “El ardid de Pandora” (ensayo)

Un ensayo biográfico sobre Josefina Peñate y Hernández, la primera narradora “feminista” de Centroamérica.

Jorge Ávalos
Arte de Jules Joseph Lefebvre
La Zebra | # 43 | Julio 1, 2019

Pandora, la primera mujer, nos dice el antiguo mito griego, nos entregó una caja que contenía todas las desgracias humanas. Pandora abrió la caja y liberó las desgracias. A diferencia de la Eva de la tradición judeo-cristiana, Pandora no “peca” por tentación. Las desgracias humanas no son un castigo sino un don de los dioses. Pandora es la amante, y es el hambre y la sed del hombre. Con ella llega la razón para el afán de cada día. El ardid de Pandora es el tesoro que aún resguarda su caja: la esperanza.

Cuando una joven escritora salvadoreña asumió este mito para dar título al primer libro de narrativa feminista en Centroamérica, Caja de Pandora (1930), nos otorgó un don inesperado: el de una visión de la esperanza para la mujer, y desde la mujer. Josefina Peñate y Hernández pintó, con fuerza inusitada y certeza moral, la situación de la mujer a principios del siglo XX. La sociedad salvadoreña que ella nos pintó, una creación del hombre, era monstruosa. Pero su prosa, una amalgama de poesía romántica y de espeluznante melodrama, estaba impregnado también de una visión de la mujer del porvenir.

Atrapada entre dos momentos de la literatura latinoamericana —la decadencia del modernismo y el albor de las vanguardias—, Josefina es una presencia incómoda en la historia literaria de El Salvador. Su prosa galante, su formación y sus gustos finiseculares, y la crudeza de sus temas, conspiran contra ella, contra su prestigio literario, hasta nuestros días. Su obra no encaja bien en ninguna versión de la literatura salvadoreña o de la región. Sus tres libros, sin embargo, conforman una obra bastante coherente que reclaman nuestra atención, sobre todo porque su visión —la de una mujer liberada, dueña de sí misma y de su destino— no está del todo realizada.

Valga, por lo tanto, la propuesta de que su aporte histórico merece también una historia, la de su vida. Estos apuntes están muy lejos de ser la biografía de Josefina Peñate y Hernández, pero perfilan, por primera vez, entre las graves dificultades de lo que significa escribir historia en Centroamérica, una ruta hacia la verdad de una mujer injustamente olvidada.

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Retrato de Josefina Peñate y Hernández que aparece en su libro “Surtidores” (1929). Nótese la palabra “mami” escrita en la parte inferior. Fotografía colección Jorge Ávalos.

Datos biográficos

Josefina Peñate y Hernández, nombre literario de Josefa Claudina Peñate Hernández,[1] fue una poeta, narradora y feminista salvadoreña. Nació en Santa Ana el 27 de abril de 1901.[2] Falleció en San Salvador en julio o agosto de 1935.[3]

Hija de Ángel Peñate y Claudina Josefa de Jesús Hernández, Josefina tuvo siete hermanos, todos de apellido Peñate Hernández: Miguel Ángel, Héctor Ismael, Francisco Antonio, Fernando, Graciela Lucila (de Cerna), María Ester (de Cruz) e Isaura Soledad.[4] Su madre falleció el 10 de julio de 1930, en Mejicanos[5]; su padre, en San Salvador, en 1950[6].

Fue también conocida por el nombre Josefina Peñate de Sosa tras contraer matrimonio con Ángel Barrera Sosa en 1934.[7] Falleció poco después de dar a luz a su único hijo, Ángel Adalberto Sosa, el 15 de junio de 1935.[8] Contrario a lo que indica el historiador de literatura Juan Felipe Toruño, quien afirma que ella “falleció sin suponer siquiera que atisbaba la muerte” [9], Josefina Peñate dejó un testamento en el que legó la totalidad de su herencia a su único hijo[10]. Aunque falleció debido a complicaciones de salud derivadas del embarazo, no fue durante el alumbramiento, como supone Toruño, sino en los días o semanas posteriores. La declaratoria de su herencia por un juzgado civil de San Salvador el 14 de agosto de 1935, indica que su muerte ocurre entre la fecha de la renovación de su último contrato por la Secretaría de Instrucción Pública, el 5 de julio de 1935, y las primeras dos semanas de agosto de ese mismo año.[11] Fue enterrada en el Cementerio General de San Ana, pero fue despojada de su tumba cuando el mausoleo de su familia fue vendido a otro miembro de la familia Peñate en 1940.[12]

Obra literaria

Josefina Peñate y Hernández publicó tres libros en rápida sucesión: Esbozos (ensayos y conferencias, Tipografía Comercial, Santa Ana, 1928, 113 p.); Surtidores (miscelánea de aforismos, poemas en prosa y artículos de opinión, Tipografía Comercial, Santa Ana, 1929, 96 p.)[13]; y Caja de Pandora (cuentos, Imprenta La República, San Salvador, 1930, 115 p.). También colaboró con la revista Ateneo de El Salvador, donde publicó el poema en prosa “Trilogía sentimental”, en la edición de enero-mayo de 1929.

Sus primeros dos libros, Esbozos y Surtidores, aparecieron impresos bajo el auspicio de Nicolás Cabezas Duarte y de su esposa Josefina, ambos propietarios de la Tipografía Comercial de Santa Ana, quienes se afanaron “en producir libros de factura delicada y perfecta”, motivados en hacer contribuciones a la cultura de Santa Ana.[14] La impresión de Caja de Pandora fue financiada por dos socios del Ateneo de El Salvador: Sarbelio Navarrete, el rector de la Universidad de El Salvador, y Pedro Valerio Vides, un químico propietario de una farmacia y miembro fundador del Club Rotario en 1928; una nota de la autora a la gentileza de ambos precede los cuentos.

Hay señales de que Josefina buscó el reconocimiento literario y gozó de algún grado de renombre como autora. Varios periódicos registran haber recibido sus libros, enviados o entregados por ella misma. La revista literaria de Costa Rica, Repertorio Americano, dirigida por Joaquín García Monge, anuncia haber recibido Esbozos por “donación de la autora” (14 de abril, 1928, p. 16); y el periódico Patria en San Salvador, dirigido por Alberto Masferrer, anota: “A nuestra mesa de redacción ha llegado Surtidores, el último libro de la escritora salvadoreña Josefina Peñate Hernández” (julio 2, 1929).

El lunes 8 de julio de 1929 se le rindió un homenaje por medio de un concierto de la Orquesta Sinfónica, dirigida por Raúl Santamaría e integrada por treinta profesores de la banda de los Supremos Poderes: “Este concierto es dedicado, especialmente, por el primer violista de la entidad musical, José López Navarro, a la poetisa santaneca señorita Josefina Hernández Peñate, con ocasión del triunfo que acaba de obtener con la publicación de su última producción literaria, el libro intitulado: Surtidores.”[15] El programa del concierto, que incluyó una pieza de un compositor salvadoreño —“Dichoso fui” de C. Jesús Alas—, reunía extractos de óperas populares —“El barbero de Sevilla”, “Pagliacci” y “La Traviata”—, pero inició, significativamente, con una fantasía basada en la ópera “Juana de Arco” de Giuseppe Verdi. El concierto se transmitió por la única radio del país en esos años, la RUS.

La crítica literaria, sin embargo, fue condescendiente hacia ella y su obra. De su segundo libro, Surtidores, un comentarista escribió: “contiene cien páginas de prosa romántica, de esa prosa que escriben las mujeres, llena de bondad y ternura”.[16] Además del prejuicio del comentarista, que “presupone la existencia de una ‘escritura femenina’ de tónica distinta a la masculina”[17], su opinión no tiene ningún mérito. Surtidores está muy lejos de contener una prosa “llena de bondad y ternura”. El libro reúne poemas escritos con un estilo ponderado y desprovisto de artificios retóricos, y unos cuantos ensayos breves, formulados con gran inteligencia desde una perspectiva feminista, y redactados con un lenguaje elegante y castizo.

Como ocurrió con casi toda la literatura escrita por mujeres en la primera mitad del siglo XX, la obra de Josefina Peñate y Hernández desapareció entre los velos de la negación y del silencio. En lugar de considerar su propuesta literaria, los comentaristas de entonces se limitaron a repetir las expectativas sociales que se tenían entonces de la “literatura femenina”, negándola al mismo tiempo que la cubrían de los adjetivos típicamente atribuidos a la mujer: idealismo, pureza, virginidad, ternura maternal y romanticismo (en el sentido de sensiblería). Dado que los libros de Josefina no llenaban estas expectativas sociales, más bien las contradecían, el silencio que cayó sobre su obra fue inevitable. La suya no era una literatura que se prestase a la ensoñación amorosa ni tenía lugar en los textos escolares, pues no era “infantil”. En un período cuando aún los hombres tenían por doquier estos rasgos supuestamente femeninos en sus obras —al arrastrar los vicios de un posromanticismo o de un posmodernismo tardíos—, Josefina era la autora de una producción literaria sólida, cerebral y crítica al momento de afrontar la realidad.

El más característico de los comentaristas de Josefina fue Juan Felipe Toruño, quien apuntó este lacónico resumen de su obra en su Desarrollo literario de El Salvador de 1958, en un apartado que margina las “voces femeninas” del resto de la historia de las letras salvadoreñas: “De las prosistas de esa época, Josefina Peñate Hernández (1901-1935) escribió para niños, para hombres, para decir lo que veía y sentía. Copiaba el hecho cotidiano y describía sus ideales y su verdad. —Calco de recuerdo, del fulgor panorámico de las almas buenas, como de la media tinta sentimental, su prosa—.”[18] Esta es una apreciación que da una idea errada de sus contribuciones: Josefina no escribió para niños y su obra estuvo lejos de ser sentimental. Doce años antes, Toruño había escrito una página extraordinaria en la que dio una idea más clara de la personalidad literaria de Josefina, pero en la que no pudo reprimir una condena hacia la joven escritora, por haberse permitido el embarazo que la llevó a la muerte:

La vida se le presentó con goces y alegrías. Pero la muerte le destruyó sus arabescos plácidos. Fue víctima de su voluntad. Enferma, quiso hacer lo prohibido por el facultativo y, al hacerlo, se encontró con la sepultura.

Escritora de arraigos sociales. El ambiente de Santa Ana, ciudad propicia a la libertad y al progreso, se le incrustó en su fuego mental. Ella misma quemóse en él.

Una escritora de fibra resistente, pero móvil. Creyó ella que se aproximaban tiempos menos duros para las clases desamparadas y luchó por ellas. En sus discursos, en sus artículos, en sus actividades —pero muy al lado éstas de política partidarista— buscaba los cauces por que debería viajar una vida diferente. En su optimismo, lo veía todo sonriente —para ella—. Esa sonrisa la anhelaba para los demás seres. Y al anhelarla, luchaba anegada en creencias y esperando el día nuevo para una jornada nueva.

Fue profesora. Pero dejó las aulas. No era ella para educar niños, sino para querer convencer a los hombres de que tienen éstos una responsabilidad y de que en la lucha está la vida.[19]

En la década de 1930 una mujer podía ser recriminada por la sociedad por no tener hijos, pero también, al parecer, por tenerlos y morir como consecuencia del parto.

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Dedicatoria manuscrita de Josefina Peñate Hernández a Saturnino Cortés, en su álbum. San Salvador, 28 de octubre, 1930. Colección Panadés.

Destino de mujer

El juicio literario de Toruño sobre Josefina Peñate y Hernández, en el que la describe como a una socialista utópica —“escritora de arraigo social” que “luchaba anegada en creencias y esperando el día nuevo para una jornada nueva”—, está enmarcado entre dos juicios morales: el primero, el de ser una mujer “víctima de su voluntad”, que hace lo que le prohíbe el médico y decide llevar a término su embarazo; y, segundo, que “no era ella para educar niños” —una ironía cruel si se considera que murió tras dar a luz a su primer hijo—, y esto porque asumió de lleno el rol de una propagandista feminista en lugar de seguir la carrera de profesora que el historiador literario le atribuye. Es posible que la intención de Toruño no haya sido reprochar a Josefina por estas cosas, pero describir la tragedia de su vida en estos términos implica que los infortunios en su breve vida fueron consecuencias de decisiones irracionales por parte de ella, una intelectual, que optó por destruir los “arabescos plácidos” de su destino como mujer. Nada más alejado de la verdad.

Sobre el tema de su muerte prematura, hay que remitirse al contexto. El Hospital de Maternidad de El Salvador no se fundó sino hasta 1948, y antes de ese año los partos se daban en los hogares, sin un cuidado médico especializado, y tampoco se integró la atención prenatal al cuidado de la mujer sino hasta después de la guerra civil en 1993[20]; El Salvador mantuvo una de las tasas más altas de mortalidad infantil y materna de Latinoamérica hasta entrado el siglo XXI[21]. Los primeros especialistas en pediatría y ginecología no aparecieron en el país sino hasta la década de 1960. Sostener, por lo tanto, que una mujer que muere por consecuencia de un parto es una especie de suicida, es una aberración puesto que en la década de 1930 la vida de toda mujer estaba en peligro durante el parto. Otras mujeres en la historia literaria del país sobrevivieron partos difíciles y escribieron, además, sobre las muertes de sus hijos, como Florinda B. González y Juanita Soriano; de la primera hay una sección en su primer libro, Flora lírica (1920), en la que dedica varios poemas a la muerte temprana de los hijos de sus amigas.

Sobre el tema de su vocación, Josefina Peñate y Hernández no fue profesora por elección, sino una escritora que intentó abrirse campo en el periodismo, en un tiempo cuando esta carrera era un coto cerrado dominado por hombres. Debido a las escasas oportunidades que tenía en Santa Ana, Josefina emigró a San Salvador en 1929; el dato está registrado en las noticias de “Vida Social” del periódico Patria, con una nota brevísima publicada en la edición del 2 de agosto de 1929: “De Santa Ana ha venido la poetisa Josefina Hernández Peñate” (los apellidos están invertidos en el original).

En ese tiempo, las mujeres aún no tenían carreras profesionales, no sólo por la carencia de oportunidades educativas, sino también por la escasez de oportunidades laborales para ellas. Aunque intentó abrirse campo como escritora, la vida de Josefina tomó otro rumbo cuando contrajo matrimonio en 1934 y un embarazo la obligó a buscar trabajo, sin duda con el fin de generar ingresos adicionales para su hogar.

El único sector laboral en la década de 1930 que admitía mujeres sin discriminación alguna era la docencia. El periodismo no abriría sus puertas a las mujeres sino hasta la década de 1940, cuando la libertad de prensa se expande y se multiplican las gacetillas al caer del poder Maximiliano Hernández Martínez. Aun así, Josefina fue columnista y colaboradora de periódicos de Santa Ana en la década de 1920, como lo confirma el propio Toruño, y en San Salvador se integró a la Sociedad de Periodistas Salvadoreños, tras ser admitida como miembro el 23 de noviembre de 1931.[22] Pese a la calidad de su prosa y de su trabajo previo como articulista en Santa Ana —muy superior al de otros redactores de su tiempo—, ningún periódico de San Salvador registra el nombre de Josefina Peñate y Hernández como periodista o colaboradora entre 1931 y el año de su muerte, 1935, cuando estaba contratada como profesora auxiliar en la Escuela de Varones “República de Chile”.[23]

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Portada de “Surtidores” (1929), uno de los contados ejemplares que sobreviven de la obra de Josefina Peñate Hernández, en la Colección Salvadoreña de la Biblioteca Nacional. Colección Jorge Ávalos.

La utopía feminista

El estilo de Josefina Peñate y Hernández era un velo bajo el cual maduraba un poderoso reclamo feminista. Su poesía es visionaria en un sentido místico: ella había visto el porvenir de la mujer y como poseedora de esta verdad profética, se proclamó una sacerdotisa:

“¿Y la maternidad?”, dijiste. Pero es que tú sólo comprendías aquel sacrificio en el cual la mujer con estremecimientos de agonía da al mundo un nuevo ser… Y extendiendo mi brazo moreno hacia un punto del horizonte te señalé la procesión silenciosa que parecía desfilar: niñas de cabelleras rubias, niñas de cabelleras negras, como el ala del regional clarinero, con reflejos metálicos, y te dije: “¡Soy madre! Mis manos de sacerdotisa se han elevado ante los altares de la Ciencia y todas esas almas blancas como un jazminero, han comulgado con mis doctrinas!”

(“Trilogía sentimental”, Esbozos, 1928.)

Textos como este parecen acercarla a los escritores teosóficos de entonces, pero un estilo es, entre otras cosas, una estrategia literaria. En realidad, su actitud visionaria iba acompañada de una pasión por la ciencia, por el poder de la razón como la única herramienta para liberar a la mujer; en este aspecto se alza como una discípula directa de Victoria Magaña de Fortín (1865-1961), la primera escritora feminista de El Salvador. Bajo la fuerza de esa influencia intelectual, los textos feministas de Josefina —proverbiales y fragmentarios—, así como sus cuentos y sus poemas, más bien presumen de su realismo, a tal punto que ella misma solía distinguir sus prosas poéticas de sus “prosas fuertes”, una frase que utiliza en sus libros como una especie de advertencia. En la década de 1920, la advertencia era necesaria. Sus ideas debieron ser chocantes para una sociedad embebida en un moralismo católico, bastante ortodoxo. Su principal objetivo era combatir la noción del “pecado”. El moralismo era un cerco que aprisionaba a la mujer, no sólo en cuanto a los roles tradicionales que se le atribuían en el seno de la familia y la sociedad, sino, y sobre todo, en su propio espacio interior, en su realización plena como ser humano. Sin ambages, Josefina proclamó su misión con estas palabras:

Santifiquemos el pecado hasta convertirlo en virtud. Refinemos el deseo hasta trocarlo en gracia, y entonces las manecillas del reloj darán, siquiera, ¡un recorrido más a la esfera impasible!

(“Pasión”, Surtidores, 1929.)

He aquí por qué no rehúyo el castigo. Para mí la culpa es sencillamente divina: porque nos da la ocasión de probarnos grandes y fuertes, acercándonos al ara para lavar nuestro pecado. Y yo soy pecadora, aunque pecadora de pensamiento, pues si usted me acompañara a parajes solitarios donde Fantasía da al aire suave de la mañana sus galas, ya contemplarían sus ojos asombrados la danza de los siete velos, la danza loca y voluptuosa de los siete pecados capitales. Interiormente contemplando todo el dolor y toda la belleza de ser humanos formo mis propósitos, y traza mi índice sabio la senda misteriosa que debe seguir mi planta fatigada.

(“Carta galante”, Surtidores, 1929.)

En Surtidores, un libro en el que también critica a las “organizaciones femeninas” que luchan por algún fin determinado, no necesita pronunciar la palabra feminista para proclamarse como una. En una “sociedad monstruosa” en la que se le impone a la mujer “una moral de conveniencia”, Josefina hace lo impensable en la literatura de entonces, pues margina al hombre como fin último de la palabra y le habla sólo a la mujer, a ella sola:

Si el hombre nos ha arrebatado todos los derechos concediéndonos sólo deberes, nos queda siquiera el derecho de defensa… Pocas mujeres tenemos el valor de externar nuestros pensamientos en alta voz. La imponencia del hombre, la vanidad del hombre que no ha visto en nosotras sino un mueble de lujo o una delicada muñeca, nos tiene aherrojadas hasta el punto de callar hasta la más pueril de nuestras ideas. Aprendamos a amarnos; unámonos, que en la unión está la defensa. Esa es precisamente la primera piedra que debemos poner como base al santuario moral donde mañana debemos discutir nuestros deberes, defender nuestros derechos y pedir justicia.

(“La mujer americana en la hora actual”, Surtidores, 1929.)

Esta actitud permea toda su obra. Sus cuentos, reunidos en el libro Caja de Pandora (1930), anuncian, por su título, no sólo la plétora de desgracias humanas, sino también el don de la esperanza. Celebrados por posicionarse de manera desafiante ante el sistema patriarcal, los cuentos de Josefina son vulnerables a la crítica por ser maniqueos, porque sus personajes son ejemplos arquetípicos, especímenes sociológicos más que seres verosímiles. Sin embargo, el poder de su intención es innegable al asumir un audaz repertorio de temas, hasta entonces intratables en la literatura regional: la violencia intrafamiliar, el aborto o el incesto, entre otros. El único narrador que se atrevería a tratar temas tan fuertes sería Salarrué, una o dos décadas después. La mezcla de descripciones poéticas con historias trazadas a grandes rasgos formula una narrativa casi operática en su intensidad melodramática. A pesar de abordar la más cruda realidad de las mujeres, el efecto no es realista. En cierto sentido, en sus cuentos Josefina se anticipa al neorrealismo de la década de 1940 (Pilar Bolaños nos ofrece un ejemplo clásico:  “¿Qué le costaba?”), pero trastocado por la óptica exaltada del romanticismo.

Josefina concibió una literatura en la que el “último pedazo de terreno” que Dios le había concedido a la mujer era lo que en realidad le otorgaba su particular belleza: el dolor. El dolor como “surtidor” de belleza. El punto, propone ella, es que quien vive intensamente el dolor no podrá sobrevivir si no lo trasciende, y es esta trayectoria hacia la trascendencia lo que le demostró a Josefina que la utopía de una mujer liberada era posible: “bella por el dolor, bella por lo sublime”.

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Notas

[1] Su nombre real y los nombres de su esposo legítimo y de su hijo están asentados en la Aceptación de Herencia emitida por el Juzgado Segundo de Primera Instancia de lo Civil de San Salvador, el 14 de agosto de 1935. Diario Oficial, San Salvador, 23 de agosto de 1935, pp. 2185 y 2196.

[2] Toruño, Juan Felipe. Desarrollo literario de El Salvador. San Salvador, Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, 1958, p. 329. Otros investigadores, aunque sin sustento documental, indican otros años de nacimiento: 1902 o 1903.

[3] Los datos sobre su última contratación como profesora aparecen en: “Secretaría de Instrucción Pública”, Diario Oficial, Tomo 119, N° 151, San Salvador, miércoles 10 de julio de 1935, p. 1767.

[4] Nombres asentados en la “Declaratoria de Herencia” de Josefina Peñate, madre, 29 de julio de 1950. Diario Oficial, Tomo 149, N° 187, 29 de agosto de 1950, p. 2961.

[5] “Doña Jesús Hernández”. Patria, San Salvador, 11 de julio, 1930, p. 4. Pese a ser extensa, esta nota de duelo no aporta ningún dato sobre la familia, aparte de identificar los nombres de sus hijos y de indicar que fue enterrada el 11 de julio en el cementerio de Mejicanos. En la nota se exalta su dedicación al trabajo y su bondad sin miramientos.

[6] Declaratoria de Herencia de Ángel Peñate y transmisión final de la herencia de Josefa Hernández de Peñate, Juzgado Segundo de Primera Instancia de lo Civil, 29 de julio de 1950. Reproducida en las ediciones de agosto de 1950 del Diario Oficial.

[7] Los nombres de su esposo legítimo y de su hijo están asentados en la Aceptación de Herencia emitida por el Juzgado Segundo de Primera Instancia de lo Civil de San Salvador, 14 de agosto de 1935. Diario Oficial, San Salvador, 23 de agosto de 1935, pp. 2185 y 2196. Su nombre legal de casada sólo aparece en los registros de Instrucción Pública a partir de 1934, antes de ese año las publicaciones periódicas se refieren a ella como la “señorita Josefina Peñate”.

[8] González Huguet, Carmen. Escritoras canónicas y no canónicas de El Salvador. Ensayo inédito. Algunos de los datos que estaban imprecisos en la primera versión de su biografía de Josefina Peñate se los compartí yo a la autora en un intercambio de correos electrónicos el 17 de marzo de 1917. La fecha de nacimiento del hijo de Josefina Peñate y Hernández es el único dato que yo no tenía entonces, y que Carmen asegura es un dato tomado directamente de la partida de nacimiento.

[9] Ídem. Toruño, 1958.

[10] Ídem. “Declaratoria de Herencia”. Diario Oficial, San Salvador, 23 de agosto de 1935.

[11] Diario Oficial, San Salvador, 23 de agosto de 1935.

[12] “Traspaso de título de mausoleo”, Diario Oficial, Tomo 128, N° 21, 26 de enero de 1940, pp. 356-357.

[13] El libro en sí no tiene año de publicación, pero está registrado como 1929 en publicaciones periódicas de ese año, como Patria, citado en otra parte en este ensayo.

[14] De la historia de esta pareja de Santa Ana y de sus contribuciones a la literatura y el feminismo hay un referente de gran interés: el Suplemento Especial publicado en el 80 aniversario de la Tipografía Comercial 1923-2003, La Prensa Gráfica, San Salvador, junio, 2003.

[15] “Estación radiodifusora RUS: concierto especial para esta noche”. Patria, San Salvador, julio 8, 1929, p. 8.

[16] “Surtidores” de Josefina Peñate Hernández. Revista Excélsior, Nº 55, San Salvador, 29 de junio, 1929.

[17] Lara Martínez, Rafael. Del silencio y del olvido. Los espectros del patriarca. Fundación AccesArte, San Salvador, 2013.

[18] Ídem. Toruño, 1958.

[19] Toruño, Juan Felipe. “La mujer salvadoreña en las letras y en el arte”, Boletín de la Biblioteca Nacional de El Salvador, San Salvador, 1946, p. 14.

[20] López Mendoza, José Luiz; Maravilla Lemus, Laura Beatriz. “Diseño de un plan estratégico de marketing de servicios para mejorar la atención a los pacientes en los hospitales públicos” (trabajo de investigación de pre-grado). Universidad Francisco Gavidia, San Salvador, 2008. Datos corroborados en sitios oficiales de Internet del Gobierno de El Salvador, en julio de 2019.

[21] Recurro a los datos, corroborados en varios informes, disponibles a través del sitio de Internet de la Pan-American Health Organization (PAHO): http://www.paho.org.

[22] Cañas-Dinarte, Carlos. Diccionario Escolar de Autores Salvadoreños. Editorial Cinco, San Salvador, 2019, p. 476.

[23] Los datos sobre su última contratación como profesora aparecen en: “Secretaría de Instrucción Pública”, Diario Oficial, Tomo 119, N° 151, San Salvador, miércoles 10 de julio de 1935, p. 1767. No existe ningún registro en la Secretaría de Instrucción Pública de que ella trabajara a tiempo completo como profesora; al parecer las maestras sólo eran contratadas de forma temporal por ciclos, y esta es la razón por la que aparecen las largas listas de contratos en los diarios oficiales de esos años.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.