Jorge Ávalos: “Las primeras notas del amor” (crítica de cine)

Una reflexión sobre “Melody” (1970), una clásica cinta británica sobre el amor entre niños.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 44 | Agosto 1, 2019

¿En qué momento el cine comienza a confundirse con la vida?

Yo era un niño cuando vi Melody por primera vez. Tenía 12 años a lo sumo, quizás menos. La mía era de las pocas familias en la colonia donde vivía que ya tenía un televisor a colores. Así que vi esta película en una versión doblada al español y con ese brillo particular que los primeros aparatos de televisión le daban a las películas. Eran lámparas poderosas esas primeras pantallas de tubo. Cuando veo esta película de nuevo, cuatro décadas después, descubro que mi memoria resguarda muchos de sus detalles, imágenes y frases como si fuesen propios.

Todos tenemos más de una película que llega en el momento justo a nuestras vidas. Melody (1970) es una de ellas para mí. El impacto que tuvo en mi formación y mi apreciación del cine alimentó mi imaginación, mi idealismo romántico y, al parecer, mi sentido del humor. Lo más probable es que todas estas características ya estaban presentes en mí, pero fue sólo hasta que vi esta película que me encontré con una perspectiva sobre la vida que validó mi propia percepción del mundo. Con esta película el cine adquirió la condición de un espejo de mi vida, de un sistema de identificación plena como nunca antes lo había tenido. Ahora sé que no fui el único que sintió esto. El director y guionista mexicano Alejandro González Iñárritu ha confesado que esta película fue la primera que tuvo un impacto formativo en su vida. Es también la inspiración directa de Un reino bajo la luna (2012) de Wes Anderson, que logró su primer gran éxito con una historia de amor juvenil, Rushmore (1998).

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Mark Lester y Jack Wilde, interpretan a dos amigos al borde de la adolescencia.

Melody es sobre dos niños de 12 años que se enamoran sin todavía entender a cabalidad qué es el amor. Sus personajes, Daniel y Melody, lo definen como el deseo de estar juntos todo el tiempo, y es tan intenso este deseo que deciden “contraer matrimonio”, despertando estupor y escándalo en los adultos. Este amor inocente, sin acentos sexuales, en el que dos niños descubren sus afinidades y aceptan que necesitan estar juntos para ser felices, es observado con tanta simpatía que no nos queda más remedio que renunciar a una apreciación irónica de la historia o a una actitud cínica hacia lo que vemos. Dirigida por Waris Hussein, el guionista es Alan Parker. Que su escritor sea el mismo que como director nos ha dado películas tan críticas del status quo y tan viscerales como El expreso de medianoche (1978), El muro (1982) y Arde Mississippi (1988) no deja de ser sorprendente. Pero, quizás, no debería sorprendernos.

En Melody, Hussein y Parker representan el universo escolar y familiar de los protagonistas con una gran autenticidad. Al hacerlo, termina por mostrarnos a niños que se rebelan en contra de la conformidad. El chispazo es el amor rebelde entre Daniel y Melody. Hay método detrás de esta visión tan íntima y humana de los niños. La fotografía, siempre alerta a los sucesos frente a la cámara, parece seguir una temporada real en un colegio, y lo hace con un estilo visual que nos remite a la estética incidental, casual y deliberada del documental antropológico. El resultado es una mirada curiosa, atenta al detalle inusual y que se deleita en las idiosincrasias de los niños, pero también de los adultos que los rodean. Sin lugar a dudas, algunos momentos de humor visual han sido escenificados, y las secuencias con diálogos tienen una construcción limpia y eficiente, pero incluso estas escenas son filmadas como si la cámara las hubiese captado de forma casual. Los niños no actúan en el sentido tradicional, más bien están presentes en el momento y la cámara no hace más que registrar sus comportamientos e interacciones, tanto cuando siguen el guion como cuando son ellos mismos.

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El guionista, Alan Parker, trabajó durante 6 meses entrevistando niños en una escuela británica, entresacando diálogos de sus declaraciones.

El trazo de la historia sigue un plan bastante sencillo, pero sin ser simplista. Hay un estudiante nuevo en un colegio católico, Daniel (Mark Lester) que entabla amistad con el compañero rebelde, Ornshaw (Jack Wild). Pese a diferencias sociales, o quizás debido a ellas, se hacen amigos. Un día, circulando por el colegio, Daniel descubre en una clase de danza clásica a una niña de la cual se enamora a primera vista, Melody (Tracy Hyde). El desarrollo de esta secuencia ilustra el método de Hussein y Parker. Daniel y Ornshaw ven a las niñas bailar a través de las ventanillas de una puerta, pero mientras Ornshaw se divierte espiando a todas las niñas, Daniel es atraído por una sola niña. Antes de que la escena sea edulcorada por el romanticismo de esa primera visión del ser amado, la maestra interrumpe a los niños y los ingresa a la clase, donde los presenta como “ardientes admiradores de la danza”. Las niñas en la clase estallan en carcajadas. La indiscreta mirada masculina es desarmada y revertida cuando la maestra integra a los varones a la clase y los hace bailar bajo las instrucciones de las niñas. Es así como Melody ve a Daniel por primera vez: haciendo el ridículo.

Cuando afirmé, al inicio, que la relación entre los protagonistas es un “amor inocente, sin acentos sexuales”, no quise decir que la película ignora la realidad de la atracción humana. Hay varias escenas que nos demuestran que los protagonistas viven su despertar sexual, de allí que surja la atracción inevitable entre Daniel y Melody. Pero el director es suficientemente astuto para notar que aun cuando un niño sabe qué es el sexo, la realidad misma de una relación humana a tan temprana edad lo contiene y lo confronta con la necesidad de entender quién es y qué es la otra persona frente a ellos. Esa realidad incluye el contexto familiar, los amigos y el sistema escolar. El amor, como lo descubrirán Daniel y Melody, es complicado, muy complicado.

Hay una escena en la que la madre de Daniel descubre que su hijo dibuja mujeres desnudas a partir de los ejemplos de una revista pornográfica que le prestó un amigo. Ver cómo la señora Latimer (Sheila Steafel) se comporta, pretendiendo naturalidad, al mismo tiempo que busca cómo quitarle la revista y el dibujo a su hijo es divertido sin ser incómodo, porque el director evade introducir las nociones de culpa o vergüenza y, más bien, se concentra en el conflicto circunstancial entre las personalidades tan distintivas de la madre y el hijo: se trata de una confrontación entre el espíritu artístico del niño contra el impulso maternal de la señora Latimer, que busca protegerlo de malas influencias, pero sin reprimir su desarrollo.

Melody, por su parte, después de participar con un grupo de niñas que se reúnen en el cementerio para besar un afiche de Mick Jagger, tiene una sorprendente escena con su madre y su abuela cuando ellas creen que el hombre que ella ha visto esa tarde es real. Melody sabe lo suficiente sobre el sexo y la vida como para mantener un juego de doble significado al describir la situación con las mujeres en su familia, como cuando les revela que le vio las piernas al hombre. Sin embargo, la escena nos permite también entender el grado de inocencia de Melody, pues pese a sus conocimientos, es también claro que no entiende ni la gravedad del tema, ni las consecuencias que la sexualidad puede tener en su vida. Que su madre y su abuela estén allí para recordarle que sí es un tema serio no deja de ser reconfortante. Sin embargo, en ningún momento se intenta mostrar una visión moral de la sexualidad. Lo más importante de esta escena es cuánto nos revela de la diferencia entre las visiones de los adultos y de los niños acerca de la sexualidad, a través del caso específico de Melody y de su madre y abuela, tres generaciones de mujeres.

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Mark Lester y Tracy Hyde interpretan a los niños enamorados Daniel y Melody.

Otro acierto de esta tierna película es que no hay ni santos ni demonios. En este universo narrativo los adultos intervienen para contrarrestar los desequilibrios causados por los niños y mantener el orden. En teoría, también están allí, —como padres o maestros— para iluminarlos y guiarlos de manera desinteresada hacia la madurez. En esto último no son tan competentes, en parte porque son gente sencilla. También los niños, como grupos, están siempre dispuestos a causar desorden, a reírse de los sucesos inesperados y a burlarse de las ocasiones solemnes. No están exentos de la crueldad hacia sus compañeros ni de la violencia. Desde la primera escena, la pompa y la circunstancia de la marcha de una banda escolar por una calle es presentada con el contrapunto visual de las reacciones irrespetuosas de los niños, y el efecto es cómico.

Todos los puntos dramáticos de una historia de amor están presentes en Melody, pero aparecen siempre rodeados de una textura realista de la vida. Ese tejido visual y social es siempre genuino no sólo porque la cámara observa con tanta atención el comportamiento natural de los niños, sino porque el guion está repleto de sucesos incidentales entresacados de la experiencia y la visión particular de la niñez. Antes de escribir el guion, Parker entrevistó a estudiantes, y recopiló sus anécdotas y su particular perspectiva sobre los asuntos de la vida. Esas observaciones permean la película, y de ellas emana su particular sentido del humor. En sus momentos más divertidos Melody provoca risas, pero su mayor afán está en provocar sonrisas, en ser dulce. El fondo musical de canciones originales de los Bee Gees ayuda también a lograr ese efecto.

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El director, Waris Hussein, logra actuaciones de gran autenticidad y un efecto final de gran ternura y simpatía hacia los niños.

Tengo medio siglo de vida. Veo Melody y me río de nuevo como un niño. Me río incluso más ahora porque veo humor donde antes no podría haberlo visto. Hay una escena en la que Daniel espera por una audición, con un violonchelo, para recibir clases de música. Melody está allí con una flauta dulce. Es posible que Daniel esté allí por Melody, o que el encuentro sea casual. De cualquier manera, en algún momento los dos quedan solos en el cuarto de espera. Incómoda por el silencio, Melody comienza a tocar “Brilla, brilla estrellita” en su flauta. Después de unos segundos de escucharla, Daniel comienza a tocar su chelo para acompañarla. Si esta fuese una película romántica entre dos adultos, este sería el primer momento sublime entre los dos protagonistas, en el que cada nota se complementaría a la perfección y la conexión entre las dos almas se realizaría sin traba alguna. Dado que estamos ante dos niños, la emoción entre ellos es tentativa pero muy real, y la música es mucho menos que perfecta. En un momento como este, un adulto puede reír como un niño, o puede reírse como un adulto de la inocencia de los niños, o puede reír y llorar al mismo tiempo porque lo ve todo y reconoce lo que significa perder esa inocencia ante la vida.  El primer amor es el que ya nunca podremos recuperar, pero es también al que siempre podemos regresar con nuestros más dulces recuerdos.

“De aquí a cincuenta años”, pregunta Melody, “¿me vas a amar todavía?”

“Por supuesto”, responde Daniel, “ya te amé por toda una semana”.

El final es utópico: una fuga en medio de una rebelión estudiantil que, sin duda, es vista con alegría por un público de niños, pero que un adulto verá como agridulce porque sabe que, al final del día, la realidad tendrá que imponerse.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.