Editorial: «No se puede volver al pasado por decreto»

La firma del Acuerdo de Paz se celebra porque ese día el pueblo dejó de ser una víctima para convertirse en el arquitecto del destino de su país, El Salvador.

La Zebra
La Zebra | # 74 | Febrero 1, 2022

Ahora que ya no queda otra institución democrática en El Salvador para desmantelar, el gobierno se empecina en desmantelar el último refugio para la razón: la historia.

Cuando el presidente Nayib Bukele firmó el decreto de la Asamblea Legislativa que descartaba la celebración del Acuerdo de Paz y nombraba el 16 de enero como el “Día Nacional de la Víctimas del Conflicto Armado”, usó la ocasión para afirmar que así descartaba «unos “acuerdos de paz” que no fueron más que una repartición del botín por parte de los dos bandos involucrados». Con este decreto, recalcó, se hacía «justicia histórica» y «dejamos de celebrar a los asesinos, y reivindicamos a las víctimas, al pueblo salvadoreño».

Hay que notar que el decreto podía ser aprobado sólo con los votos de la bancada de Nuevas Ideas en la Asamblea Legislativa, así que los votos adicionales de los partidos aliados al gobierno fueron redundantes. De allí que este acto fuese en esencia un acto publicitario, una pieza más al servicio de la propaganda del gobierno que buscaba socavar la acusación más persistente en contra del presidente Bukele: de que es un autócrata, quien, a través del desmantelamiento sistemático de las instituciones de contraloría y a la anulación del principio democrático de la separación de poderes, se está erigiendo, y muy rápidamente, en un dictador.

En otras palabras, los críticos lo acusan de que esté destruyendo los acuerdos de país que se lograron con la firma del Acuerdo de Paz en 1992, y que lograron la instauración de un régimen democrático. De allí que sea tan importante para el señor presidente hacer lo que ya se ha convertido en su práctica propagandística favorita: reinventar la historia. Cambiar el curso de la narrativa actual, si puede, y si no, reemplazar la verdad histórica por una que se acomode a la imagen de su poder.

En la cómica visión del presidente Bukele, que no parece saber ni un ápice de historia salvadoreña, el Acuerdo de Paz se firmó con el único propósito de lograr el fin a la guerra. ¿Acaso cree que en esa ocasión se fumó también la pipa de la paz?

El histórico Acuerdo de Paz de 1996 no sólo acabó con el conflicto armado que sangró a la sociedad salvadoreña durante doce años, también sepultó a un siglo de dictaduras. Hay que repetir esto: el Acuerdo de Paz acabó, de golpe, con un siglo de dictaduras.

En efecto, el Acuerdo de Paz no sólo honró a las víctimas de la guerra, sino a las víctimas perseguidas por la dictadura militar en la década de 1970. Y por su alcance en la transformación de las instituciones del país, el acuerdo de paz también honró a las víctimas de las dictaduras de los Quiñonez-Meléndez, de Maximiliano H. Martínez, y de toda esa miríada de títeres militares que hacían cola para ocupar la silla presidencial en una farsa ininterrumpida de dictadorzuelos que saquearon las cajas del Estado, censuraron a la prensa, espiaron y persiguieron a periodistas, denigraron a las voces de la oposición a través de la propaganda oficial y pervirtieron la separación de poderes al tomar por medio de charadas políticas el control de la Corte Suprema y la Asamblea Legislativa.

No olvidemos que el Acuerdo de Paz fue resultado de consultas populares, y fue, en efecto, una conquista popular. Instituciones como la UCA, liderada entonces por Ignacio Ellacuría, generaron insumos de opinión que permitieron concretar muchas de las ideas y los objetivos que quedaron plasmados en este documento histórico.

Lo que se negoció a través del diálogo entre las fuerzas vivas de El Salvador no fueron favores políticos, que es la interpretación burda que el partido en gobierno parece tener de un diálogo político y que ha sido manifestada por el presidente y sus funcionarios hasta el hartazgo en las redes sociales. Lo que se negoció fueron las bases para construir un país que no necesitaría nunca más regresar a una guerra para dirimir sus diferencias políticas. El Acuerdo de Paz sentó las bases para eliminar las causas de la guerra y orientar al país hacia la construcción de una sociedad democrática. El acuerdo y su subsecuente implementación nos dio una hoja de ruta para lograr esto, precisamente. Fue un acto visionario, como nunca lo habíamos visto en nuestra historia.

El Acuerdo de Paz sentó las bases para eliminar las causas de la guerra y orientar al país hacia la construcción de una sociedad democrática.

En fin, lo que los representantes de la guerrilla y del gobierno negociaron, en la última ronda de diálogo, en diciembre de 1991, y con la facilitación de las Naciones Unidas y el apoyo material y moral de muchas naciones amigas, fueron una serie de acuerdos que permitirían —después de la deposición de las armas por ambas partes— la implementación de un régimen democrático que El Salvador no había gozado nunca. Lo que se logró fue establecer las bases de un sistema que, entre otras cosas, permitiría la libre expresión y permitiría la participación plena de todos los sectores de la sociedad en los procesos democráticos y se enfocaría en la construcción de instituciones estatales y gubernamentales más eficientes y eficaces. No menos importante fue la garantía de que el poder militar y la policía estarían subordinados al poder civil y democrático, para ponerse al servicio de protección del territorio nacional y del pueblo.

Es así como el Acuerdo de Paz que dio fin a la guerra en El Salvador, unió a nuestro país al concierto de las naciones democráticas.

Lo que motiva al gobierno actual a sancionar un decreto que anula la celebración del Acuerdo de Paz es el miedo. El miedo a la democracia. El miedo a los sistemas de control de las instituciones y sus funcionarios, el miedo a encarar los errores que está cometiendo. Este es el mismo miedo que cometió la bancada del partido Arena y sus aliados del PDC y el PCN cuando acordaron la infame e ilegítima Ley de Amnistía, en respuesta al informe de las Naciones Unidas De la locura a la esperanza, el cual contenía los resultados de las investigaciones de los abusos de la guerra, tanto por el gobierno de El Salvador, así como por instituciones como el ejército y la Corte de Justicia, y por las fuerzas guerrilleras y sus líderes.

El fracaso de los partidos políticos y, de hecho, la traición casi esperada que cada uno nos da con el tiempo, no tiene nada que ver con el Acuerdo de Paz, sino con esas fallas humanas que, al final, corrompen cada empresa humana que no es oportunamente vigilada por sus accionistas, por sus actores sociales más comprometidos, que en este caso es el pueblo.

Así que no, el 16 de enero se celebra porque el pueblo dejó de ser una víctima para convertirse en el arquitecto del destino de su país, El Salvador. Volver al pasado y decir que el 16 de enero es el día de las víctimas de la guerra, cuando, en realidad, es el día en que el pueblo decidió tomar el control de su democracia no tendrá ningún eco en la ciudadanía. No se puede volver al pasado por decreto. No se pueden revivir los resentimientos de la guerra sólo porque al presidente le conviene tener a la sociedad polarizada.

El 16 de enero celebramos lo que ya somos, lo que hemos hecho de nosotros mismos, para bien o para mal, mientras aprendemos cómo ser una nación democrática y construir, juntos, el país que soñamos tener.


Arte de Guillermo Maldonado, «Migración», de la reciente exposición en el Centro Cultural de España en El Salvador.