Juana de Ibarbourou: “A El Salvador” (cartas)

Juana de Ibarbourou
Arte de Toño Salazar
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | # 74 | Febrero 2, 2022

Cinco piezas de correspondencia que la gran poeta uruguaya “Juana de América” le dedicó a los escritores y artistas de El Salvador.

I. Introducción

En la primera mitad del siglo XX no había una escritora uruguaya tan universalmente reconocida como Juana de Ibarbourou, “Juana de América” (1892-1979). En ese entonces, algunas figuras literarias de Latinoamérica alcanzaron un aura de celebridad tan grande en los medios de prensa como los de una estrella de cine. José Vasconcelos (México), Gabriela Mistral (Chile) y Rómulo Gallegos (Venezuela) eran citados y leídos en toda la región. Sobre esa plataforma de celebridad se alzarían nuevas figuras de la literatura y la cultura, como Jorge Luis Borges (Argentina), Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Pablo Neruda (Chile), Juan Rulfo (México), y la subsiguiente generación del Boom: Gabriel García Márquez (Colombia), Carlos Fuentes (México) y Mario Vargas Llosa (Perú), entre tantos otros.

La fama es una bestia extraña. En ocasiones, la celebridad de un nombre puede ocultar lo que ese nombre representa. La poeta Juana de Ibarbourou llegó a ser famosísima, y por algún tiempo fue mucho más popular que Mistral como una poeta omnipresente en las revistas y periódicos, pero de ser tan leída antes de 1950 pasó a ser más famosa en la segunda mitad del siglo por su iconografía: esas contadas fotografías de dama guapa, perfectamente arreglada a la manera del glamour del cine en la década de 1930, reaparecían con insistencia, no sólo como un referente de Uruguay y su literatura, sino también como el modelo de la mujer escritora en las Américas, como si Ibarbourou, por si sola, como figura, representara la altura, el decoro y la belleza que la imaginación popular esperaba de la mujer intelectual.

Yo sabía que Juana de Ibarbourou y el caricaturista salvadoreño Toño Salazar habían sido amigos. En mi temprana adolescencia escuché una vez las anécdotas que él contaba de su vida por Sudamérica y, en algún momento, a petición de una uruguaya que entonces vivía en El Salvador, habló de Juana de Ibarbourou. Según Toño, ella estaba encantadísima con él, casi enamorada de él cuando la conoció en Buenos Aires, pero él la consideraba “demasiado muñeca”. Esta es la razón por la cual recuerdo esa charla. No sé qué quiso decir con eso, pero nunca olvidé esa frase que me confundió y perturbó un poco. Un día, de manera accidental, encontré un poemilla que ella le dedicó a él, “Mensaje íntimo y sencillo a la república de El Salvador”, y me sorprendió porque era de un entusiasmo casi infantil a pesar de que el trasfondo del poema es político: la expulsión de Toño Salazar de Argentina por el presidente Perón el 24 de mayo de 1945, y que lo llevó a radicarse en Montevideo, Uruguay.

Quería publicar el poema de Ibarbourou a Salazar, que nunca fue incluido en la obra completa de la poeta ni aparece referenciado en ninguna otra parte de la bibliografía sobre Salazar, pese a ser una parte muy significativa de las muestras de solidaridad que un gran número de intelectuales radicados en Buenos Aires y Montevideo firmaron en su apoyo en junio de 1945. Pero retrasé su publicación por un par de años porque creí que el poema debía ser acompañado de la caricatura que él había hecho de ella, porque, sin lugar a duda, había una. Para mi sorpresa, entre las obras de Salazar reproducidas en libros y revistas no encontré ni una sola caricatura de Ibarbourou. ¿Cómo era posible? Algunas de las caricaturas más icónicas que hizo Salazar las dibujó y publicó durante su período en Buenos Aires y Montevideo entre 1935 y 1953. El curador de la exposición retrospectiva que realizó el Museo de Arte de El Salvador en 2005, Miguel Huezo Mixco, no la recordaba y me remitió al catálogo de Disparates de Toño Salazar, lo más cercano a un catalogue raisonné de su obra, y en ese inventario ella no aparece.

Así que durante casi dos años busqué esa caricatura que no está consignada en ninguna parte, pero que yo estaba convencido que debía existir. Durante casi tres meses me enfoqué sólo en publicaciones y archivos digitales y físicos de Uruguay. Cuando al fin la encontré, quedé frío. En efecto, Toño Salazar había realizado una caricatura de Juana de Ibarborou. Fue publicada en 1945 en AIAPE, un periódico mensual de cultura que servía como el órgano de la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (año X, Nº 42, Montevideo, octubre de 1945, p. 10). En el mismo ejemplar en el que aparecen caricaturas deslumbrantes de Toño Salazar —del poeta Pablo Neruda, de la actriz Margarita Xirgú y del pintor Pedro Figari—, la que hizo de Juana de Ibarbourou es sólo encantadora por su sencillo trazo infantil, pero no posee ni la hondura sicológica que uno esperaría ni la elaboración neobarroca de la gruesa línea del artista. Así que cerré el ejemplar, decepcionado, y me olvidé del asunto por un tiempo.

Este día abrí ese viejo ejemplar de AIAPE, porque ya no recordaba por qué lo tenía, y lo comencé a hojear. Y entonces me topé con la caricatura de Juana de Ibarbourou. Y esta vez vi lo que había visto Toño Salazar en ella en los años treinta: a una muñeca. No era el retrato de la poeta, lo cual explica la ausencia de otros elementos —las usuales nubecitas gordas, algún objeto simbólico y el usual paisaje desolado que suele trazar tras los escritores—, era el dibujo de una muñeca. A diferencia de otros escritores que a Salazar le gustaba retratar —que eran todo carácter, una resuelta presencia, casi un mito andante—, Juana de Ibarbourou se había labrado una imagen pulcra, perfecta, que encajaba con el glamour de una actriz, y fiel a su sentido de verdad, él la dibujó tal y como ella se presentaba al mundo: “demasiado muñeca”. Su obra poética era popularísima, pero la imagen tan controlada que ella creó de sí misma, esto que ahora llamaríamos una marca, el branding “Juana de América”, fijó su iconografía y hasta cierto punto impidió el surgimiento de lo que le otorga esa fuerza expansiva a la memoria postrera de los escritores: un mito que no es una creación consciente de un autor o autora, sino el aura que la obra imprime en la imagen biográfica que tenemos de ellos y que alimenta los deseos de los lectores por poseerlos a través de la lectura. Un caricaturista tan penetrante y agudo como Salazar sólo podía retratar el mito del escritor o el aura de su personalidad, y al encontrarse con Juana de Ibarbourou se topó con la iconografía predeterminada de una marca, y eso fue lo que él dibujó. Quiero remarcar que he visto otras caricaturas de ella realizadas por otros artistas, y el efecto en todas ellas es el mismo.

Durante mi búsqueda tenaz por rastrear la caricatura que Salazar hizo de Ibarbourou terminé por encontrar la contada correspondencia que ella escribió relativa a El Salvador, incluyendo tres cartas breves, siendo la más significativa la que le escribió espontáneamente a Claudia Lars en 1950, una sentida confesión de su tristeza y soledad: «Releyendo poemas suyos, pienso con melancolía en qué lejos hemos estado siempre. Sin embargo, yo sigo con admiración y cariño su ascensión brillante, cada vez más alta. // ¿Le llegarán estas palabras de una mujer muy triste que en la soledad de una playa en la que solo se oyen los retumbos del mar y los gritos de las gaviotas —canto o clamor— se ha puesto a leer versos suyos y éstos la iluminan?» Las otras dos cartas son notificaciones formales: la primera a Manuel Quijano Hernández, en respuesta al envío de su libro de 1931, Dejados de la mano de Dios (subtitulado “Una tiranía audaz y un pueblo inerte”, es un libro periodístico sobre la fragilidad de las democracias latinoamericanas, sujetas a los arrebatos de los tiranos); y la otra es una línea de agradecimiento a Trigueros de León por el envío de libros de la editorial estatal de El Salvador, la Dirección de Publicaciones e Impresos.

El prólogo que Ibarbourou escribió para un libro de poemas de Carlos Lobato en 1962 no deja de sorprenderme, no sólo por la belleza de sus palabras elogiando la diversidad de América, sino porque este poeta salvadoreño ha caído en el más absoluto olvido. Así que una parte de este texto es absolutamente rescatable para sumarlo a la obra de Ibarbourou, mientras el elogio de Lobato es descartable. Yo leí el libro en cuestión, Horario de soledad (Montevideo, 1959), y el entusiasmo de la poeta uruguaya es francamente inexplicable. Su interés subjetivo por la poesía del salvadoreño, al parecer, se debía al surgimiento de una nueva clase de poeta: el del escritor comprometido no sólo por las causas sociales, sino por la liberación misma de la región de los poderes imperiales que se alzaron después de la segunda guerra mundial.

En estos textos breves y hasta ahora inéditos de Juana de Ibarbourou queda retratado el testimonio de dos amistades entrañables, la de Toño Salazar y la de Claudia Lars, así como una expresión luminosa de su auténtico amor por una América vital, genuina y diversa.

Jorge Ávalos
Febrero 2, 2022.

Juana de Ibarbourou por Toño Salazar.
Publicada en AIAPE, Montevideo, octubre de 1945.

II. Correspondencia de Juana de Ibarbourou

1. Carta a Manuel Quijano Hernández (1931)

Dr. Manuel Quijano Hernández
San Salvador

De mi altísima consideración le agradezco efusivamente su libro Dejados de la mano de Dios, tan intenso y valiente, como bien escrito.

Al felicitarlo, no puedo menos que pedirle me tenga siempre en el recuerdo, cada vez que publique páginas de este interés y valor.

Lo saluda atentamente su afectisísima y su servidora,

(f) Juana de Ibarbourou

Revista “Vivir”, Patria, San Salvador,
13 de diciembre, 1931, p. 11.

2. Poema a Toño Salazar (1944)

MENSAJE ÍNTIMO Y SENCILLO A LA REPÚBLICA DE EL SALVADOR

Por Juana de Ibarborou

Desde mi tierra llanera
te saludo, Salvador,
soñando con tus guitarras,
tus volcanes y tu son.

¡Te saludo, Salvador!

Y le hago entrega a tu Toño,
a tu Toño Salazar
de un celaje de mi cielo
(con tu cielo a entreverar).
Y una onda de mi Plata,
otra del río Uruguay,
para arrojarlas al pecho
salado de tu gran mar
que te abarca la cintura
como un novio, al abrazar.

Hoy te han herido, la entraña.
¡Te han herido, Salvador!
Y aquí rodeamos a Toño
para mostrarle el amor
de nuestra gente llanera
por tu gente, Salvador.

Tienes un nombre y un rostro
una altura y un valor
entre nosotros: es Toño
que puede tocar el sol.

Que él te entregue este latido,
¡ay, de nuestro corazón!,
por el llanto y por la muerte
que ensombrecen tu esplendor.

Que las palmeras intactas
digan esta pena a Dios;
que tus montañas celestes
al cielo den su clamor
y hasta los ángeles bajen
a asistirte en tu dolor.

Y cuando el suelo, de nuevo,
vuelva a darte café y flor,
de rodillas nos pondremos,
¡Ah, por tu resurrección!

Te dirá tu Toño invicto
cuánto es por ti nuestro amor.
Y entonces, en la bandera,
mi bandera bicolor,
¡por tu paz reconquistada
tendrá nuevo brillo el sol!

Junio, 1945.

La Prensa Gráfica, San Salvador,
30 de noviembre, 1952.

4. Carta a Claudia Lars (1950)

Montevideo, febrero, 1950.

Claudia Lars:

Releyendo poemas suyos, pienso con melancolía en qué lejos hemos estado siempre. Sin embargo, yo sigo con admiración y cariño su ascensión brillante, cada vez más alta.

¿Le llegarán estas palabras de una mujer muy triste que en la soledad de una playa en la que solo se oyen los retumbos del mar y los gritos de las gaviotas —canto o clamor— se ha puesto a leer versos suyos y éstos la iluminan?

Va este hondo recuerdo de su

(f) Juana de Ibarbourou.

Archivo familiar de los
herederos de Claudia Lars.

4. Prólogo a un libro de Carlos Lobato (1959)

PALABRAS

Por Juana de Ibarbourou

Bendita América Latina, América de españoles zumos, tierra del verso aún en medio del coro acompasado del llanto, que está siendo el latido de toda la tierra en esta desgarradora hora del mundo. ¡Cuna mecida del canto, a pesar del seco chasquido de los dedos de los mercaderes!

Petróleo en las grandes llanuras, y caucho en las selvas profundas. El oro negro y el oro verde. Tortura y sangre. Ya hasta el oro —oro, sol congelado en las entrañas misteriosas del planeta—, no se busca directamente, en sus mágicos nidos, en las corrientes turbulentas. Todo es alambicado proceso de los grandes productos motores.

¡Amada América nuestra, pese a los extraños que empiezan a pervertirla, a ella tan casta, a ella tan lírica, como los libres pájaros musicales!

Con frecuencia me llega su estremecimiento, a través del poema bien logrado surtidor de sus entrañas. Ah, que no conozca jamás el dolor irredento, cuchillo al rojo, ella que es la criatura geológica y geográfica más llena de gracia de nuestro Universo. Salve su casta, su tañido, su esperanza.

De la hermana República de El Salvador, me llega un puñado de versos que van a ser engastados en un libro.

Pertenecen a un joven maestro, vale decir, a un joven profeta.

Canta, suspira. A veces, con el pecho apretado, también aprieta duramente los dientes. Tiene la voz clara y rebelde de la nueva poesía, desdeñosa de los eternos atributos rítmicos del verso castellano. Estos muchachos se tapan los oídos para no oír suspirar a la sombra de Fray Luis.

No importa, haremos a un lado esa angustia, angustia, si alguno (y tiene que ser) como Rubén en su época salta al ruedo feliz, altivo, para entregarnos de pronto la nueva forma tan buscada, con su interno río de elocuencia, en su fresca, gloriosa y audaz y dulce y tremenda ánfora recién modelada, aún húmeda, aún tierna. Tiene que ser.

Carlos Lobato, mi salvadoreño de estas amistosas palabras uruguayas, es modesto, no se conmueve en la tonta vanidad de asombrar, tiene talento, tiene buen gusto… es un poeta alto. Es un poeta alto “como un pino”, lo que le da una buena medida de horizonte. Como a todos los seres líricamente sensibles, “le duele cierto lado de la sangre”. Y de ahí le nace el verso, firme, con el justo adobe de sufrimiento que es lo que le da la permanencia, calor humano, ámbito y realidad poética.

Después todo es seguir andando y sufriendo, para que el verso cuaje definitivamente en gema.

Horario de soledad, Montevideo, 1959.
Reproducido en Brecha, San José, Costa Rica, marzo, 1962.

5. Carta a Ricardo Trigueros de León

Ricardo trigueros de León

Director General de Publicaciones

San Salvador, El Salvador.

Reciba mis felicitaciones por la magnífica difusión cultural, en ediciones tan cuidadas, que hace ese pequeño gran país ejemplar.

(f) Juana de Ibarborou

Montevideo, 1963.

Guion Literario,
San Salvador, 1963.