Alfredo Espino: «Ascensión» (poesía)

Cinco poemas que conforman el ideario espiritual de un poeta salvadoreño que se hizo célebre por sus versos regionalistas.

Alfredo Espino
Arte de Valero Lecha
La Zebra | # 77 | Mayo 24, 2022

Ascensión

¡Dos alas!… ¡Quién tuviera dos alas para el vuelo!…
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no fuera un mar, ¡bien sería otro cielo!…

¡Cumbres, divinas cumbres! ¡Excelsos miradores!…
¡Qué pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá bajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones… Lo rastrero no sube:
esta cumbre es el reino del pájaro y la nube…

Aquí he visto una cosa más dulce y muy extraña,
como es la de haber visto llorando una montaña…
el agua brota lenta, y en su remanso brilla
la luz; un ternerito viene, y luego se arrodilla
al borde del estanque, y al doblar la testuz,
por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz…

Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,
como si una tormenta rodara por la cuesta:
animales que vienen con una fiebre extraña
a beberse las lágrimas que llora la montaña.

…………………………………………………

Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.
Y qué asco y qué tristeza comenzar a bajar…

(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para el vuelo!
¡Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,
con el loco deseo de haberlas extendido
sobre aquel mar dormido que parecía un cielo!)

Un río entre verdores se pierde a mis espaldas
como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas…

Alma cándida

A la memoria de la señorita
María Teresa Dueñas.

El alma limpia es gota de un agua luminosa
que en cálices de rosas halla inviolada cuna.
Yo sé de un alma de esas: era un claro de luna
temblando en el rocío que lloraba una rosa…

Pero una mañanita de cálidos fulgores
volvió de nuevo al cielo la limpia gota aquella,
que bien fuera por clara la hermana de una estrella,
o bien, por leve, fuera la hermana de las flores…

No hay que buscarla ahora por reinos de dolores,
el alma limpia es gota de un agua milagrosa,
que si bien se evapora, vuelve en formas mejores
a iluminar el sueño de nieve de otras rosas…

Febrero, 1924.

Las manos de mi madre

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras…
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan ellas!

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas,
¡Ellas, cuando la vida deja mis flores mustias,
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades…

Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas!
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción,
¡son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos eternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!

Viento en popa

Para Jorge A. Paredes

Lucha, que es de los fuertes la victoria.
Rompe la valla que opusiera fría
la suerte adversa, la fortuna impía.
¡Vuela y alcanza la lejana gloria!

¡Sé la chispa que fulge entre la escoria!
¡Aborrece la noche y ama el día!
Y no temas jamás de la jauría
de los necios la sátira irrisoria…

Asciende hasta la cumbre a golpes de ala,
a la cumbre que el cóndor sólo escala.
Da vida al ideal que tu alma arropa…

Y parte… Que a tu buque peregrino
empuje siempre buen soplo marino,
para que bogue siempre, ¡viento en popa!

Lámpara de oro

Tú vives en un íntimo santuario,
donde te adoro yo. Resaltas pura,
lámpara de oro en la celeste altura,
y alumbras mi cerebro visionario…

Y, ¿sabes?, a pesar que el tiempo es vario,
allá en el fondo de mi vida oscura
tú persistes aún, como perdura
un nombre sobre mármol cinerario…

Y aunque en pos de las dudas y los años
vienen sombras y vienen desengaños,
y se extinguen encantos e ilusiones…

Tú brillas en las noches de mis duelos,
¡cual fulge en el enigma de los cielos
el palpitar de las constelaciones!

Al joven bardo José Luis Silva.

La poesía, siempre.


ALFREDO ESPINO (El Salvador, 1900-1928). Poeta salvadoreño que adquirió una inmensa fama póstuma por una obra que oscila entre un romanticismo tardío y melancólico en sus primeros poemas, y un vigoroso y colorido costumbrismo en su poesía madura. Jícaras Tristes (1936) fue su único libro, formulado por él mismo poco antes de su muerte, pero alterado significativamente por su padre y su hermano, el escritor Miguel Ángel Espino, para incluir la mayor parte de su poesía. Su tesis, Sociología estética (1927), que sostiene que los mitos y las artes tienen una génesis común y han mantenido una relación paralela a través de la historia, lo muestra como un pensador embebido de la filosofía estética del romanticismo alemán. Una investigación reciente de Jorge Ávalos, Las tres muertes de Alfredo Espino (Premio Nacional de Ensayo, 2020) recupera casi un veintena de poemas inéditos, incluyendo su primer poemario, publicado en vida en 1921, y tres textos en prosa, también inéditos.