Jorge Ávalos: “La hora del artista” (editorial)

¿Qué haremos los escritores y artistas ante el racismo y la estupidez de los líderes del mundo?

Jorge Ávalos
Ilustración de Catalina del Cid
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Cada vez que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habla y dice una tontería yo me hago una pregunta: ¿Dónde está Aristóteles cuando más lo necesitamos?

Estoy seguro que nadie más se hace esa pregunta. Ni la filosofía ni las ciencias ni las artes tienen un lugar en la concepción moderna del poder. Este es un grave error si consideramos que el más grande conquistador de la historia, Alejandro Magno, el más grande libertador de la historia de Latinoamérica, Simón Bolívar, y el más influyente movimiento de igualdad política de la historia, la Revolución Francesa, fueron todos forjados en las brasas ardientes de un pensamiento filosófico radical.

Tomemos el caso de Alejandro Magno, que en menos de una década conquistó los pueblos más diversos del planeta y creó con ellos un imperio que se extendía desde Grecia —incluyendo los mares Egeo y Mediterráneo—, y que estaba conformado, además, por la Asia Menor y la Media, Egipto, Mesopotamia, Persia, el Asia Central e India. Así nació, en la práctica, la civilización moderna, porque así se sembró la semilla de la civilización occidental que finalmente se arraigaría en Europa: debido al intenso intercambio de todas estas culturas y civilizaciones, algunas impenetrables durante siglos. Por primera vez, y de manera perdurable, el conocimiento multicultural —entrecruzado, adicionado y potenciado— se convirtió en piedra angular del desarrollo político, económico, cultural y social de una diversidad de comunidades humanas, cada una tan necesaria como la otra.

Obviamente no pretendo hacer una apología del imperio —nada más lejos de mis paradigmas—, pero quiero señalar que al contar con apenas 40 mil soldados Alejandro Magno no podría haberse impuesto sólo por medio de la fuerza militar. Su presencia y su genio político ofrecían algo más: la creación de nuevas rutas comerciales hacia los grandes mares y hacia ciudades más ricas. Estos fueron poderosos incentivos para unirse a un nuevo imperio. Ese imperio era mucho más que Alejandro: era la idea seductora de un mundo en expansión y evolución continua. Era la semilla del estado moderno como un sistema de relaciones entre pueblos y geografías cada vez más vastas.

Detrás del extraordinario genio persuasivo de este forjador inmortal del mítico Período Helenístico (323 a. C.-30 a. C.) hay un maestro: el filósofo Aristóteles.

Si bien Aristóteles fue el padre de la Lógica, hay que notar que también fue el primero de los grandes pensadores en tratar a fondo y en proponer conceptos todavía vigentes sobre la biología, la ética y las artes. Ideas sobre cómo se genera y funciona la organicidad de la vida (la biología, cuyo estudio requería la aplicación de la lógica como método científico), cómo opera y se dirige la conducta humana (la ética y la política) y qué papel juegan las emociones en la orientación de nuestros actos y en nuestro aprendizaje y evolución (la retórica y “la poética” de las artes), son contribuciones fundamentales de Aristóteles para comprender la formación del ser humano integral. Sin él, el genio visionario de Alejandro no habría sido posible.

El primer gran emperador del mundo no fue sólo un gran estratega militar, tuvo que tener, además, una inteligencia seductora y una palabra persuasiva, claves de un verdadero líder.

Consideremos una idea fundamental de Aristóteles sobre la técnica argumentativa, descrita en su tratado Arte Retórica, libro de texto de Alejandro Magno. Cualquiera que lo lea puede aprender mucho sobre los procesos y recursos necesarios para persuadir a otros de nuestras ideas. Pero hay, entre todas estas técnicas la formulación central de cómo se hace un argumento por medio de tres estrategias complementarias entre sí: por medio de una exigencia ética (el ethos); por medio del razonamiento lógico (el logos); y por medio de la apelación emocional (el pathos).

Hasta el siglo XIX era común que las instituciones de educación media y superior enseñaran retórica. La era industrial acabó con esto. La era industrial también influyó sobre la manera en cómo se organizan las escuelas y favoreció la especialización técnica por encima de la educación humanística integral. Aunque este diseño de la educación masiva se hizo en función de la educación vocacional, que necesita contadores, obreros, electricistas, operadores de máquinas y todo tipo de mano de obra, la enseñanza al servicio de la industria terminó por influir todos los sistemas educativos, incluyendo las carreras humanísticas.

Una consecuencia de esta excesiva especialización, del estrechamiento de las áreas de acción, es un presidente Trump, que desconoce el arte de la persuasión en base a una argumentación integral y sin falacias. La imposición autoritaria es su único método. La política transaccional, propia del mercado de bienes y raíces, es su medida de valor. El grado de oportunidad de ganancia es el único interés que lo atrae hacia un territorio o país. Más sorprende aún que la intransigencia del presidente Trump es notar que los modelos de argumentación del resto de la sociedad, al responderle a él, son igualmente restringidos en su enfoque, realizados desde posturas muy estrechas. ¿Acaso nadie lee ya el Arte de la retórica de Aristóteles?

Cuando el presidente Trump llamó “shithole countries” a El Salvador, Haití y a todos los países de África durante una mesa de diálogo sobre migración y, al mismo tiempo, remató su comentario de desprecio con una valoración sobre Noruega como el país ideal del cual quisiera ver más inmigrantes, se hizo evidente que su ideas políticas tienen como fondo de barril fuertes prejuicios raciales, con un claro énfasis en una noción de la superioridad de los más blancos. Con ideas como ésta, Trump demuestra ser, en efecto, un neonazi. Él lo niega, pero desde la perspectiva de los habitantes de los países que él califica como “agujeros de mierda”, no puede ser de otra manera.

Los periodistas, quienes sí deben enfocarse en vigilar la conducta de los poderosos (el ethos), respondieron de inmediato con un lenguaje apegado al discurso de la ética, pero sólo al de la ética, concluyendo que: insultar a países pobres, enviar a sus países de origen a los niños migrantes —los llamados dreamers— y finalizar el estatus temporal de refugiados afectados por desastres naturales es, dicen los periodistas, “inmoral”. Los representantes de organizaciones multilaterales y sociales —incluyendo las Naciones Unidas, pero también los organismos de derechos humanos o desarrollo social—, respondieron por su parte con argumentos lógicos (el logos), con cifras y datos que demuestran las realidades asimétricas entre los hemisferios norte y sur, o con demostraciones de la realidad económica y de abrumadora violencia en esos países que Trump calificó con tanto desprecio. Los políticos de los países aludidos —como el presidente de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén, por ejemplo—, se rebajaron y se redujeron a hacer apelaciones puramente emocionales (el pathos), en versiones patéticas de ‘pobrecillos nosotros’.

Ningún país es un “agujero de mierda”, pero hay países con situaciones y circunstancias que los hacen mierda —coloquialmente hablando— como consecuencia del liderazgo corrupto de sus clases políticas o económicas. Si quieren ejemplos, Centroamérica los tiene de todos los colores ideológicos, comenzando por Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

En su comunicación oficial, el gobierno de El Salvador se limitó a recordarle a los Estados Unidos que fueron salvadoreños los que ayudaron a reconstruir el Pentágono tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, pero sin mencionar que ellos no eran nada más que mano de obra empleada por una agencia gubernamental de los Estados Unidos, es decir, eran inmigrantes legales pagados por contratistas estadounidenses y no altruistas bienintencionados. Nunca hubo un gesto de apoyo concreto, material, por parte de El Salvador hacia los Estados Unidos tras los ataques terroristas del 11 de septiembre. Al contrario, el partido del actual Gobierno celebró con marchas y una quema simbólica de la bandera de los Estados Unidos tras ese ataque. Esto significa que El Salvador, por su situación de violencia y desempleo, una situación hecha más complicada tras los terremotos de 2001, expulsó de su propia tierra a migrantes de zonas rurales en una travesía peligrosa hacia los Estados Unidos y luego se escudó en ellos para reclamar por el insulto del presidente Trump.

En esa misma comunicación, fechada el 12 de enero, la cancillería de El Salvador menciona el apoyo que el ejército salvadoreño dio a los Estados Unidos en las operaciones post-guerra en Irak, pero no lo dice explícitamente, porque entonces se ganaría la ira de los correligionarios del FMLN, los cuales rechazan el “intervencionismo” militar de los Estados Unidos en todo el mundo. Tan cobarde es esta declaración que apareció como un “comunicado de prensa”, no como una carta de Jefe de Estado a Jefe de Estado. En ella no aparece siquiera la firma del canciller, Hugo Martínez, pese a que lo emitió el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, ni aparece en el texto una declaración explícita atribuible a él o al presidente Salvador Sánchez Cerén. Ninguna de sus frases se puede considerar como una toma de posición concreta y efectiva, más allá de este cliché: “El Salvador demanda respeto a la dignidad de su noble y valiente pueblo”. El autor del himno nacional pudo haber escrito esa frase a mitad del siglo XIX, pues carece de valor en un mundo donde el lenguaje es acción y tiene consecuencias y costos en vidas humanas. No hay en ese comunicado oficial un repudio ni una condena en contra del racismo del presidente Trump, lo cual habría sido razonable si consideramos la gravedad de sus palabras.

Ante la ola de respuestas de indignación por el comentario del presidente Trump, la Casa Blanca permanece inmutable.

¿Qué tiene que ver este fracaso de persuasión internacional con la misión de los artistas, el presunto objeto de este editorial?

Desde Aristóteles, la imaginación poética ha sido entendida como el arte de las emociones, del pathos y la empatía. Las artes y la literatura son una manera de entender cómo nos sentimos y dónde estamos en el transcurso de nuestras vidas, de nuestra historia común. En el pensamiento filosófico de Aristóteles las artes no tenían un papel menor: cumplían el papel crucial de conducir al autoconocimiento a través de las emociones. En la era de la informática y la ultra-especialización, las artes continúan cumpliendo un rol que el ethos del periodismo y el logos de la investigación académica y científica, que reduce a cifras y datos la experiencia humana, no llenarán jamás.

No basta con decir que las artes son importantes. Necesitamos reconocer a qué clase de arte nos referimos (cualitativamente hablando) y por qué. Ante la fragmentación de un tipo de humanismo que durante más de dos mil años formó de manera integral a los mejores artistas, pensadores, políticos y científicos de la humanidad, el arte debe recuperar e incorporar a su discurso el ethos y el logos que harían del pathos un discurso más persuasivo, más influyente y más perdurable.

La exigencia por una conducta más ética, la atracción hacia ideas más incluyentes y razonables, la apelación a una empatía más profunda que nos lleve a comprender la humanidad esencial de todos y el derecho a la vida del otro, tiene que ser parte fundamental de los “discursos” del arte.

No hablamos sólo por nosotros mismos, los escritores y artistas. Tanto en los Estados Unidos como en Haití, en Noruega o en África, en las tierras tropicales de Centroamérica donde el sol nos dora la piel o en los largos y oscuros inviernos de los países nórdicos, que tienen tan pálidos a sus pobrecillos habitantes, los artistas nos expresamos, desde nuestra humanidad esencial, por todos y para todos.