José Adán Castelar: “La estratagema de la palabra” (ensayo)

Con su biografía como punto de fuga, el gran poeta hondureño reflexiona sobre el arte de escribir y el desarrollo de la literatura de su país.

José Adán Castelar*
La Zebra | #25| Enero 1, 2018

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Yo nací, por casualidad, en un lugar llamado Coyoles Central, el 9 de abril de 1941. Digo “por casualidad” porque, en aquellos tiempos, cuando una mujer iba a parir, en la Standard Fruit Company le proporcionaban un vehículo, el cual llamaban “motocarro”. Este motocarro hacía un recorrido en el campo donde estaba la embarazada hasta el hospital de La Ceiba. Eso ocurrió con mi madre. Pero yo estaba muy urgido y reventé la fuente de mamá cuando pasaba por Coyoles Central en el motocarro.

Nací en la orilla de la línea, en una choza. Me atendió una partera, a quien todavía la busco para darle las gracias porque por ella estoy aquí en este mundo (seguramente ya debe estar muerta).

Nací en un lugar que poco a poco he ido amando, incluso le he escrito unos seis poemas.

A los seis meses de edad llegué a La Ceiba. Esa es la confusión que tienen amigos y vecinos de La Ceiba, pero no, soy un campeño de Coyoles Central.

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Mi apego a las letras nació, no sé si decir por vocación natural o por iniciativa propia o por un problema congénito, creo que por las tres cosas. Pero más porque necesitaba tener una identidad.

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Desde pequeño me gustó leer y escribir. Siendo niño leí el cuento de Peter Pan, el cual nunca moría, siempre renacía. Desde entonces, siempre he sido un campeón como lector.

Leí a todos los clásicos españoles. Por cierto, la embajada de España en aquellos tiempos, quizá por problemas económicos, proporcionaba todos los libros que salían en las editoriales de aquella época. Yo los leí gracias a la directora de la biblioteca Juan Ramón Molina, Angelita, una señora que recuerdo con gran cariño. Ella me prestaba cada libro por una semana. Así leí a los clásicos franceses, ingleses y a los griegos, desde luego que en idioma español.

Mis lecturas fueron desordenadas, pero muy queridas. Leí mucho, y de esto, por lo menos, aprendí para qué y por qué escribir.

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He querido publicar toda mi obra, pero como se sabe, la economía mueve al mundo y a mí no me mueve la economía.

Hasta ahora tengo publicados diez libros y mantengo inéditos nueve.

Mis diez publicaciones son casi todas de poesía. Sólo uno es un relato, un cuento de nueve páginas que se llama: “La noche en que a Superman le cortaron las alas”.

Este año, seguramente, publique un libro de cuentos cortos titulado Actos de amor y otros actos. Son unos cuarenta y cinco o cincuenta cuentos cortos. Unos están inspirados en la mitología griega, otros en la realidad nacional y otros especialmente tocan aspectos de la guerrilla. Todos mis cuentos se caracterizan por ser pequeños y por tener un final con el verso número catorce de un soneto.

Yo entiendo el cuento como un soneto, no con catorce versos, que tenga las tres categorías que tiene el cuento y con un final sorpresa. Para mí el maestro del cuento es el dramaturgo y novelista ruso, Chejov, quien escribió cuantos sobre cualquier tema. El cuento corto no admite un error.

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Mi mejor obra es la que mantengo inédita, porque hasta ahora he aprendido a escribir. He aprendido un poco a escribir, es decir, a usar un poquito, que no es poco, la estratagema de la palabra.

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He descubierto que la palabra está más viva que yo y que debo respetarla, tanto que sin ella no existo.

Ella, la palabra, es que la que me da la vida.

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Antes pensaba que la poesía era mirarla llegar y platicar con ella. Pero no, la poesía, además de ser un acto de magia, es una salvación, una salvación del cuerpo y del espíritu.

Yo hago lo que el maestro Eugenio Montale: espero que la poesía me edifique. Por eso es que ahora mi obra no es tan apurada. Utilizo más tiempo para elaborarla. Yo amo la poesía espontánea, la que nace de pronto, la que prácticamente está ahí y surte en un momento de locura o cordura. Después me quedo preguntando cómo es posible que me saliera esto tan rápido después de querer escribir un poema y que no me hubiera salido nada. Ese misterio es lo que todavía me preocupa, y estoy aprendiendo a descubrirlo.

Tal vez en cien años consiga saber cómo se escribe poesía.

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Con mi libro Poema Estacional creo que alcancé lo que yo buscaba. Es un libro plástico, el lirismo es natural y se caracteriza por la musicalidad del verso y una cierta ternura que necesitaba expresar ahí.

Hoy, en mí, no compite lo externo, sino lo interno entre mi poesía de ayer y mi poesía de ahora. Sin embargo, tengo un libro inédito que creo que es lo mejor que he escrito hasta ahora, se titula Nombrar. Eso es lo que busco: nombrar a las cosas en su significado natural, inspirada en los grandes maestros griegos y los italianos, sobre todo Montale. Tengo otros libros como éste, por supuesto. Uno de ellos se titula Poemas viajeros.

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Después de golpearme la cabeza con la palabra, descubrí que esta maldita palabra está ahí, pero no sale, no la encuentro, no encaja.

Yo amo la música y deseo que mi poema sea musical, que tenga música. Por eso se me hace difícil encontrar la palabra precisa. A veces choco con las palabras que busco y me derriban, por eso hago unos borrones espantosos en el papel. He llegado a esa conclusión a base de estudio, de fracasos, y siguiendo las prácticas diarias, que son necesarias, para poder dominar un poquito este arte tan difícil y asesino —digo “asesino” con mucho amor— como es la poesía.

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La poesía es misterio. Eso es lo mas importante en el poema: escribir la palabra detrás de un espejo para que sólo flote su fuerza y termine por quebrarlo… Nunca olviden que todo misterio debe ser profanado.

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He practicado mucho el periodismo cultural, pero por falta de espacio donde publicar estos artículos pequeños, unos más grandes, están por ahí inéditos. He mandado muchos a los periódicos, pero reproducen uno o dos al año y luego se pierden. Tengo como para publicar un libro, que podría ser un libro de crónicas. He escrito mucho en periódicos locales, semanarios de La Ceiba. He ejercido el periodismo local en miniatura en una sección llamada “Sin importancia alguna”. Tengo por ahí un montón de apuntes, sobre todo de los amigos que han muerto, tanto dentro del país como fuera de él.

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Yo soy un tenor frustrado. Desde niño quise ser un tenor. Luché desde los doce años para que alguien me ayudara a conocer la música y me ensañara a cantar. En aquella época yo admiraba a un tenor ceibeño, Alberto Figuls. Era un tenor cuya familia era de origen catalán. Creo que vive aún en los Estados Unidos. Su hija es una contralto de muy buena categoría. Yo busqué a alguien, pero nadie me enseñó, nadie sabía música. Cuando me cambió la voz, de adolescente, imitaba con facilidad a Alfredo Kraus, Mario el Mónaco, y otros tenores de la época que yo imitaba de alguna forma.

Me gustan mucho las óperas de Richard Wagner, Rigoletto de Verdi. Los aclamaba, amaba la ópera y la sigo amando. La música que más me gusta es la música clásica. Me gusta lo mejor de lo clásico, como en la poesía, que me gusta lo mejor de cada poeta. Me gusta Mozart, es mi preferido, por su riqueza melódica. Luego Beethoven por su gravedad, fuerza y profundidad. De la sinfonía número 9 de Beethoven prefiero el tercer movimiento. Es increíble ese movimiento. Me gustan Tchaikovski, Bach y todos los grandes compositores. Pero también amo la música popular, amo la música tradicional nuestra. Admiro las canciones compuestas por Belisario Romero y Guillermo Anderson. Carla Lara, que es de una voz muy melodiosa, canta una canción de Anderson de corte internacional muy bella. En general admiro toda la música, pero especial la clásica. La sinfonía es como un gran libro. Sin embargo, la hermana gemela de la poesía, para mí, no es la música, sino la pintura.

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Yo admiro a los artistas. Admiro a Pablo Zelaya Sierra. Siempre que voy al Museo de la República voy a ver su cuadro “Las Monjas”. Es un cuadro excepcional y es digno de cualquier gran pintor mundial, aun de Velázquez. Hay otros pintores muertos: Aguilar, Rodezno, Aníbal Cruz, que tienen su obra, pero no tienen una obra que me deslumbre como “Las Monjas”.

Hay otros pintores actuales, vivos, que admiro: Padilla Yestas, Virgilio Guardiola, Tróchez, Juan Cony, Mario Mejía. Me preocupa escribir sobre ellos porque sólo tengo anécdotas muy desgraciadas, muy humanistas y a la vez muy tristes. Por ejemplo, Aníbal Cruz una vez me dijo: “Te invito a almorzar.” Había otros amigos invitados, sentados en la sala tomándose una cervecita, otros tomaban ron. Aníbal dijo: “Yo voy a cocinar… déjenme, no me molesten.” Pasó el tiempo, una, dos horas, y el almuerzo no aparecía. Entonces dijimos: “Vamos a buscar a este indio que nos invitó a comer, a almorzar, y se ha perdido.” Cuando llegamos al patio de la casa vimos que les estaba echando maíz a unas palomas de castilla, de esas gorditas. Le hablamos y él dijo: “Cállense, que estoy esperando que las palomas se acerquen para matarlas… ¿No ven que esta es la comida nuestra?”

Tengo numerosas anécdotas, todas ellas enmarcadas entre el dios Baco, el dios dinero y las dificultades de los artistas que sobreviven en un país como este. Estoy preparando otro libro titulado Mis amigos los pintores. Yo pensé que mis amigos pintores eran unos cinco, pero cuando me doy cuenta van como por setenta.

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También admiro a los escritores. Si escriben un buen libro, ya es un milagro; si escriben un buen poema, otro milagro; si escriben un buen verso, también es un milagro. Por eso los admiro y aprecio. Por ese poema y ese verso, les agradezco y les animo a que escriban.

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Yo soy de los pocos —y me vanaglorio— de ser amigo de todos los escritores de este país. Todos son mis amigos. No hay diferencias, nunca he tenido ninguna rencilla personal con ellos. A todos les tengo respeto, y ellos me respetan. Me respetan y eso ya es bastante. Eso es lo que pido. Los leo, los comento. Dentro y fuera del país yo hablo de los escritores. Yo, incluso, presenté una ponencia en Colombia, sobre las generaciones literarias en este país. En ella hablo de algunos de los más jóvenes, del 96, como José Antonio Funes, el más joven de aquella época (ahí termina la generación, ya no abarqué la generación última de los poetas jóvenes tanto de San Pedro Sula como de Tegucigalpa). Tengo ese trabajo donde especifico la vida y la obra de ellos. Por otra parte, la Generación del 50 trajo el rigor de la profesión a la poesía hondureña.

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Partiendo de mi época debo decir que éramos pocos los escritores; éramos poquitos y andábamos dispersos y divididos por los sentimientos políticos. Eran épocas de divisiones políticas en la que se pensaba que o eres o no eres revolucionario, en la que si no arriesgas la vida no tienes obra, si no eres de izquierda no tienes obra. Había que demostrarlo con poesía y con hechos; había que unir la palabra al hecho real. Los poetas de ahora, en cambio, no han tenido ese problema. Ahora el problema con los poetas es con la forma y con la definición espiritual.

La tendencia de la literatura actual, sin embargo, no es espiritual: hay más libertad del poeta para tener su propio yo. Antes se tenía un yo colectivo, ahora se tiene un yo individual. Esa es la gran diferencia. Sin embargo, yo los admiro a todos. Yo los he leído y todos aportan algo.

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Yo entiendo a los poetas jóvenes y los leo.

Si uno se despoja de prejuicios encuentra obras de arte completas.

Hay que desprenderse de aquello de “yo no lo conozco”.

Hay que leer, no para juzgar, sino para sopesar. Leer al autor, no por lo que es, sino por lo que llegue a ser. Autores que publican malos poemas, malos libros, vemos que con el tiempo publican una buena obra. Por eso debemos darle tiempo al tiempo y no apresurarnos a matar a una persona que acaba de salir. Es un delito hacer eso.

Mi actitud es de comprensión y tolerancia, porque no me siento maestro, sino uno más entre ellos.

Odio que me digan poeta, porque para mí poetas son Rubén Darío, Pablo Neruda y Eugenio Montale.

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Yo miro el futuro de la literatura hondureña de un modo muy optimista. Desde luego, no todo da esperanzas de mayores logros. He visto en muchos poetas el márquetin y, al hablar con ellos, se ve el poco estudio.

Adquirir una cultura literaria es cuestión de disciplina y de estudio continuo. Hay que leer todos los días. En todas las épocas ha habido poetas de gran calidad y narradores de gran calidad, porque atrás hay maestros que siempre te guían. Entre los narradores de Honduras, por ejemplo, están Roberto Castillo, Marco Carías, entre otros. Narradores más jóvenes como Roberto Quesada han confesado que han aprendido de estos autores que les han precedido. Lo mismo ocurre con los poetas. La cuestión se ha disparado en varias vertientes. Por ejemplo, en mi época éramos poetas políticos, pero ahora no. Mi grupo —Generación del 70— hemos buscado la trascendencia, escribíamos poesía epigramática, pero también poesía reflexiva, poesía de amor. Eso ha hecho nuestra poesía más interesante.

Los poetas jóvenes, aunque no busquen la influencia de los poetas nuestros, por lo menos asumen el rigor que se propusieron nuestros poetas y la disciplina que han tenido para desarrollar su obra.

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Voy a hablar de los jóvenes de Tegucigalpa. A estos jóvenes los admiro mucho. Primero, porque son solidarios. Tienen algo que no teníamos nosotros, que estábamos dispersos. En La Ceiba teníamos un grupo, “La Voz Convocada”, que sí éramos muy solidarios y amigos, pero no era frecuente. Esta generación nueva sí lo es. Incluso tienen sus propios estatutos, están bien constituidos, pueden viajar al exterior, consiguen ayudas, tienen sus propias orientaciones, su propia editorial y funcionan a la perfección con sus costumbres económicas del márquetin. Sólo que la poesía moderna exige de la complejidad al lector.

Del libro Muestra Poética de Los Novísimos, yo leí poemas de poetas que tienen una gran imaginación, donde se ve que buscan una poesía de pensamiento, una poesía reflexiva. Claro, todo depende del talento natural de cada uno, de la disciplina para tener obra.

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Cada poeta aporta algo, eso es lo que yo más admiro. Yo no juzgo al poeta por la vastedad de su obra, por sus libros. Yo lo juzgo, a veces, por un verso. Un buen verso que esté bien escrito, para mí ya eso es admirable.

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No hay que buscar la gran poesía hondureña en un libro total, ni en el pasado, el presente o el futuro.

La gran poesía hondureña siempre ha estado ahí.

 


JOSÉ ADÁN CASTELAR (Honduras, 1941-2017). Poeta y narrador, también ha ejercido labores en los ámbitos de salud, periodismo y gestión de archivos. El corpus principal de su obra está compuesto por una docena de libros de poesía: Poesía Ser (1961); Poema estacional (1966); Entretanto (1970); Memoria en mano (1976); Rutina (1981); Sin olvidar la humillación (1983); Andar (1985); Digo, no es un decir (1986); Pasión del claroscuro (1988); Tiempo ganado al mundo (1989); y También del mar (1991), que aunque no es una antología propiamente dicha, está configurado, con gran fuerza y unidad, con una selección de poemas ya publicados en otros libros; Rutina (1992); Rincón de espejos (1994); Laodamia (1999); Venus en el campo (2001); Cauces y la última estación (2006); y Poema Opus II (2016). Aunque la editorial Guaymuras le publicó en 1991 un cuento, La noche en que a Superman le cortaron las alas, su obra narrativa, reunida en dos libros, permanece inédita (uno de ellos, Actos de amor y otros actos contiene alrededor de cincuenta cuentos cortos). Dejó varios libros inéditos, incluyendo Nombrar, de poesía, Sin importancia alguna, que reuniría sus crónicas culturales, y Mis amigos los pintores, sobre el arte hondureño (ver La estratagema de la palabra). Ha merecido varios galardones: el premio “Iztam Na” de literatura en 1982; el Premio latinoamericano de poesía “Roberto Sosa” en 1986, el Premio Centroamericano de Poesía “Juan Ramón Molina” en 1988 y el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” en el 2003.

* Este “ensayo” está construido con respuestas de José Adán Castelar a un cuestionario elaborado por el poeta dominicano Fausto Leonardo Henríquez (1966). Deducimos que su publicación original se remonta a la década de 1990, pero ha circulado en distintas versiones en Internet y por más que intentamos determinar su origen no lo pudimos encontrar. A la sencillez de las preguntas de Henríquez, Castelar respondió con inusitada profundidad, mezclando memoria y pensamiento, generando así un texto que, como testimonio personal sobre su poesía y la poesía, vale por sí mismo. La Zebra ha suprimido las preguntas (cuyos temas están claramente integrados a las respuestas de Castelar), y ha reorganizado las respuestas en una secuencia más o menos lógica y con un encadenamiento más orgánico entre los pasajes, pero su contenido se presenta íntegro.