Jorge Ávalos: “Las ilusiones cautivas” (crítica de cine)

Una reseña de la película “Presos” (2015), del director costarricence de cine Esteban Ramírez.

Jorge Ávalos
La Zebra | #26 | Febrero 1, 2018

Presos, la más reciente producción cinematográfica del director costarricense Esteban Ramírez, es una película de difícil clasificación. Cuenta entre sus protagonistas a un hombre en prisión, pero no estamos ante un drama carcelario. Tampoco es un melodrama, aunque la historia se centra en una joven cuya situación social y emocional se juntan en un entramado con suficientes complicaciones como para romper en lágrimas al público si el director hubiese elegido seguir ese camino. Además de estos dos personajes hay uno más, el novio de la protagonista. Es claro, desde el principio de la historia, que entre la joven y el hombre en prisión se establecerá algún tipo de relación. Pese a ese triángulo amoroso, Presos no es una historia romántica.

El enigma de la identidad de Presos —en cuanto a su género y su aspiración artística y social— se revela en su máxima definición de una manera curiosa, durante los títulos después del final de la historia, cuando se hace explícito que esta película es un homenaje de Esteban Ramírez a su padre. Víctor Ramírez fue un pionero del cine de la región, que realizó, en 1973, un documental sobre las cárceles de Costa Rica y la situación de los reclusos, quienes describen el lugar como “una escuela del crimen”. No es una sorpresa que este documental se titule Los presos. De hecho, las escenas de la prisión en la más reciente incursión cinematográfica de Esteban Ramírez parecen ser bastante fieles a la realidad. Según una nota al final: “Las escenas de cárcel se filmaron entre marzo y junio del 2014 en el Centro Penitenciario activo de San Rafael (Puesto 10), con la actuación de sus privados de libertad y custodios”.

Los preciosos momentos del clásico documental Los presos, seleccionados por el director para acompañar la lista de los créditos, nos muestran cuánto han cambiado las condiciones de las cárceles. En apariencia, al menos, han mejorado. Uno de los hombres entrevistados por Víctor Ramírez en la prisión nos da esta aguda reflexión, tan válida en la década de 1970 como en la de 2010: “No culpo directamente a nadie. Me culpo a mí mismo. Pero sí sé que si me hubieran orientado en un tiempo preciso no fuera lo que hasta el momento soy, un prisionero, un hombre que no vale nada. Pero que al mismo tiempo, dentro de mi propia persona, creo que soy un hombre igual a todos.”

La virtud de Presos es que aparta su vista de las condiciones de la cárcel como tema, y nos pinta, en cambio, dos retratos: el de un preso y el de una joven mujer que se enamora de él. Ambos están “presos” de alguna manera. Jason (Leynar Gómez) cometió un delito y está pagando su pena en una prisión. Victoria (Natalia Arias) vive una vida marginal porque sus posibilidades de crecer y realizarse son muy limitadas: un trabajo de salario mínimo y el matrimonio. Tiene un novio, Emmanuel (Daniel Marín), que la ama y quiere casarse con ella. Su familia y amigos la presionan para seguir este camino: el de convertirse en la mujer de un buen muchacho, trabajador y atento, que no espera de ella nada más que una esposa fiel que le garantice su felicidad doméstica. Las dudas de Victoria ante su futuro, que le generan tensiones con su novio y su propia familia, no son suficientes para impulsar un drama. El drama de Victoria, más bien, emana de su carácter. Lo provoca su lucidez: tiene conciencia de su situación social, conoce bien los límites que la sociedad le ha impuesto y lo resiente.

El esfuerzo del director, se orienta, así, hacia una práctica estética que el cine latinoamericano, más que cualquier otro, ha mantenido viva por casi 80 años: el neorrealismo, el cual concentra mucha de su atención en el retrato de los marginados y las clases pobres en las urbes. Y es tan puro el uso de esta estética, que es posible comparar Presos con las películas italianas de la década de 1940. Centroamérica está colmado de temas, personajes y cosas por contar a través de la literatura, el teatro o el cine, pero esto obliga a sus artistas a considerar el dilema propio del subsdesarrollo y sus desfaces históricos. Por un lado, está el deseo perenne de los creadores de sumarse a las corrientes estéticas globales de la actualidad, más inclinadas a la alegoría, la experimentación estructural y las narrativas ajustadas a fórmulas genéricas (el policial, la ciencia ficción y la comedia romántica, por ejemplo). Por otro lado, está el tirón de nuestras realidades, que nos ubican en un plano histórico de retraso económico y social, y demandan de los creadores afrontar temas sociales y políticos de difícil solución.

Ramírez resuelve este dilema por medio de una fusión de géneros: Presos combina el planteamiento de un drama romántico con la resolución de un thriller (una historia de suspenso), que utiliza de manera muy efectiva la textura visual y el entramado social propio del cine neorrealista. No soy el primero en señalar este sincretismo. Cuando Presos fue admitida como una película contendiente de los premios Oscar en el 2015, Jonathan Holland, de la revista Hollywood Reporter, la reseñó y se aproximó a una conclusión similar:

A las metáforas, que en otras culturas se han desgastado por el uso excesivo, se les concede, en ocasiones, una inesperada vida nueva en el cine latinoamericano. Así sucede con Presos, una película acerca de —así es— una joven que se siente encarcelada dentro de su propia existencia. Por fortuna, las objeciones se quedan en el título: este es un thriller tenso y bien realizado, con un fuerte componente de crítica social, que no carece de defectos, pero cuya energía y actuaciones ayudan a compensar su obviedad temática.

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La obviedad de la premisa —seres cautivos en sus circunstancias— se traduce en un guion (escrito por Walter Fernández y Esteban Ramírez) con una sólida y muy precisa estructura dramática. El aspecto estructural es interesante en cuanto logra sostener la atención del espectador por medio de historias paralelas que toman una nueva orientación y siguen un curso directo hacia una colisión, hacia un choque de realidades, cuando la atracción sexual entra en la mezcla.

Cada uno de los protagonistas vive su propio drama desde las burbujas de sus circunstancias. Desde la perspectiva de Victoria estamos en una historia romántica, un triángulo amoroso que se resuelve a favor de su relación con Jason, el prisionero. Desde la perspectiva de Jason estamos ante una historia de intriga, que él sólo puede resolver integrando a Victoria a su peligroso mundo, convirtiéndola en una cómplice de sus actividades de narcotráfico. El suspenso de la historia, por lo tanto, no se sustenta sólo en la narrativa criminal, sino en cómo se dará el choque inevitable de los mundos de ambos personajes.

El personaje de Victoria está muy bien trazado desde el inicio, aunque esto se deba más a la creación actoral de Natalia Arias que al guion en sí. Lo que la actriz le proporciona al personaje es una personalidad anhelante, deseosa de ser alguien. Por muy clisé que esto parezca, Arias proyecta esto con una sinceridad profunda y verosímil en todo momento. Esa sinceridad se torna crucial cuando, en la escena final, se ve obligada a confrontar la fuerza de sus deseos contra el poder de la realidad.

Desde las primeras escenas conocemos el contraste entre la actitud de Victoria, llena de vida, y la de su novio, Emanuel, un ser comprensivo y pasivo, pero también ingenuo. Ella quiere salir a bailar, él no. Ella lo convence de salir, y al final él se deja llevar por ella. El contraste de las dos personalidades acaba allí. En la siguiente escena los vemos bailar juntos y la fiesta los conduce a una escena amorosa que sí fluye con la situación, pero que al fin y al cabo se siente predecible. ¿Por qué? Porque el director establece posibilidades dramáticas para la tensión a partir del contraste de las dos personalidades, y luego las apaga al seguir la ruta de mayor contención emocional, lo cual también significa que las secuencias se mueven con una mínima tensión dramática. Se trata de una elección estética: es una historia que se cocina a fuego lento. Es como si Ramírez, como director y guionista, está siguiendo el camino opuesto de su primera película, Caribe (2004), a la que se le reprocharon sus excesos melodramáticos.

El contraste más interesante es el que ocurre entre la revelación del personaje de Jason con el de Victoria. No se trata sólo de un contraste de personalidades y estilos de vida, sino también de atmósferas. A él lo vemos, dentro de la prisión, embarcado en actividades criminales, embaucando víctimas por medio de llamadas telefónicas (sus víctimas, por cierto, se oyen demasiado ávidas de ser estafadas). A ella la vemos buscando un trabajo y así llega al momento más luminoso de su personaje: rechazada por la secretaria de una empresa por no tener un diploma de bachillerato, se encuentra con el jefe, se lanza hacia él y le dice: “Si usted me deja hacer esta entrevista y no soy lo que usted está buscando, solamente va a perder cinco minutos de su vida, pero si no me deja hacerla y soy lo que necesita, yo voy a perder una gran oportunidad”.

Victoria no obtendrá un puesto en la empresa por su experiencia ni por su educación, sino por su personalidad. Es el trabajo con Jairo lo que al final conducirá a Victoria hacia su encuentro con Jason, debido a una deuda personal del primero hacia el otro.

Si la fuerza del guion radica en el entrelazamiento astuto de dos géneros —el thriller y el drama romántico—, su debilidad más evidente está en los diálogos, que no tienen ni la chispa de las intuiciones ni el brillo del ingenio que necesita tener el lenguaje coloquial en el cine. Es verdad que el director busca el realismo, pero la ausencia de pericia dramatúrgica se hace evidente cuando, con demasiada frecuencia, los personajes hacen declaraciones que ni avanzan la historia ni revelan nada acerca de sus personalidades. Aun así, tanto el director como los actores han trabajado con ahínco en profundizar el subtexto de cada escena, las intenciones y motivaciones que entrelazan las vidas de estos personajes.

La primera escena entre Victoria y su futuro jefe, Jairo (Alejandro Aguilar Vásquez, el actor colombiano conocido por su papel en la serie Rosario Tijeras), es otro pasaje lleno de potencial que también salta hacia otra escena sin brillo, pero que contiene un intercambio clave.

“Se siente tan mal estar mintiendo”, dice Victoria, después de confesar que le había dicho a su familia que ya había obtenido una entrevista de trabajo.

“A veces no queda de otra”, le dice Jairo.

Durante el resto de la película, Victoria no tendrá otra manera de mantenerse a flote que a través de una cadena de pequeñas mentiras que dirá a su novio y su familia. Pero ninguna de esas máscaras y disimulos cotidianos serán tan graves como la gran mentira que Victoria se dice a sí misma: que su relación con Jason, el preso, es de amor. Victoria no es tanto una prisionera de la sociedad como tal, sino de sus ilusiones. Este es el núcleo de inminente tragedia al centro de su vida.

La apuesta del director a favor de la contención dramática cumple su cometido durante el último minuto de la película, el cual se concentra en el rostro de Victoria durante el momento más transformativo de su vida, el del encuentro con su verdad.

Presos es un largometraje digno de verse. Nominada a los premios Oscar, en su edición 88, es una de las contadas películas centroamericanas que ha alcanzado una extensa distribución internacional. Las actuaciones de los dos principales protagonistas, Natalia Arias y Leynar Gómez, crean personajes que apelan a la empatía del público. Arias, sobre todo, nos ofrece una de las mejores actuaciones para cine que la región nos ha dado. Con cada una de sus películas —Caribe, 2004, Gestación, 2009, y Presos, 2015— crece a grandes saltos el profesionalismo y la madurez del director, Esteban Ramírez, quien se está construyendo una de las trayectorias más sólidas en el cine de ficción de Centroamérica.

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Ficha técnica

  • Dirección: Esteban Ramírez
  • Producción: Cinetel S.A. / Proyección Films
  • Guion: Walter Fernández, Esteban Ramírez
  • Música: Bernal Villegas
  • Fotografía: Paulo Soto
  • Elenco: Natalia Arias (Victoria); Leynar Gomez (Jason); Daniel Marin (Emanuel); Fredy Alexander Aguilar (John Jairo); Freddy Viquez (Tanque); Jennifer Sánchez (Priscila); Fernando Vinocour (Joaquín)
  • País: Costa Rica
  • Año: 2015
  • Estreno: 14 de mayo de 2015
  • Género: Drama
  • Duración: 97 minutos
  • Idioma: Español
  • Ver todos los créditos en IMDb

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com