Jorge Ávalos: “Ese feliz iconoclasta llamado René” (memoria)

Un recuerdo y una reflexión sobre los orígenes literarios y temperamentales del poeta René E. Rodas (1962-2018), y su generación.

Jorge Ávalos
Arte de Carlos M. Barrios
La Zebra | # 36 | Diciembre 1, 2018

Guerra y exilio son palabras hermanas. Las distancias que separan la realidad de ambas circunstancias tienen un solo puente: la memoria. Bajo ese puente, corre el agua del olvido y la muerte, y al cruzar ese puente para esquivar el horror, sólo nos salva la poesía.

René Rodas y yo nos conocimos en 1984, y, en ese entonces, sólo en encuentros casi furtivos. Él colaboraba con la revista Taller de Letras, tenía entre sus amigos a los mismos amigos que yo tenía en el teatro y en las letras, e incluso llegamos a enamorarnos de la misma mujer, y al mismo tiempo. Dos años mayor que yo, a sus veintiún años René saltaba del cuento al teatro, y de la crítica a la poesía sin tomar aliento. Sus primeros poemas fueron, como él, textos ocurrentes desbordantes de un humor infantil. Entre sus primeros poemas había uno en el que un personaje llega a un restaurante y pide un platillo salvadoreño tras otro, sin encontrar nada disponible. Al fin, se resigna a pedir una hamburguesa y papas fritas. Cuando le responden que esto sí hay, él contesta: “Okay”.

Este poema no sólo es divertido por sí mismo, en parte por ser bayunco (una palabra que no vas a encontrar en el léxico crítico, pero es la única y la más exacta que se me ocurre), sino por dos razones que explican a René en cada período de su desarrollo. Por un lado, él tenía la convicción de que este era un poema de corte político que ejemplificaba la presencia del imperialismo cultural en El Salvador. Aunque se equivocaba, su convicción, y esto es lo que importaba, era inamovible. Por otro lado, ese poema era su rutina real cada vez que entraba a un McDonald’s de San Salvador: torturaba a los empleados, inseguros de si reírse o no, pidiendo la lista entera de platillos autóctonos salvadoreños antes de decidirse por una hamburguesa y papas fritas. Cuando los tímidos empleados suspiraban porque, al fin, podían satisfacer al cliente, él decía: “Okay”.

Años después, en Toronto, cuando René —por fortuna— ya se avergonzaba al recordar ese poema (su gesto de vergüenza consistía en mirar al cielo por sobre su hombro derecho y acariciarse la barba con simulada indiferencia), lo amenacé con incluirlo, después de su muerte y con ese texto, en la gran “Antología de los peores poemas escritos en la historia”. Aunque no lo crean, todavía guardo el recorte de ese poema, porque cada vez que me topo con él, me hace reír. Pero este día, 1 de diciembre de 2018, cuando escuché la noticia del fallecimiento de René en Xalapa, México, ya no me atrevo a buscarlo, y me tengo que conformar con citarlo.

Un amigo, el poeta Gustavo Pineda, me confesó que la noticia de la muerte de René lo hizo romper en llanto. También a mí. “Son los recuerdos compartidos, tantas risas y tantos pleitos estúpidos”, le dije. De todos estos recuerdos los más estúpidos son las “historias de faldas”. Y sin embargo no puedo evitar esos recuerdos porque, en su momento, fueron los más dramáticos. Fuimos inmaduros y ridículos, ahora lo veo, pero trascendimos nuestro tiempo y nuestras diferencias con la poesía. Sólo con la poesía. Me encanta, por ello, la descripción que hace de él Gustavo: “feliz iconoclasta eras, bohemio y humano hasta la última hebra de tabaco hecha brasa en la oscuridad de la madrugada de la guerra.”

René teatro
Obra de teatro “Los de la mesa 10” de Oswaldo Dragún. De izquierda a derecha: Blanca Contreras, René E. Rodas, Edwin Pastore, Rubidia Contreras y Yanira Contreras. Auditorium del ITI, San Salvador, 1987. Foto: cortesía de Edwin Pastore.

A veces, lo que une a los amigos, también puede separarlos. Ambos, René y yo, nos enamoramos, al mismo tiempo, de la misma mujer. Y quien la recuerde entenderá el porqué de nuestro melodrama: hablo de la actriz Yanira Contreras. No fuimos los únicos que nos enamoramos de ella. Bonita a la manera de Blancanieves, de pelo muy negro y piel muy blanca, de sonrisa ingenua y mirada dulce, Yanira fue una epidemia que provocó graves trastornos en la comunidad universitaria e intelectual de entonces. Poemas épicos ardieron por ella. Debe haber un suicidio o dos en su nombre, y quizás más de algún romántico se unió a la guerrilla creyendo que con un gesto heroico la podría conquistar. René la siguió con tenacidad desde 1984. De hecho, siendo muy mal actor, se metió al teatro de la Universidad de El Salvador para acercarse a ella. Le escribió poemas de amor que ni siquiera se atrevió a entregarle, y después de marcharse al exilio a México, terminó yéndose a Toronto, Canadá, justo donde ella estaba. Allí, ella lo rechazó. Entonces, esquivo como un duende, aparecí yo. Y el mismo día que llegué a Toronto, en la primavera de 1990, la conquisté.

Por intervención de Carlos Santos, había encontrado alojamiento en el dormitorio de René. Cuando él se enteró que Yanira y yo nos habíamos convertido en pareja, perdió la compostura y provocó una acalorada discusión pública en un restaurante. Un día después de esa tensa reunión, René me invitó a su programa de radio, el cual se transmitía en vivo desde la Universidad de York. Le pedí agua cuando entré a la cabina. Él salió y regresó con un solo vaso de agua y lo colocó bajo su micrófono. El programa inició. En medio de la entrevista, me subí sobre la mesa, le quité el vaso de agua y me lo bebí todo de una vez. En el aire, me acusó de ser un “imprudente” y me trató como a un niño malcriado. La conversación continuó, pese a todo, y cuando me dio espacio para leer poesía, leí una serie de poemas eróticos “inspirados”, como dije al micrófono, “por la bella actriz salvadoreña Yanira Contreras”. Afuera, las carcajadas de Carlos Santos eran tan fuertes que penetraron, como ecos admonitorios, a la cabina. René se enrojeció, pero no dijo nada más. Al final, cerró el programa acusándome de haber “erotizado peligrosamente” su programa de radio. Cuando la transmisión terminó, y antes de que saliéramos de la cabina, me rodeó con el brazo y me dijo: “Te perdono”.

Cuando me reencontré con René, ya en la década del 2000, le pregunté por qué no me había buscado apenas llegó a San Salvador. Me recordó la “imprudencia” de mi relación con Yanira. Cuando le recordé que él ya me había “perdonado” por eso, él respondió: “¡Sí, pero entonces no sabía que habían cogido sobre mi colección de libros de Ezra Pound!” Hablaba en broma, sí, pero también hablaba en serio. En verdad, nunca me perdonó por eso, sobre todo porque no pude negarle que Yanira y yo habíamos hecho el amor sobre su sagrada colección de libros de Ezra Pound. “Hicimos el amor sobre un lecho de libros de poesía. ¡Qué hay más poético que eso!”, le reclamé.

En realidad, Yanira lo quiso a él tanto como a mí, pero de una manera muy distinta. A mediados de 1990, ella adaptó su poema Civilvs I Imperator al teatro, y lo montó bajo la dirección de Carlos Santos. Yo estuve entre el abundante público de esa noche. El rostro de René brilló mientras veía a Yanira en escena pronunciando sus versos. Esa noche se sintió correspondido. Al final de la presentación, me acerqué a él y le dije: “Fue increíble: tu texto y el montaje, ¡increíbles!”. Era el momento para darnos un abrazo. Él, en cambio, miró al cielo por sobre su hombro derecho y se acarició la barba con simulada indiferencia.

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De izquierda a derecha: los poetas Carlos Santos, Jorge Ávalos y René E. Rodas, y el actor hondureño Walter Krochmal. Universidad de York, Toronto, 1990.

Tanto René como yo fuimos transformados por la amistad que desarrollamos con Ricardo Lindo y con Carlos Santos. Mi lista de hermanos de la palabra termina allí. René también incluiría en esta lista a Francisco Andrés Escobar. Estoy convencido de que si no hubiese habido una guerra, el camino de la poesía en El Salvador en nuestra generación habría sido el que comenzamos nosotros en esos años. La llamada “generación de la guerra” —en la cual nunca nos incluimos—, es, en realidad, esa generación huérfana de maestros que comenzó a escribir al final de la guerra, y que fue más influida por el idealismo de la nueva trova cubana, que por una tradición poética más firme y profunda. No vivieron ese ciclo de rompimiento con los padres y de renovación concertada de la palabra poética que vivimos los que habíamos nacido una década antes.

Antes de la guerra, la poesía salvadoreña se había cerrado en los límites de una poesía coloquial y discursiva. Una poesía fácil e intrascendente, en muchos sentidos. Quienes hayan tenido acceso a la antología de Horacio Castellanos Moya, La margarita emocionante (1979), sabrán a qué me refiero. Los que trascendieron esa etapa, como Miguel Huezo Mixco, por ejemplo, fueron los que superaron esa corriente coloquial de la poesía. Con su conocimiento y sus lecturas, Ricardo Lindo no sólo nos ayudó a apartarnos de esa tendencia, sino también de otra, que era peligrosa porque podía hacernos conformistas, la del neoclasicismo (a la que, sin embargo, respeto en la voz tan pura de Carmen González Huguet).

Esas lecturas formativas incluyeron a Salvador Espriú, a Jorge Luis Borges, a Saint John-Perse, a Ezra Pound, a Carlos Martínez Rivas, a José Lezama Lima y a otros. Durante años, mientras yo vivía en Nueva York, René me escribía para que le enviara traducciones al español de Saint-John Perse, de Pound y de otros. Yo creaba libros piratas sólo para él. Algún día la crítica literaria verá cómo hay ecos y coincidencias entre las obras de René, de Carlos y la mía, y en los lugares más inesperados. Yo puedo buscar y señalar en esos poemas dónde se encuentran esos ecos, y puedo contar la historia de cómo y porqué ocurrieron. Y, además, de cómo y porqué, a pesar de tener orígenes tan similares, terminamos con obras tan divergentes. Y, en última instancia, de por qué, pese a tomar caminos tan divergentes, construimos obras aunadas por un mismo espíritu clásico, en el sentido de que profesamos una pasión por la escritura de una poesía de palabra precisa y sostenida por la imagen y por un lenguaje complejo de símbolos.

La tradición discursiva y coloquial en la que había caído la poesía salvadoreña en la década de 1970 fue incapaz de enfrentarse a la guerra. Nosotros —Carlos, René y yo—, afrontamos la realidad de la guerra, la miramos a la cara y la describimos con precisión, pero sin apartarnos del impulso lírico que nos trazamos desde el inicio. Hay procedimientos que se repiten en uno y en otro poeta. En algún momento decidimos que si el instante poético ya estaba en el mundo, como aseguraba José Gorostiza, entonces podíamos salir a la calle y bosquejar, como un dibujante y en unas cuantas líneas, esa poesía. Esto exigía un doble arte: el de atrapar el momento poético, vivo en el mundo, con la mirada aguda y personal del autor; y el de definir con precisión poética lo que descubríamos. Así es como René escribe “La ciudad”, y yo “Bazar”, bocetos de personajes en las calles de la ciudad. Aquí René, con su exactitud periodística:

Puta

No es dueña de su esquina. No tiene cama propia. Los cigarrillos son fiados. La noche es un cronómetro en su contra. Su cuerpo pide que la muerte sea hombre.

Y yo, por mi parte, incapaz de contener mi fantasía narrativa:

La puta

Hoy duerme sola y feliz. Se ganó la lotería.

En 1984, la poesía de René y la mía se parecían mucho. Si comparamos los dos poemas siguientes, el idéntico procedimiento a la base de ambos textos se hace evidente, y también ejemplifican con bastante dramatismo el exteriorismo psicológico, si es que puedo llamarlo así, que sirvió como nuestro punto de partida, y del cual René y yo nos apartaríamos después para buscar formas más complejas de expresión. Este es René:

Te veo, admonitorio, inclemente,
sacándome los dientes con un hilo.
Te recuerdo como una sombra inmensa,
amenazando mis miedos,
llegando puntual
a pisotear mi risa
como un verdugo responsable.
A veces también te veo como cuando
me alegraba verte.
Cuando eras el más bueno
de los malos padres.
En ocasiones al recordarte
sólo oigo un látigo ciego que golpea.
Otras veces dejo de recordarte,
y al ver esa fotografía
donde apareces de frente y muy serio,
con esa cara de quien ha alcanzado
sus módicos sueños,
me doy cuenta
que el olvido es el traje que mejor te sienta.

(“Homenaje”, 1984)

Y este es un poema mío de 1981 (increíblemente, porque como decía Ricardo Lindo, que lo publicó, es difícil entender cómo un muchachito de dieciséis años había podido escribir este poema, y a mí también me sorprende ahora releerlo):

“Desprecio la poesía”,
me dijiste.
Recogías mis libros,
mis manuscritos.
Los agrupabas con la culata
de tu arma,
con tus botas,
para darles fuego.
Ignorabas
que al desafiarme así
yo te situaba
en una prisión de palabras
y te negaba un rostro
desde entonces,
y te negaba un nombre
para siempre.

(“Palabras”, 1981)

Ambos son poemas realistas y están enmarcados por el dibujo preciso de una situación circunstancial y autobiográfica, pero no se trata de un exteriorismo superficial, pues ambos poemas logran, además, proyectar una dimensión psicológica. Esto es rarísimo en la poesía salvadoreña de entonces, y es innovador si se mira hacia el pasado. Pero en estos y otros poemas que escribimos a partir de entonces también nos aproximamos al terror desde los símbolos, y de allí que haya coincidencias evidentes debido al uso de un imaginario común. Aunque nos leíamos mutuamente, los ecos en nuestras respectivas obras provienen del uso de un imaginario simbólico universal (fuimos y somos lectores asiduos de Jung, Frazer y Pound). He aquí un poema mío:

Huyendo de la ira de sus padres,
desnudo y temeroso,
un hombrecito con ojos de paloma
vuela en la sombra ciega de la noche.
Sólo la risa de un gato lo detiene.

(“El miedo”, 1984)

Y un fragmento de un poema de Carlos:

Convertidos en fantasmagorías,
breves gatos enjuician mi sobresalto.

(“Navegaciones en la calle Lincoln, 1986)

Y de René:

Y nadie mejor que un gato sabe ser lo que es,
sectario e inalcanzable como la belleza.

(“Diario de invierno”, 1990)

Los tres —Carlos, René y yo— desarrollamos una pasión desmedida por la imagen, y con el fin de darle énfasis a la imagen, también desarrollamos una enorme disciplina para que el poema se sostuviera con una palabra depurada, sin excesos de ningún tipo. Si nuestra poesía le pareció inaccesible o hermética a muchos lectores no nos importó en lo absoluto, porque no podía preocuparnos. Hicimos con la palabra poética lo que tuvimos que hacer. Lo interesante es notar cómo y con cuáles procedimientos poéticos destruimos cualquier rastro de coloquialismo. Aún más interesante fue lo que ocurrió después: cómo, al limpiar nuestra poesía de los elementos tóxicos de la década de 1970, encontramos nuestras voces, llegamos a dominar el poder de la imagen y aprendimos a articular, de forma conjunta, imaginarios históricos y simbólicos.

Carlos Santos descubrió una manera de tratar la verdad histórica como si fuese un arqueólogo de la imagen, y así, La casa en marcha muestra el arco de su autobiografía durante la guerra y el exilio, al mismo tiempo que representa, como en un museo de imágenes, el arco histórico de la guerra. René aprendió a crear espacios alegóricos para representar, dentro de ellos, con personajes y panoramas narrativos, los períodos de su trayectoria vital —“La ciudad”, el invierno del exilio en Toronto, el “museo de la nada” sobre el desencanto de la posguerra, etc.—. Yo descubrí, en palabras de Carlos, un doble proceso: la experiencia poética es internalizada y destruida en mi conciencia, para restaurarla en el poema, como ocurrió con El cuerpo vulnerado, un texto en el que “desaparezco” un largo poema —en respuesta a la existencia de los desaparecidos políticos—, sólo para reconstruirlo después por medio de fragmentos recuperados de mi memoria en una búsqueda imposible y en un intento vano de reconstruir el poema perdido.

El 3 de julio de 1990, cuando yo estaba de regreso en Nueva York, René me escribió una carta apasionada sobre la poesía. En el siguiente fragmento, que Ricardo publicó en la revista ARS un año después, René habla de mi libro El cuerpo vulnerado, pero yo creo que él habla, además, por nuestra generación, la de Carlos Santos y la mía, al describir el lugar de la poesía en el momento histórico que vivíamos durante la guerra, una poesía que debía ser tan viva como visionaria:

Un “Cuerpo Vulnerado”, sí, pero lleno de ojos, que nos da su canción y comienza a redimirse en el momento justo de buscar en la palabra la fórmula para conjurar sus fantasmas. Ojos cargados de espanto y de asombro, de desencanto: asisten desde el indecoro de su lucidez a la lenta agonía de un mundo que amortiza su peso de muerte con artificios macabros que remedan la verdad y pervierten la auténtica vida.

Ojos que lo han visto todo. Que viven en el límite, con el horizonte encajado en las pupilas; de ahí que linden con la ceguera, con la disolución del sentido —sentido de la vista y sentido del mundo—, y que necesiten de una carga absoluta que dé cuenta de esa absoluta insensatez que perciben.

Por su condensación y su limpieza, tus versos tienen el poder de sugerencia que necesita tan agobiante realidad. Las emociones quedan vibrando en la conciencia de quien los lee y dejan un rescoldo de esperanza, apenas advertida, que se presiente, pero que impregna con su calor toda la imagen.

La poesía de René E. Rodas no es una poesía de la “diáspora” o una “poesía de exilio”, tampoco se amolda a la producción de lo que algunos llaman la “generación de la guerra”, porque no cabe en una de las casillas dispuestas a priori por los historiadores, casillas tan convenientes para los que no son capaces de enfrentar la intensidad, la profundidad y la fuerza desbordante de una poesía que trasciende su propio tiempo porque se arraiga con la verdad en él. La poesía de René representa el verdadero camino que tomó la historia de la poesía salvadoreña hacia el final del siglo XX, el camino que necesitaba tomar. De esto fuimos testigos sus compañeros de letras: Carlos Santos, Gustavo Pineda, Ricardo Lindo y yo. Negar esto es negarle a la poesía salvadoreña su verdadero nombre y signo durante la guerra. Como escritores conscientes del tiempo que nos tocó vivir, nunca hablamos de los motivos al uso, ni de la “esperanza” ni de la “gesta heroica” ni de futuros más prometedores, porque la verdad no nos ofreció nunca esas posibilidades, y en nuestra poesía sólo había lugar para la verdad. Bajo el paraguas mágico de Ricardo Lindo, fuimos “los muchachos de la lluvia” de los que habla Gustavo. El agua de la historia cayó en torrentes, como un canto, y con plumas de acero escribimos páginas inolvidables de amor y de belleza. Eso creo. Y así sea, mis muchachos.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.