Álvaro Rojas Salazar: “Niños de un planeta extraño” (crítica)

Una lectura comparativa entre Moronga, la más reciente novela de Horacio Castellanos Moya, y un cuento clásico de Salarrué.

Álvaro Rojas Salazar
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

1933, de Metapán a San Pedro Sula; 2017, de Guatemala a Wisconsin. Migrantes, miedo, la venta de un fonógrafo; la investigación del crimen de un poeta, Dalton; los ladrones, un tiroteo en zona comercial, el padre que nunca ha abrazado a su hijo, la venganza de una banda de narcotraficantes; Goyo Cuestas y su Cipote, los Aragón; no es la guerra, es la tragedia.

Un padre y un hijo caminan en medio de la naturaleza salvaje de Centroamérica para llevar un fonógrafo desde El Salvador hasta Honduras, país donde no conocen estos aparatos y en el que, además, se supone hay mucha plata. El miedo y el “yelo” los hace unirse, acariciarse por primera vez, son pobres, luchadores; un cigarro que se quema en la noche selvática del Chamelecón  profundo basta para atraer a la muerte, la que se los llevará después en los picos de los pájaros, en la boca de los animales; tal y como lo había advertido el cura de Santa Rosa.

Por su parte, moronga significa morcilla, embutido de sangre de puerco; y por extensión y semejanza: órgano sexual masculino. También, por analogía, se le puede apodar así a un centroamericano de baja estatura, morenito, empacado, testigo protegido de las autoridades federales de los Estados Unidos con las que colabora para esclarecer crímenes de narcotráfico.

“Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar chingastes de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado olisco.

—Te digo ques fológrafo.

—¿Vos bis visto cómo lo tocan?

—¡Ajú!… En los bananales los ei visto…

—¡Yastuvo!… La trompa trabó.

El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras. Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño.”

Al poeta Roque Dalton lo asesinaron sus compañeros de lucha. Dalton era de izquierda y no lo mató la derecha, tampoco el ejército. En 1975 a él lo acusaron, como tantas veces ocurrió en esos grupos, de ser agente de la CIA, y por eso lo eliminaron. Una traición que en verdad implicó otra traición, o muchas traiciones, muchas maldades, como las que pueblan la obra de Castellanos Moya, o uno de los Cuentos de barro de Salarrué.

“Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres… Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja —como en los tiempos primitivos— tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.”

Erasmo Aragón es un profesor que se va a los Estados Unidos a investigar la muerte de Dalton, a leer unos archivos desclasificados por la CIA; al emprender ese viaje y esa búsqueda se encontrará en medio, no de una intriga política propia de los tiempos de la Guerra Fría, sino de los desechos humanos, de las vidas malogradas de centroamericanos pobres y ansiosos que sobreviven y delinquen en las entrañas de una sociedad puritana y policial, en las entrañas de los Estados Unidos.

Los ladrones de Salarrué son rudos, toscos, hombres de montaña que tienen la sensibilidad de llorar después de matar a los viajeros, parecen habitantes de un lugar raro, se ríen, piensan “duro”. El cipote tuvo miedo, Goyo quería plata, tal vez una vida mejor, a él, como a tantos hombres, le incomodó ser cariñoso con su hijo varón, eso lo hace casi a la fuerza, sin quererlo, en su última noche vivo se le salió el cariño que llevaba empozado en su “pecho pestífero”, y se le salió bien. En su abrigo se le murió el muchacho.

Erasmo forma parte de los Aragón, la familia con la que Castellanos Moya ha construido parte de su universo literario; él es hipocondriaco, medio paranoico, toma alcohol y por las noches consume ansiolíticos, tiene casi cincuenta años, es lujurioso, se enreda en sus propios mecates, no siempre termina a satisfacción sus relaciones sexuales, ve pornografía, le carcome la culpa de una hija abandonada y el fracaso de sus relaciones sentimentales más duraderas; también, se me olvidaba decirlo, su madre lo molesta los domingos por la mañana llamándolo para pedirle dinero y contarle sus miles de padecimientos personales, reales o inventados.

Una guitarra, “un hombre de voz fresca”, “una canción triste”, suavizaron el corazón de los asesinos del mismo modo que el miedo del muchacho ablandó el pecho de su padre. En la literatura y en la vida, por lo menos en Centroamérica, parece prohibido tener ilusiones; simplemente no se puede, ni en El Chamelecón violento ni en los Estados Unidos; los migrantes no se pueden ilusionar, ni en Semos malos de 1933 ni en Moronga de 2017.

En ambos casos, son los hilos de la tragedia los que hacen que se encuentren y toquen los destinos de vidas que se malogran; y como casi siempre ocurre con las novelas de Castellanos Moya, terminamos Moronga con una sensación de asfixia, con una idea espantosa, la que nos sopla al oído eso: cuando una sociedad transgrede ciertos límites no hay vuelta atrás, por cualquier camino que sigan los supervivientes lo que encontrarán siempre será lo mismo, la traición, el asco, la violencia, el fracaso, los restos de una guerra que se lleva en la memoria.

Pero mucho antes de la guerra de los años ochenta ya era así, por lo menos también lo fue en el cuento “Semos malos” del extraordinario escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, es mentira que sus asesinos gocen de libre albedrío. La tensión que él construye con un lenguaje popular y áspero, las advertencias de un cura, los peligros de la selva hondureña, el miedo que sienten los viajeros de ser descubiertos por los ladrones, no nos dejan ninguna duda del violento fracaso que sufrirá la empresa de Goyo Cuestas, ni él ni su cipote tienen posibilidades de salir vivos de su aventura por El Chamelecón. “Semos malos” es un cuento costumbrista, principalmente por su lenguaje, y también es un cuento trágico.

Moronga, que solo en apariencia es una novela policíaca, en realidad es una novela política, y también una novela trágica. Ella nos ayuda a comprender, teniendo como telón de fondo la historia de Centroamérica, fundamentalmente la de El Salvador y la de Guatemala, cuál es el lugar de donde proceden los miembros de las maras, de qué está hecho el demonio que lleva adentro una niña guatemalteca hija de padre incierto y de una prostituta asesinada por venganzas de narcotraficantes; nos enseña cómo la guerra de los años ochenta puede reaparecer en los recuerdos atormentados de salvadoreños solitarios que se anestesian con cerveza y con béisbol en un bar de Merlow City; nos insinúa que la búsqueda de los secretos tras la muerte de Roque Dalton es la que introduce a Aragón en la vorágine de aquellos días de investigación en los Estados Unidos, aquellos días de mujeres, de fantasías sexuales y paranoicas, de acusaciones policiales y de desequilibrio mental que le terminan de estropear la vida a este hombre agobiado por su pasado, por su presente y por su futuro.

En el cuento de Salarrué la violencia es la única posibilidad, no existe otra salida. Los asesinos no saben por qué son malos, pero esa es su forma de andar por el monte, esa es su forma de estar en el mundo. Y a pesar de todo, se conmueven con una canción triste escuchada en la inmensa soledad de un día que comienza. Esa es su tragedia. Eso es lo fatal que rige sus vidas.

En las novelas de Castellanos Moya la violencia nunca es gratuita, es trágica, pero no gratuita; ella tiene sus raíces en un mundo social descompuesto por la guerra, por el machismo, por el autoritarismo, por la injusticia y por la condición geopolítica de El Salvador. El clima de sus novelas es denso, así se siente, así se respira, igual que en “Semos malos” de Salarrué.

Con una variación en su estilo, con un lenguaje y una narración más sencilla que en trabajos anteriores, Castellanos Moya nos presenta, con Moronga, una obra compleja en su estructura, llena de magníficos y viscerales personajes secundarios, una novela de seres en descomposición, achacosos, cancerosos, violentos, traidores, gente enferma del alma que se encuentra y desencuentra dentro de las páginas de una novela que nos remite a otras del mismo autor, como Insensatez,  El asco, El arma en el hombre, El sueño del retorno, La sirvienta y el luchador, Tirana memoria; personajes que reconocemos y que pueden transitar también por Moronga porque el conjunto de la obra de Castellanos Moya se inscribe en un mismo contexto ficcional, porque él, al igual que Faulkner, ha creado un mundo y unos personajes que debido a esto se pueden desplazar por distintas novelas llevados de su mano, que es la de un experto en bajezas humanas, que es la de un observador de las explosiones emocionales de gente expuesta a situaciones límites, que es la de un escritor, que como los clásicos griegos, o como el Salarrué de “Semos malos”, deja a sus personajes solos en medio de los vientos del destino, solos en la tragedia que une y destruye sus vidas, casi siempre azotadas por la perversión, por la orfandad y por el determinismo circunstancial.

No digo que la violencia sea la materia prima de la literatura, ni tampoco que es indispensable escribir sobre ella para ingresar en la categoría impuesta de “escritor centroamericano”; lo que pienso es más simple, en dos extraordinarias obras de la literatura salvadoreña, “Semos malos” (1933) y Moronga (2017), la condición trágica rige la vida de unos personajes que, sin ninguna duda, son representativos de muchas de las personas de carne y hueso que habitan estas tierras.

08-01-2019

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ÁLVARO ROJAS SALAZAR (San José, Costa Rica, 1975). Es Master en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Costa Rica desde el año 2012, y estudiante del Doctorado en estudios de la Sociedad y la Cultura, de esa misma universidad. Desde el año 2004 publica artículos sobre asuntos literarios en los suplementos Los libros y Forja del Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica, en la Revista Tópicos del Humanismo de la Universidad Nacional, en el suplemento cultural Áncora del periódico La Nación y en las revistas digitales Literofilia, Istmo y Paquidermo. En el año 2015 publicó con la editorial Arlequín y junto al filósofo George I. García y al crítico literario Héctor Hernández Gómez, el libro de ensayos Control social e infamia: tres casos en Costa Rica (1938-1965). En el año 2017 publicó la novela Greytown (Uruk Editores); Telire. Crónica de viaje (Como becario del Colegio de Costa Rica del Ministerio de Cultura y Juventud) y el libro de artículos y ensayos sobre asuntos literarios Con el lápiz en la mano, con la Editorial de la UNED. En el año 2018 publicó también con la Editorial de la UNED, su ensayo La Boca, el Monte y las novelas. Una mirada literaria a la ciudad de San José.