Francisco Ruiz Udiel: “Nimbos” (ficción)

Dos versiones del único cuento escrito por el recordado poeta nicaragüense, la última finalizada dos semanas antes de su prematura muerte.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

Nota de Ulises Juarez Polanco

“Nimbos” es el único cuento escrito por Francisco Ruiz Udiel. Su primera versión fue realizada entre abril y junio de 2010 durante un taller de narrativa impartido por Erick Aguirre en el Centro Salvadoreño de Escritores. La versión final está fechada en diciembre de 2010, cuando lo prepara y entrega para una antología de narrativa joven nicaragüense. Estas son las dos versiones del cuento, acompañadas de la correspondencia entre Francisco y Erick.

1. Versión final de diciembre, 2010

Nimbos

En la lluvia rota
ve su cara
hecha pedazos.
Humberto Ak`Abal

Todo aquello se  veía negro,
como si las nubes
fueran a chorrear tinta.
Sergio Ramírez

Llegó a temerle a la lluvia y sintió cómo el agua lo desaparecía en la luz opaca del mes de mayo, cuando el país se inundaba bajo el incesante huracán Alma. ¡Quién le habrá puesto ese nombre a un huracán que lo dejó vacío e inmóvil en una carretera donde todo se volvió oscuro por la niebla!

La noticia que Esteban le dio a Carlos, aquella mañana del 21, le provocó tristeza. Carlos, de tez morena y de treinta años, llamó a Iván, uno de sus amigos, para que le acompañara a San Marcos; también irían en el viaje otras dos amigas: Ana y Daniela.

Lo sucedido sorprendió al grupo. La madre de Esteban había fallecido esa madrugada por un infarto. Ese día el clima se complicó pues se anunció el huracán que cubrió la zona del Pacífico. Sin embargo, la visita no podía postergarse, así que salieron todos en el mismo automóvil, a las diez y veinte de la mañana. La hora es recordada con precisión porque alguien preguntó y fue Iván quien miró su reloj, anunciando que aún era temprano.

El grupo decidió irse por la carretera sur, que sube hasta el municipio de El Crucero, donde la niebla crece junto a la hierba. En el auto todos iban comentando el tema de la muerte y recordaban experiencias diferentes. Daniela, que iba en la parte de adelante, dijo: Yo recuerdo cuando falleció mi papá. Quedé realmente afectada durante más de un año.

En el asiento de atrás iban Carlos y Ana. El tema fue creando una atmósfera triste, entonces Ana sugirió encender la radio. Sonó una canción del roquero argentino Gustavo Cerati, que hablaba de la poesía como la única verdad.

Minutos antes de llegar a Las Nubes, el punto más alto de El Crucero, la lluvia se volvió más densa. A través del vidrio delantero se percibía muy poco la carretera, debido a la neblina. Por un momento el grupo guardó silencio y sólo se escuchaba a Cerati: vamos de fuego en fuego hipnotizándonos. A cada paso sientes otro deja vu.

El vidrio estaba más opaco. Carlos bajó la ventana un centímetro para que entrara aire, pues empezó a sofocase. Todo se volvió oscuro, incluso dentro del automóvil, que ahora continuaba a una velocidad baja. De pronto, más desesperado, sintió una corriente que surgía del pecho y continuaba desde el hombro hasta alcanzarle el brazo izquierdo. Era como si alguien le presionara con una mano para ahogarlo.

—¡No puedo respirar!

—Afuera está oscuro —dijo Ana, sin escucharle.

—Es en serio, necesito aire.

—¿Adónde se fue la luz? —preguntó Daniela.

—Me duele el pecho.

—Qué haríamos si viviéramos en tinieblas, ¿se imaginan? —comentó Iván.

Carlos sintió que su voz apenas se escuchaba.

—Poneme la mano en el pecho —dijo, mirando a Ana—, estoy agitado.

—Los colores son fabricados por la luz —dijo Daniela.

—Me están sudando las manos, las tengo heladas.

—Tenés razón. Vemos las cosas, todo aquello que existe, por la luz —secundó Daniela.

—Mirame, ¿cómo estoy? ¿Me veo pálido?

—Qué bárbaro, pero si no se ve nada —se quejó Iván, limpiando el vidrio con la mano—. Detengámonos mejor.

—¿Alguien anda reloj? Necesito ver la hora —susurró Carlos. Ya su voz también empezaba a desaparecer.

—Da la sensación de que afuera nada existe en este momento —dijo Iván.

—Siento la piel adormecida, como un hormigueo —llegó a decir Carlos, o imaginó que decía algo.

—Y desde afuera, ¿nos podremos ver? ¿Existimos si nos vemos desde afuera? —se preguntó Daniela.

—¡No puedo respirar! ¡Siento que desaparezco!

Intentó mover y extender su mano hacia Ana, pero estaba inmóvil.

—Estás pálido, Carlos, ¿te sentís bien? —quiso saber Ana.

Al ver que no reaccionaba empezó a moverle los hombros agitadamente, haciéndole preguntas y dándole varias palmadas en el mentón, hasta que pudo volver en sí. Tenía la mirada como de otro mundo y fue cuando golpeó la puerta y gritó que lo dejaran salir. Iván detuvo el auto y aquél salió corriendo debajo del aguacero.

Carlos vio que la lluvia caía en pequeñas líneas finas de carboncillo, como un enorme dibujo del cual él formaba parte. Entonces —¡ay, infancia que aparece bajo la mirada del agua!—, empezó a llorar y a sentir cómo aquellas líneas lo volvían transparente. Sus amigos le vieron caminar con el cuerpo compungido como si buscara tocar a alguien. “¿Qué quieren de mí?”, dijo, dirigiendo sus palabras hacia la nada, hasta que miró a un muchacho de pie, junto a un árbol. Se acercó para saber quién era. Le habló, le preguntó su nombre, pero el otro no respondía. Vio también que el muchacho, remojado, se abrazaba a sí mismo a causa del frío. Y de forma paulatina levantó el rostro. Era Esteban, su amigo de San Marcos, quien tenía la mirada perdida y estiró su dedo para señalarlo e indicarle que se viera a sí mismo.

Carlos bajó sus ojos, observó que sus manos estaban  oscurecidas, llenas de tinta y ésta se derramaba en la hierba. Entonces experimentó un espasmo interior y las líneas de la lluvia lo fueron borrando hasta que su piel se transformó en trazos de carboncillo. Su imagen se había desvanecido por completo.

Es lo único que recuerda Carlos de aquella mañana, tras perder la conciencia en Las Nubes. Despertó en su casa y sus amigos le dijeron que había sufrido un ataque de pánico, debido quizá a alguna claustrofobia. “Tenemos una noticia que darte”, dijo Iván, quien solía andar con rodeos al momento de hablar, pero esta vez fue directo: “Esteban está muerto”.

Su mejor amigo no pudo soportar la pérdida de su madre y se había suicidado mientras ellos iban a visitarle a San Marcos. Según la familia, entró a su cuarto, tomó el revólver de su padre y se disparó debajo de la barbilla. Antes había intentado escribir una nota, pero al parecer, la tinta de su pluma se había agotado.

Carlos, que seguía acostado en la cama, giró su cuerpo hacia la pared. “Quiero estar solo”, dijo.

Afuera todavía hacía mal tiempo. El cielo estaba cubierto con grandes nubes grisáceas. Algunos que saben de nubes, las llaman nimbos.

Diciembre, 2010.

2. Primera versión de junio, 2010

Nimbos

En la lluvia rota
ve su cara
hecha pedazos.
Humberto Ak`Abal

La noticia que Esteban le dio a Carlos, aquella mañana del 19 de mayo, le provocó tristeza. Carlos, de tez morena y de treinta años, llamó a Iván, uno de sus amigos, para que le acompañara a San Marcos; también irían en el viaje otras dos amigas: Ana y Daniela.

Lo sucedido sorprendió al grupo. La madre de Esteban había fallecido esa madrugada, debido a un infarto. Ese día el clima se complicó pues se anunció antes un huracán que cubrió la zona del Pacífico. Sin embargo, la visita no podía postergarse, así que salieron todos en el mismo automóvil, a las diez y veinte de la mañana; la hora es recordada con precisión porque alguien preguntó y fue Iván quien miró su reloj Casio, anunciando que aún era temprano.

El grupo decidió irse por la Carretera Sur, que llega hasta el municipio de El Crucero, donde es sabido que la niebla crece junto a la hierba. En el auto todos iban comentando el tema de la muerte y recordaban alguna experiencia diferente. Daniela, que iba en la parte de adelante, yo recuerdo cuando falleció mi papá, quedé realmente afectada durante más de un año.

En el asiento de atrás iban Carlos y Ana. El tema fue creando una atmósfera bastante trágica, entonces Ana sugirió encender la radio. Sonó una canción del roquero argentino Gustavo Cerati, algo que mencionaba a la poesía como la única verdad.

Minutos antes de llegar a Las Nubes, el punto más alto de El Crucero, la lluvia se volvió más densa. A través del vidrio delantero se percibía muy poco la carretera, debido a la neblina. Por un momento el grupo guardó silencio y sólo se escuchaba a Cerati, vamos de fuego en fuego hipnotizándonos. A cada paso sientes otro deja vu.

El vidrio estaba más opaco. Carlos bajó la ventana un centímetro para que entrara aire, pues empezó a sofocarle cómo todo se volvió oscuro, incluso adentro del automóvil, que ahora continuaba a una velocidad baja. De pronto, más desesperado, sintió una corriente de energía que surgía del pecho y continuaba desde el hombro hasta cubrirle el brazo izquierdo. Era como si alguien le presionara con una mano para ahogarlo.

—¡No puedo respirar!

—Allá afuera está oscuro —dijo Ana, sin escucharle.

—Es en serio, no puedo respirar –—dijo con resuello.

—Adónde se fue la luz —dijo Daniela.

—Me duele el pecho.

—Qué haríamos si viviéramos en tinieblas, ¿se imaginan? —dijo Iván.

(Carlos sintió que su voz apenas se escuchaba)

–—Poneme la mano en el pecho –—dijo, mirando a Ana–—, estoy agitado.

—Los colores son fabricados por la luz —dijo Daniela.

—Me están sudando las manos, las tengo heladas.

—Vemos las cosas, todo aquello que existe, por la luz —agregó Daniela.

—Mirame, ¿cómo estoy? ¿Estoy pálido?

—Qué bárbaro, pero si no se ve nada —dijo Iván, limpiando el vidrio con la mano—. Detengámonos mejor.

—¿Alguien anda reloj? Necesito ver la hora —musitó Carlos. (Ya su voz también empezaba a desaparecer)

—Es como si afuera nada existiera en este momento —dijo Iván.

—Siento la piel adormecida, como un hormigueo —llegó a decir Carlos, o imaginó que decía algo.

—Y desde afuera, ¿nos podremos ver? ¿Existimos si nos vemos desde afuera? —preguntó Daniela.

—¡No puedo respirar! ¡Siento que desaparezco! (Intentó mover y extender su mano hacia Ana, pero estaba inmóvil)

—Estás pálido, Carlos, ¿te sentís bien? —preguntó Ana.

Al ver que no reaccionaba empezó a moverle los hombros agitadamente, haciéndole preguntas y dándole varias palmadas en el mentón, hasta que pudo volver en sí. Tenía la mirada de otro mundo y fue cuando golpeó la puerta y gritó que lo dejaran salir. Iván detuvo el auto y aquél salió corriendo debajo del aguacero, quién sabe adónde.

Se detuvo a ver cómo la lluvia aparecía en pequeñas líneas finas de carboncillo, como un enorme dibujo del que él era parte. Sintió que las líneas lo volvían transparente y caminaba como si buscara tocar a alguien. ¿Qué quieren de mí?, dijo, dirigiendo sus palabras hacia la nada —más bien al agua—. Entonces vio a un muchacho de pie, junto a un árbol. Se acercó para saber quién era. Le habló, le preguntó su nombre, pero el otro no respondía. Vio también que el otro se mojaba y se abrazaba a sí mismo a causa del frío. Y de forma paulatina levantó el rostro. Era Esteban, su amigo de San Marcos. Tenía la mirada perdida. Estiró el dedo índice para señalarlo.

Al inicio, creyó que señalaba a sus amigos, quienes le habían seguido, alarmados, queriendo saber si estaba bien. Pero era a él a quien señalaba, como para indicarle que se volviera a ver. Tras hacerlo, observó que sus manos estaban oscurecidas, llenas de tinta, y ésta se derramaba en la hierba. Entonces experimentó un espasmo interior y las líneas de la lluvia lo fueron borrando hasta que la piel se transformó en trazos de carboncillo. Su imagen se desvaneció por completo.

Es lo único que recuerda Carlos de aquella mañana, tras perder la conciencia en Las Nubes. Despertó en su casa y sus amigos le dijeron que había sufrido un ataque de pánico. “Tenemos una noticia que darte”, dijo Iván, quien solía andar con rodeos al momento de hablar, pero esta vez fue directo: “Esteban está muerto”.

Su mejor amigo no pudo soportar la muerte de su madre y se había suicidado, mientras ellos iban a visitarle a San Marcos. Según la familia, él entró a su cuarto, tomó el revólver Taurus de su padre y se disparó debajo de la barbilla. Antes había intentado escribir una nota, pero al parecer, la tinta de su pluma se había agotado.
Carlos, que seguía acostado en la cama, giró su cuerpo hacia la pared. “Quiero estar solo”, dijo.

Afuera todavía hacía mal tiempo. El cielo estaba cubierto con grandes nubes grisáceas; algunos que saben de nubes, les llaman nimbos.

3. Correspondencia

I. De Francisco Ruiz Udiel a Erick Aguirre

OJO, DESPIECE

Querido Erick:

Fijate que me llegaron todos los comentarios de los muchachos del taller, y con la crítica que el grupo le hizo a mi cuento, pues lo mejoré bastante. Si pudieras hacerme tus comentarios a este cuento, te lo agradeceré muchísimo. Así hago los cambios antes del taller.

Saludos,

Francisco Udiel

II. De Erick Aguirre a Francisco Ruiz Udiel

Bueno, Francisco, el problema es que el tiempo ha sido un problema para mí esta semana. Ni siquiera he podido detenerme a revisar en detalle y hacer indicaciones a los textos de todos los compañeros, sólo a algunos. Espero que lo hagamos en el encuentro. Sin embargo leí tu cuento y me pareció en general bien planteado. La idea o el tema va sobre un trance o una admonición, a partir del desfallecimiento de Carlos en El Crucero. Hay una alegoría sobre la muerte y sobre la fragilidad del linde entre la vida y la muerte, vistas casi como los trazos de un carboncillo que se deshace con la humedad, y el símbolo de las nubes cargadas o los nimbos, juega un rol simbólico concreto. Respecto al procedimiento, no hay muchas complicaciones ni errores de factura: narrador omnisciente desde el comienzo al final, con excepción de los diálogos. Hay algunos detalles que ver en cuanto al estilo narrativo, más bien cosas de carpintería, que se deben puntualizar, pues aunque el cuento tiene elementos, digamos, fantásticos, no hay problemas de verosimilitud o contradicciones con la lógica de la historia. Después hablamos más de él en el encuentro.

Saludos.

Erick Aguirre

 


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).