Martivón Galindo: “Por el pájaro enjaulado” (opinión)

Una reflexión sobre “Roma”, la nueva película de Alfonso Cuarón, y “las muchachas”, las empleadas domésticas de Latinoamérica.

Martivón Galindo
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

En el transcurso de disfrutar la exquisita pieza de arte que es la película Roma del director ganador de los Globos de Oro, Alfonso Cuarón, me estremecí pensando en las empleadas domésticas en Latinoamérica. En muchos de nuestros países se les da el nombre de “las muchachas” y usualmente se buscan dentro del campesinado o entre las clases menos privilegiadas. Muchas de las empleadas domésticas o muchachas viven dentro de las casas de sus patronos de clase media o alta saliendo cada dos semanas o a fin de mes a visitar sus familias.

Roma transcurre en los años setenta, cuando el movimiento feminista era incipiente. Podemos recordar que en 1975 se organizó la primera conferencia mundial de mujeres en México, donde asistieron muchas mujeres académicas de países del primer mundo, como Estados Unidos. Allí destacó la voz de una humilde mujer, Domitila Barrios de Chúngara, esposa de un minero boliviano. Cuando ella pidió la palabra, dijo muy claramente que ella se sentía más cerca de sus compañeros mineros hombres que de las feministas en la conferencia. Esto marcó la diferencia entre las mujeres y la igualdad que se buscaba —que todavía no se logra. Raza y clase hacían y hacen la diferencia entre ser mujer de clase media y educada, y las mujeres campesinas, indígenas y obreras.

Nosotras las mujeres profesionales de esos años hasta la fecha, como Sofía en la película, pudimos ejercer nuestras carreras y desenvolvernos con independencia sobre la base del trabajo destinado a las muchachas. En mi caso, las muchachas no tuvieron el impacto que Cleo tiene en los niños de la película, porque mi casa estaba llena de mujeres, entre ellas la empleada doméstica, quien sólo actuaba de ayudante de mi abuela en las labores domésticas. En cambio mi hijo creció desde los primeros meses de su vida amparado y cuidado por extraordinarias y jóvenes mujeres campesinas. Erlinda, Cándida, Vilma, Fe, María y por último, antes de dejar nuestro país, la niña Paquita, la única señora de edad mediana entre todas ellas. No pretendo romantizar su papel haciéndolas aparecer a todas nobles y abnegadas, pero tuve la suerte de tener muy pocas malas experiencias en las muchachas que cuidaron de mi hijo y de mi casa.

En muchos hogares las empleadas domésticas son explotadas económica, verbal, emocionalmente, y en algunos casos, hasta sexualmente por el dueño de la casa o por sus hijos. Estas jóvenes sencillas no tenían por muchos años ninguna idea ni poder para rechazar al señor de la casa. Cuando, desgraciadamente, salían embarazadas, eran despedidas por la señora, así el castigo no era para el verdadero culpable si no para la ingenua campesina o indígena que había sido abusada o seducida.

Los nombres despectivos de “gata”, en México, o “cholera”, en El Salvador, son muestras del desdén y prejuicio de como estas servidoras son percibidas. Hay un abierto racismo y clasismo en cómo se minimiza el trabajo de estas mujeres en particular. Debemos ser conscientes que aun cuando se han conquistado ciertos derechos para el trabajo de las obreras, las empleadas domésticas carecen de ninguna regulación en las horas de trabajo, en el tiempo de descanso y en las prestaciones a las que deberían tener acceso.

He leído críticas de cómo Cleo no tiene ninguna voz en la película. Sin embargo, es esto lo que sucede en la vida real con las muchachas, quienes mantienen en silencio su posición para no provocar la ira o el despido de los patrones. Como otro crítico opinó muy acertadamente, se considera que ellas están allí para hacerles la vida más cómoda a las señoras, no para causar problemas.

Además del indudable disfrute estético que la película me brindó, Roma me hizo reflexionar como mujer en mis pasadas acciones. Aunque nunca abusé de mis empleadas, creo que nunca agradecí ni aprecié lo suficiente su trabajo, el cual me permitió a mí desarrollarme fuera de la casa mientras en mi ausencia ellas llevaban la responsabilidad de cuidar a mi hijo.

 


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MARTIVÓN GALINDO. Nació en El Salvador y vive en el Área de la Bahía de San Francisco, California, desde 1981. Obtuvo su doctorado de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Berkeley de California. Profesora Emérita de Holy Names University, Oakland, donde fue directora y profesora del programa de “Latin American & Latino/a Studies” por veintiún años. Sus publicaciones incluyen tres libros de poesía: Retazos (poesía en prosa y verso, 1996); Whisper of Dead Leaves (poesía en inglés, 2004); y Solamor (2016). Ha publicado un libro de cuentos: Para amestrar a un tigre (2012). La tormenta rodando por la cuesta (2015), reúne sus crónicas y testimonio. Con Armando Molina editó Imponiendo presencias: breve antología de otros narradores expatriados latinoamericanos (1995).

En la fotografía de entrada: la actriz Yalitzia Aparicio en un fotograma de la película Roma de Alfonso Cuarón.