Carlos González Portillo: “Dengue Fever Non-Eradication Program” (ficción)

Una posible conspiración mortal emerge de forma casual durante una charla entre dos jóvenes, en un cuento escrito por un autor salvadoreño de la última promoción.

Carlos González Portillo
La Zebra | # 37 | Enero 1, 2019

No sé, le dije, a mí me cuenta mi padre que años atrás le aseguraron que para esta fecha ya no habría mosquito que jodiera tanto. ¿Desde cuándo los tienen?, me preguntó Lisa. Y le dije que eso no importaba, que lanzara la cifra que quisiera: uno, dos, diez, quince, treinta, cincuenta o cien. Da igual, le dije, esos mosquitos tienen años de estar entre nosotros. ¿Tan así?, me preguntó. Yo me empiné la taza de té de menta que ella me había convidado aquella noche en su departamento en el estado de Puebla. Tan así, le dije, palabra. Aguanta tantito ahí, me cortó sobresaltada, ¿vas a decirme que tienen un siglo con ellos y no han podido erradicar una pinche plaga de mosquitos? Pues te lo digo, Lisa, esos cabrones seguirán años ahí, al menos hasta que los hijos de mi hermano menor mueran. Órale, me dijo, está bien mamón eso, Enrique. Es que no es una simple plaga, Lisa, le aclaré, una plaga puede tenerla cualquiera, hasta tú y tu mamá en su bonita casa de Guadalajara, pero si tú le llamas a una fumigadora… ¿así les dicen acá a las compañías que…? Sí, sí, a las que fumigan, supongo, me dijo con su cantadito. Yo me eché a reír lentamente. Ajá, pues, si tú les das un par de pesos a esos bueyes, adiós mosquitos, ¿no? No, pos, me dijo ella, eso mero es lo que pasa aquí en México, Enrique. Pues bien, te puedo decir que allá en El Salvador mi papá mandó a fumigar mi casa en tres ocasiones y, en lugar de irse, los putos mosquitos se hacían más inteligentes… era raro, yo sentía como si mutaban con el paso del tiempo. Lisa se lanzó a reír en un dos por tres. Oraaa, Enrique, ahora sí que el puritito té de menta te puso pacheco, ¿eh? Mi cara agravada no pudo ocultar lo muy en serio que hablaba. Su sonrisa se desvaneció y me miró como disculpándose. Hablo muy en serio, insistí. Chale, a ver, ¿de qué hablas, cómo es eso?, preguntó. A más de mil kilómetros de casa, este tipo de cosas no puede más que hacer reír a las personas, lo sé de sobra, dije, incluso cada que cuento esto allá, quienquiera que me pone atención piensa desde un principio que le quiero tomar del pelo. Vaya, me escuchan como si de una broma se tratase.

En una ocasión, le dije, andaba en Newport, con mi padre, visitando a mi abuelita Fide. El encontró la excusa perfecta para ponernos al día, después de un par de años de no vernos, en uno de esos bares a un par de millas de ahí, en Huntington Beach, cerca del muelle, atestado de surfers, skaters y gente en bicicleta. Viajamos en su auto, por la tarde, y en poco tiempo ya estábamos ahí. Caminamos un rato por la orilla de la playa viendo a la gente divirtiéndose mientras jugaban, sobre la arena, bajo las redes de vóleibol. Llegamos a un lugar llamado The Bungalow Huntington Beach y comenzamos a chupar. Después de habernos contado todo, tú sabes, que la universidad, que la familia, que los negocios fallidos de mi padre, apareció de no sé dónde un cabrón, dije. Llegó dizque porque no pudo evitar acercarse a nosotros cuando escuchó que éramos de El Salvador. ¿Neta, eso les dijo?, me preguntó Lisa. Palabra, le dije, que me parta un rayo si te estoy mintiendo. Lisa se rio. Eres un ojete, me dijo, pero continúa.

Ahí nos cruzamos con este tal Binford, que se dedicaba, según él dijo (dije), a los estudios sociales, pero que a mí me pareció más bien uno de estos rucos-rabo- verde en busca de un levante. Oye, ¿a poco te dijo que se llamaba Leigh Binford?, interrumpió Lisa. Se presentó como Binford, le dije a ella, Binford-no-sé-qué-putas- más, Lisa, lo siento pero no lo tengo muy claro ahora, sólo recuerdo que era Binford y que estudiaba las sociedades. Ah, pero lo que no se me olvida es que además era forense, le dije, porque ahoritita que lo pienso tenía más talle de forense que de estudiar sociedades. ¡Enrique, no ma…!, saltó Lisa. Oye, oye, sin ofender, chiquita, le dije. Binford nos contó que cuando decidió hacer su tesis doctoral, Dios sabrá por qué, su nariz apuntó para el norte de El Salvador, le dije. Vivió en la serranía de Chalatenango por un año. Ahí le contaron varias cosas que por supuesto él nos compartió aquella noche de borrachera junto a mi padre, le dije. A ver, sácatelas pues, me dijo, para ayer es tarde.

 

No miento al decir que a Lisa le conté todo a mi manera. Recuerdo haber trazado un relato más bien vago, por no decir otra cosa. Lo cierto es que aquella noche estaba pachequísimo. Por la madrugada, luego de mi larga plática con ella, me desperté y no pude volver a dormir. Saqué mi caja de cigarrillos y fumé los pocos restantes. Pensé en la historia de Binford una y otra vez. También pensé que quizá ya había escuchado algo como aquello anteriormente pero nunca le había dado demasiada importancia. A lo mejor es el efecto de la mota, pensé. Pero a esa hora, luego del festín cannábico, sentía más hambre que otra cosa. Y seguí clavado en el relato. A mi juicio, Binford era un simple hombre de años mayores desprovisto ya de toda valentía. Hubiera permanecido de esta manera su semblante en mi memoria si no me hubiera confiado esta singular anécota, la cual me refirió a mí más que a mi padre aquella noche, en Huntington Beach. Habla Binford:

 

En realidad de donde yo vengo también hay historias de estas por montones. Aunque esta tiene una pequeña variación. Veras, se habla de que muchos lugares de El Salvador jamás volvieron a ser los mismos con el paso de la guerra. No me consta cómo era El Salvador antes de la guerra. Pero esto es verdad. Lo que quiero contarles sucedió en el norte de Chalatenango. Había un enorme granero a las afueras de uno de estos pueblitos que ni se sabe que existen, justo de camino a la escuela. La escuela se llamaba Gilberto Armijo, se supone que en honor a un poeta del lugar, y acudían ahí los hijos de los campesinos. Por su parte, la estructura del granero era metálica, de vastas dimensiones, casi como un supermercado, y estaba rodeada por un terreno llano y extenso. Un propiedad extraña porque, para empezar, nadie sabía a quién le pertenecía, y, porque a pesar de todo, no tenía vigilancia en lo absoluto. Lo que sí tenía era un montón de olores raros y un sinfín de historias divertidas y espantosas a partes iguales. Se decía, por ejemplo, que mientras la guerra civil se libraba este era el sitio perfecto para esconderte de una emboscada, no importaba de qué bando fueras. Guerrillero o militar: daba lo mismo. Hace treinta años podías ocuparlo de guarida para que no te mataran. Ahora no es más que el escondite de adolescentes calientes. Van ahí para ir a coger a hurtadillas o a beber o a fumar marihuana. Dicen que en una ocasión encontraron a una muchachita de catorce años haciéndole el diez de oreja a un viejo puto que desvirgaba niñas por diez dólares.

¿Pueden creerlo? Una niña de catorce años haciendo eso por diez dólares. En el pueblo, por cierto, le llaman diez de oreja a una posición sexual. El hombre enarbolado como bandera y la chica agachada haciéndole sexo oral. En esa posición el sometedor toma a la mujer de las orejas como quien carga un cántaro y tal, de esos que ocupan en el norte de Chalatenango para extraer agua de los pozos y tal. En fin, el granero era muy peculiar, podría haber sido no sólo un refugio para los combatientes de la guerra civil salvadoreña sino también para los little green men. Viéndolo detenidamente lucía como una nave. No como un platillo volador, sino como una nave nodriza. Era enorme. Estoy seguro de que cualquier metodista angustiada de Warwick podría dar fe de lo anterior si lo viera con sus propios ojos. Mi primera impresión fue, sin embarago, que el granero era un campo de experimentación militar de la Fuerza Armada de El Salvador y el cuerpo de marines de los Estados Unidos. ¿Paranoia noventera? Pueden llamarle así si desean.

Esta historia trata de los niños de la Escuela Armijo. Eran todos de primaria y tenían la misma edad. De hecho, mi informante, el hermano de uno de estos chicos, quien me refirió esta historia, sostenía que se trataba de un caso insólito. Y le creo. Sucedió un buen día al salir de clases. El día da lo mismo. La vida ahí pasa lento. Si han estado en el campo saben que a veces se asemeja mucho a un laberinto. Un sinfín de atajos por aquí, variaciones por allá, lugares ocultos y demás. Nunca sabes cuándo aparecerá una serpiente que te haga salir corriendo o cuándo encontrarás a un par de jovencitos haciendo el amor al lado del río. Esto hace que siempre haya diferentes formas de volver a casa. De esta variedad, supuestamente, escoges el camino que más te conviene, ¿cierto? Lo niños, no obstante, tomaron el menos afortunado. Se fueron corriendo por una vereda que los llevaba al enorme granero. Supongamos que este granero tenía nombre. De ahora en adelante, lo llamaremos Lufthansa, como el avión futurista de El hombre en el castillo. ¿Y cuál es la relación de estos niños con el Lufthansa? Bueno, el caso es que ellos sólo querían divertirse y qué mejor cosa que desenterrar un misterio, ¿no? Así que estaba este rugido extraño proveniente del Lufthansa. Nadie sabía a ciencia cierta qué era, pero los niños habían oído ya cierto rumor sobre él. Cuentos de viejos pipiles. Todas eran historias de ancianos para aterrorizar a mocosos traviesos. Les decían que aquello tenía que ver con una criatura antigua encerrada en el Lufthansa por jefes ancestrales con poderes mágicos. Y esto lo creían a secas. Era de esperar, entonces, que estos niños, cuando pasaran y vieran brillar al Lufthansa bajo el sol implacable de aquella tarde, iban a hacer todo por entrar a husmear. Así fue. Ese día la entrada parecía semiabierta. O eso me dijo mi informante que le notificó su pobre hermano. Le dijo también que para ingresar al Lufthansa se saltaron unas rejas, como una pequeña pandilla de cuatreros y tal. A la mierda el viejo cuento de sus abuelos. Le dijo que flanqueando la entrada yacía un letrero de No Pasar: Material Tóxico. Ya saben, el signo rudimentario de Detente o todo se irá pronto a la mierda, que, por descontado, a los niños les pareció más una invitación que una advertencia de vida o muerte.

Entraron en fila india agarrados de los hombros para cuidarse las espaldas los unos a los otros. Los guiaba una torre de luz proveniente de una lámpara. Era lo único que tenían. Pero ese día los niños fueron testigos de muchas cosas. Cosas dignas de olvidar y algunas memorables. (Días después en el pueblo se diría que en el Lufthansa había una enorme máquina para producir leche en polvo. Leche de verdad, empaquetada y tal, con la que te sirves un desayuno o la que bebes caliente antes de irte a dormir. Yo también descubro un disparate en esta parte, pero ahora mismo no sería tan infame de llamar mentiroso a aquel niño.). Lo de la canica, por ejemplo. ¡Cómo olvidar lo que pasó con la canica! ¡La maldita canica! Haz de cuenta que se te cae esa moneda que tienes junto a tu cigarro, Enrique, y se va rodando y tú te levantas para perseguirla y no hace más que rodar y rodar. La puta moneda huye de ti. Así se fue, entonces, la canica hasta entrar en un orificio. Como pudo, diría yo que un poco asustado, el pequeño se agachó, temiendo que algo o alguien pudiera atraparlo y meterle un par de golpes como los que le daba su mamá en casa cuando no quería ir a ordeñar las vacas, y metió su dedo infantil en forma de gancho para extraerla, pero esta desapareció. Cayó al vacio y luego de un par de segundos sonó un eco más bien metálico. Súbitamente empezó un zumbido eléctrico desde la profundidad del Lufthansa. Alguien se agachó y golpeó con sus nudillos el suelo. Un sonido hueco. Hay algo aquí, dijeron. Pronto descubrieron que estaban parados sobre una entrada subterránea. Removieron el camuflaje: un pedazo de alfombra muy dura y tostada. Halaron una pitilla y, ¡pum!, se abrió una compuerta que dejaba a la vista una escalera. Parecía un sótano. Se sumergieron y el zumbido eléctrico, que era como un siseo vibrante, se intensificó y llenó la oscuridad. En el lugar penetraba apenas la luz del sol a través de un par de agujeros que parecían perforaciones de balas más que otra cosa. Bajaron a tientas. Gracias a Dios que tenían la lámpara. Fue encendida y esta alumbró los costados del lugar. Todos se quedaron con la boca abierta. Hallaron una cantidad ridícula de panales atestados de mosquitos. Estaban colgados bajo el techo del sótano como se cuelga la carne de res en un matadero y tal. Eran millones. Un niño iba a gritar y otro le tapó la boca. Tan pronto descubrieron el encanto del abismo, salieron uno por uno ahogando el ruido de sus zapatos en las escaleras. Pero pasó lo imprevisto: uno resbaló y cayó por las gradas dando alaridos. Fue entonces cuando aquellos ocho inocentes despertaron a la legión de mosquitos. ¿Les digo algo? Es una pena que estas cosas pasen. Pero ya sabes, entre todos, a regañadientes, sacaron al baboso para que no fuera devorado por el enjambre. De ahí salieron con el culo picado, muy rápido, como balas de corto alcance.

Para nadie es secreto que por las noches, en el norte de tu país, esos insectos siempre se dan un banquete contigo. A mí me picaron por montones. Imagínate tú a este viejo sudando a la madrugada con un centenar de mosquitos zumbándole alrededor como pequeñas avionetas. Parecía que tenían motores en el culo como cohetes y tal. Mis primeras noches ahí fueron toda una película de terror. Ni siquiera dormía. Recuerdo que estuve cerca de largarme por culpa de esos malditos insoportables. Y vaya que casi lo logran.

¿Pero quién podría creer que fueron ellos los que acabaron con estos niños y no otra cosa? Es cierto que por todos sus cuerpos aparecieron unas picadas horrendas, pequeños volcanes de pus y tal, yo los vi. Pero en sí aquello no era nada del otro mundo. No era para que al día siguiente, de manera repentina, todos fueran arrebatados por la muerte dentro de la Escuela Armijo. Eso fue lo que pasó. Y de esto tengo información de primera mano: la rectora de la escuela, que además era la profesora de ciencias, me dijo que tan pronto había pasado media hora de su clase, comenzaron las jaquecas, náuseas y vómitos en los ocho niños. Uno por uno, apurado por el dolor que sentía, partió del salón hacia los baños. Y de ahí nadie regresó jamás. Ciertamente esa misma mañana fallecieron todos. Sin duda la encargada estaba horrorizada. A mí me confesó que jamás había experimentado tanta lástima por alguien. Y por supuesto, yo entiendo a esa pobre mujer, ya que yo mismo fui quien destapó sus cadáveres más tarde. Sin embargo, no quisiera insistir en los detalles de lo que ella y yo atestiguamos ese día. Por su parte, ella hizo todo lo que estaba en sus manos para intentar salvarlos. Me dijo que en medio de su angustia tomó el teléfono pidiendo socorro. Al cabo de unos minutos llegaron ciertos personajes de renombre en el pueblo, pero para entonces ya era demasiado tarde. Al concluir ese día, la Escuela Armijo cerró indefinidamente. Después de aquello, nadie quería asomarse por ahí, pero a decir verdad, no pasó mucho tiempo cuando las puertas se volvieron a abrir para los pequeños campesinos.

El pueblo atribuyó la muerte a un castigo de Dios. Decían que era culpa de las madres de los muchachos. Decían que habían muerto porque ellas tuvieron a sus hijos antes de casarse o fuera del matrimonio. A mí esas conjeturas no me parecieron más que caprichos de sacerdotes y pastores. Una mierda ridícula. Digo esto muy a mi pesar, ya que mi informante me reveló que su hermano, en realidad, era su medio hermano. Me aseguró que más de uno de estos niños fue la excusa para unir a sus padres, cuando adolescentes, en matrimonio. Se sabía, además, que al menos tres de estos pequeños, incluyendo a su hermano, eran productos de adulterio. Eso nadie lo ponía en duda. Ahí la mala fama es una maldición indeleble. Creían, por cierto, que el adulterio destruía irremisiblemente el matrimonio. Esto pasaba, según decían, cuando el jefe de familia, es decir el padre, migraba hacia los Estados Unidos. Decían que era preferible la muerte que el dos de bastos. Decían que ellos huían porque un hombre no podía cargar con semejante deshonra. Y esa era la suerte de unos, huir; otros terminaban ahogados en alcohol y no pocos se colgaban de algún árbol, perdidos y olvidados en sus terrenos, picoteados por los buitres, hasta que el hedor los delataba frente a algún familiar. Decían que un hombre nunca era lo suficientemente recto como para lidiar con los hijos bastardos. Por eso un buen hombre es difícil de hallar, decían.

 

En este punto Lisa me miró algo confundida. Me dijo: Oye, ¿acaso tú crees esa historia? Le dije: nada más te cuento lo que Binford me contó a mí. No, ojete, me dijo, no me refiero a la historia en su conjunto sino a esa pendejada de que habían muerto por ser hijos bastardos. Ay, Lisa, le dije, tú ya sabes bien que la gente inventó cualquier cosa para no morir de miedo. No, pues, sí, dijo, y se encogió de hombros. Desde ese momento su rostro ya no era el mismo a pesar de que seguimos hablando como si nada. Le pregunté que qué le pasaba. Te noto un poco consternada, le dije. Sólo tantito, me dijo. Te he dicho que allá las picadas de mosquitos no tienen nada de raro ni mucho menos mágico, ¿no?, o sea, los niños fueron picados, según la historia, por mosquitos; no se trataba de, yo qué sé, abejas africanas o algo parecido… En eso tienes razón, me dijo ella, pero ¿qué era eso distinto en esta historia según Binford y según tú?

Le conté a Lisa los pormenores que Binford relató. Algo a todas luces perturbador. Esa noche, en el bar, mi padre y yo creíamos ya haber escuchado suficiente de aquello. Él, por su parte, simplemente quería largarse de ahí. Su impaciencia con los borrachos que cuentan historias siempre ha sido muy evidente. Pero yo lo retuve. Le dije: quedémonos un momentito más con este bolito cerote y luego nos vamos. ¿Estás seguro?, me preguntó. Seguro, le dije, y, en efecto, se quedó, pero lo hizo gracias a mi insistencia. Ah qué chido, dijo Lisa. Ahuevo, le dije. Lo demás creo haberlo escuchado sólo yo. Al parecer Binford había regresado esa mañana de San Salvador de juntarse con un par de amigos. Cuando escuchó la noticia sintió como una enorme guacalada de agua fría en la cara. Mencionó que él mismo fue a la escuela y preguntó de todo. Dijo que las autoridades querían mantener aquel insólito evento en secreto. Por esta razón, tomando ventaja de su posición de gringo y de que estaba in situ, se ofreció en la clínica del pueblo para realizar la autopsia. Es cierto que aquella fue la autopsia más clandestina de su vida, que el equipo era una mierda y que nunca había tenido juntos a tantos cadáveres de niños frente a él. El caso es que destapó con sus propias manos a aquellos chicos de la Escuela Armijo. Por fin: que era un gringo, y por ser gringo nadie le negaba nada. Me cae que esa es la neta, me dijo Lisa. Binford se dio cuenta de que lo niños realmente habían sido envenenados. Lisa abrió los ojos detrás de sus lentes. Binford, le dije a Lisa, sugirió que la muerte de los niños había sido un hecho colateral de algo más grande. Todo se trataba de una conspiración cuya matriz era el Lufthansa. En efecto, dentro de ese granero metálico había un laboratorio farmacéutico en donde se desarrollaban algunos proyectos perversos. Me dijo que uno de sus amigos de la Embajada de los Estados Unidos, en Antiguo Cuscatlán, le contó que alguien (Binford nunca supo nombres, recordemos que al fondo de las conspiraciones nadie tiene ni rostro ni nombre) fue contratado por la tal farmacéutica para envenenar a los pequeños.

¿Por qué la farmacéutica mandó a asesinar a los ocho chavitos?, preguntó Lisa. Sencillo, le respondí, porque no iban a permitir que se supiera lo que se hacía en el Lufthansa. Le dije que buscaban ocultar cosas. Que querían mantener en secreto que de donde vengo se producen mosquitos, quién sabe desde cuándo, con un plan genocida. Por cierto, un plan que, de acuerdo a Binford, tenía nombre y todo: Dengue fever non-Eradication Program. De regreso a su país, él indagó que la farmaéutica también estuvo experimentando en Angola, hacía ya muchos años, con el SEP, que por sus siglas en inglés significa: Smallpox Eradication Program, un proyecto para inocular a los seres humanos contra la viruela, pero que en ese entonces fracasó por falta de financiamiento. Su contacto en la embajada americana también le contó que estas personas trabajaban en el Lufthansa desde antes de la guerra civil. Le dijo que el Dengue fever non- Eradication Program comenzó como una respuesta a la Reforma Agraria de 1980.

¡Puta madre!, dijo Lisa. Sí, le dije, y lo peor es que de ahí soy yo. A Binford le dijeron que si la reforma alcanzaba un impacto masivo en la tenencia de la tierra, la farmacéutica controlaría a la población por medio de enfermedades que producirían a través de la contaminación de cultivos y alimentos industriales. Como se sabe, la reforma no alcanzó los efectos que se esperaban; sin embargo, el Lufthansa se convirtió en una especie de laboratorio para propagar el dengue, una enfermedad provocada por el tipo de mosquito que ahí se cría. Binford dijo que había muchos más. Que ese solo era uno de muchos otros alrededor del país.

La autopsia comprobó que murieron envenenados. Dijo Binford, aunque ya no con tanto miedo, que esa noche, al regresar a su pequeña habitación de pensión en el pueblo, llegó un hombre bajito, moreno, con sombrero, que llevaba una canastita con nuégados y atol de maíz tostado. Tocó a su puerta, se la entregó sin decir nada y se fue. Él estaba acostumbrado a que las familias del pueblo le mandaran detalles así, de vez en cuando, para consentirlo por ser gringo. La gente daba por sentado que a él le gustaba aquel tipo de obsequios. Y era cierto. El asunto es que cuando pensaba degustar un bocado de aquello tan delicioso descubrió que dentro venía una nota donde le advertían que no dijera nada en absoluto a las autoridades de todo lo que sabía, que de hacerlo era hombre muerto. Al día siguiente habló con el informante que le confió esta historia. De no haber sido por lo que él mismo vio con sus propios ojos, se habría ido con una sensación amarga. A lo mejor habría pensado que aquel pueblo era un pueblo de locos. Por otra parte, la directora, quien azarosamente, y para su desgracia, ya estaba al tanto de aquel crimen, encontró ese mismo día veneno en la cocina y, dicho sea de paso, posterior a los eventos, su hallazgo le valió una promoción a un instituto de bachillerato de la capital. Aquello era práctico: ocho platos servidos después del recreo, ocho cadáveres que no volverían a salir de la escuela a contar lo que vieron.

Lisa quiso saber si Binford se había cagado de miedo. Por supuesto que sí, le respondí, no esperó ni quince días para abandonar la serranía con su tesis casi terminada. Para entonces, se iba con la certeza de que la historia de su informante era verídica. A mí, le dije a Lisa, Binford me dijo que nunca antes se la había contado a alguien. Dijo que a veces le resultaba aburrida. Que me la narraba porque estaba a verga. Que además era una advertencia. Hasta donde él sabía, sin embargo, la cosa en el pueblo quedó como un mito tenebroso y de muy mal gusto del que nadie quería hablar. En todo caso, yo creo que exponerla es una buena excusa para darle cuerda a un ebrio en medio de su borrachera.

Finalmente le dije: Lisa, ponte a pensar que abres ocho cadáveres de niños en un solo día, que tu informante, además hermano de uno de los muertos, te remite a una historia así… está claro que Binford estaba que se cagaba de miedo. Se fue, al fin y al cabo, su tesis estaba casi lista y él no tenía ni una mierda más que hacer en ese pueblo. Salí hecho una mierda, me dijo Binford. Aún lo recuerdo.

Después de hablar de estas cosas, Lisa y yo hicimos el amor tres veces.

 

A casi dos años de aquel relato, me entero de que Binford ha sido encontrado muerto, supuestamente por intoxicación, en su departamento de California. Nunca fuimos amigos. Pero se siente raro, rarísimo.

 


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CARLOS GONZÁLEZ PORTILLO (San Salvador, 1996). Narrador. Ha estudiado Antropología social y cultural en la Universidad de El Salvador. Ha escrito ensayos antropológicos. Su obra narrativa permanece inédita hasta la fecha, excepto en publicaciones digitales.

Fotografía de Jorge Ávalos, “Árbol de fuego” en San Ignacio, Chalatenango.