Enriqueta Najarro de Espino: “Tres poemas del hogar” (poesía)

La madre del poeta más popular en la historia de El Salvador también fue poeta. ¿Dónde está su obra?

Enriqueta Najarro de Espino
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | # 49 | Enero 1, 2020

I. Introducción

Jorge Ávalos

La madre del poeta más popular en la historia de la literatura salvadoreña, el costumbrista Alfredo Espino (1900-1928), también fue poeta. Pero tras su muerte en 1939, después de varios años de confinamiento en el Hospital Psiquiátrico de El Salvador, la información sobre su vida y su obra se desvaneció, como se desvanecieron con el tiempo las historias sobre las mujeres escritoras de ese tiempo. Este es un intento por reunir las únicas pistas sobre su vida y su obra que logré recuperar con el fin de esbozar una biografía. Los tres poemas que incluyo podrían no ser representativos de su obra (excepto, quizás, el último), por el simple hecho de que son poemas íntimos y de ocasión escritos para su esposo y su hijo.

Enriqueta Najarro nació en 1874.[1] Aunque es nombrada por varios escritores como una poeta,[2] es muy escasa la información disponible sobre ella, y sabemos muy poco de su vida y de su obra. Lo que sí sabemos, y está consignado en los informes de Instrucción Pública, es que era la estudiante más destacada de su promoción en el Colegio Normal de Señoritas. En las evaluaciones de su primer año de bachillerato, cuando contaba con 14 años, se recalcan sus logros con las más altas calificaciones, como lo demuestra el Informe Trimestral de la directora, Juana López, fechado el 19 de julio de 1888: “Enriqueta Najarro, muy buena en conducta y aplicación; notable en Artimética, Gramática, Geografía, Francés e Historia Profana, Geometría y Moral y Urbanidad; y buena en Pedagogía.”[3] Ya desde su primer año, sólo bajaron sus notas en la materia de “Labores de mano”, calificada de “buena”, pero relegada en el segundo y tercer año a un grado tan bajo que desaparece del reporte de materias en las que había destacado.

Que Enriqueta haya obtenido un 10 (“notable”) en las materias más difíciles remarcan su inteligencia. Que haya obtenido un 9 (“muy buena”) en conducta y aplicación, señalan que era una adolescente muy bien portada, aunque en ocasiones podría haber sido un poco dada a la distracción, o a reír y hablar en clase. Que haya obtenido un 8 (buena) en Pedagogía, su nota más baja, podría indicar que una carrera de maestra no era su verdadera vocación. Aun así, de entre todas las estudiantes de su promoción, cuando se graduó en 1890, sólo en ella se fijaron los medios de prensa, y en cuanto a su talento la compararon con su padre, que había fallecido ese mismo año:

Ayer a las 9 a. m. sostuvo la Señorita Enriqueta Najarro el acto público previo a la opción del título de Profesora de Instrucción Primaria habiendo contestado con toda lucidez las cuestiones que le fueron propuestas, lo que era de esperarse, conocidas como son las dotes intelectuales de la sustentante, pues, desde que empezó sus estudios, supo captarse por su claro talento y trato fino el aprecio de sus maestros y condiscípulos, distinguiéndola como una de las más notables en aprovechamiento. Enriqueta es hija del autor de los Ecos de un alma, del humilde literato que murió con el ánimo tranquilo por la convicción que engendra el deber cumplido del apóstol de la ciencia… A lo vivo de su expresión, a la facilidad de su palabra, a lo sólido de sus argumentos unía la suavidad de carácter convirtiéndose en cariñoso mentor de la juventud. Tal era Antonio Najarro. Nosotros creemos que la Señorita Najarro sabrá reemplazar a su padre en el profesorado, pues cuenta con las aptitudes indispensables para sobresalir en la carrera que acaba de coronar con éxito brillante, y todos los institutores deben sentirse orgullosos por tenerla de compañera en la noble, cuanto difícil, tarea del magisterio.[4]

Alfonso Espino tenía 23 años y era profesor de Ciencias y Letras cuando se casó con Enriqueta Najarro, quien tenía la misma edad, en la ciudad de Ahuachapán, en enero de 1897. Los dos eran normalistas formados para la docencia, aunque, sin lugar a dudas, fue la literatura lo que en verdad los unió: ambos eran poetas jóvenes con fuertes inquietudes intelectuales, y ambos provenían de familias vinculadas a círculos literarios.

La familia Espino-Najarro tuvo ocho hijos. Rubén Antonio, el primero de ellos, nació en 1899, seguido por Edgardo Alfredo, Miguel Ángel, Graciela Hortensia, Aracely, Alfonso, Zelmira y Adalberto. Los primeros dos hijos nacieron en Ahuachapán; los otros seis en Santa Ana. El mayor, Rubén, entró al servicio militar; otro, Miguel Ángel, al servicio diplomático. De entre ellos, tres fueron escritores: Edgardo Alfredo (conocido literariamente como “Alfredo Espino”), poeta; Miguel Ángel, poeta y narrador; y Alfonso, periodista. Estos tres fueron alcohólicos en su primera juventud y sufrieron graves padecimientos de salud debido a ello.[5] Alfredo y Alfonso murieron uno tras u otro antes de cumplir los 30 años; Zelmira Espino de Cornejo falleció en 1945;[6] el menor, Adalberto —un prodigio de la guitarra desde niño, discípulo del gran compositor paraguayo Agustín Barrios, “Mangoré”[7]—, tuvo un accidente de tránsito fatal en 1948.[8] Miguel Ángel, poeta y narrador, sufrió a los 49 años un derrame cerebral que detuvo, de golpe, una brillante y ascendente carrera literaria; falleció en 1967.

Pese a su renombre en los círculos culturales, la familia Espino era de medios económicos muy modestos. Según Enriqueta, su hogar era “un nido”, “muy pobre y humilde”, donde no había “más que frutos de amor” (Ver su poema “A mi Alfonso”). Enriqueta Najarro fue nieta del presidente Francisco Dueñas, e hija de Antonio Najarro (San Salvador, 1850-90) poeta, escritor satírico y periodista, autor de un libro que reunió su poesía y su prosa: Ecos de un alma (Imprenta Nacional, San Salvador, 1888).

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Manuscrito de un poema de Enriqueta Najarro a su esposo, Alfonso Espino. Colección Gavidia-Espino.

Aunque se graduó como la mejor estudiante de su promoción, Enriqueta Najarro jamás ejerció la docencia. Tampoco quedan registros de su poesía, nunca reunida ni publicada en libro. De hecho, no sabríamos nada de ella como escritora de no ser porque su hija Hortensia, hermana de Alfredo, lo reveló en varias entrevistas, poco antes de su muerte en 2002.[9] Según Hortensia, Enriqueta usó seudónimos —“Alma” y “Alma luz”—, aunque también firmó con su primer nombre —“Enriqueta”—, y publicó su poesía en secreto, “por temor a que los lectores de la época pudieran adjudicarle al esposo los poemas escritos por ella”.[10]

La única reflexión sobre la circunstancia social de Enriqueta de Espino, como mujer intelectual en un hogar dominado por hombres escritores al final del siglo XIX, es la que nos ofrece Alberto Masferrer en 1933:

La madre de Alfredo habría sido poetisa militante si no hubiera tenido que realizarse en sus hijos; como las madres se dan todas, en cuerpo, mente y corazón, no les queda nada para el verso ni para el cuadro ni para el canto, una vez que surge en torno la turba de niños, que vale como una turba de poemas. En este caso fueron obras maestras, pues Miguel Ángel es un delicadísimo orfebre de la prosa, y Alfredo fue una lira hecha hombre.[11]

El silencio de la mujer escritora —que sacrifica su talento literario para favorecer su entrega al hogar y la familia— fue celebrado de esta manera en El Salvador hasta muy entrado el siglo XX. Sólo conocemos tres poemas de ella, los tres son sobre sus roles como esposa, madre y amante, y en todos ellos equipara el amor a la pérdida de la razón: “A mi Alfonso” (donde su esposo es el “consuelo” para sus “horas a ciegas”); “A Rubencito en su natal” (escrito cuando estaba separada de él, y a quien le profesa su “amante desvarío”) y “Locura” (un madrigal en el que afirma que el único remedio para su locura de amor, sólo se lo puede otorgar el mismo hombre que la ha vuelto loca). El último de estos poemas es el único atribuible a ella que logramos rescatar de un medio impreso;[12] apareció publicado en 1905 en la revista literaria de moda en aquel entonces, La Quincena, bajo el seudónimo “Alma”.[13]

Después de las muertes de sus hijos Alfredo y Alfonso —quien también era escritor y murió trágicamente[14]—, Enriqueta cayó en una depresión clínica de la que nunca se recuperó. Internada por varios años en el Hospital Psiquiátrico, falleció en julio de 1939, a los 65 años.[15]

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Alfredo Espino a los 2 años con un gatito, octubre de 1902. En ese entonces era usual vestir a todos los niños menores de 4 años con faldas. Colección Gavidia-Espino.

II. Tres poemas del hogar

Enriqueta Najarro de Espino

A mi Alfonso

De mi hogar en el diáfano cielo
eres astro que alumbra mi fe:
en mis horas a ciegas, consuelo,
y la dicha que un día soñé.

Es muy pobre y humilde mi nido,
no hay en él más que frutos de amor;
pero en cambio, mi esposo querido
es tesoro de inmenso valor.

Enriqueta

A Rubencito en su Natal

Si pudiera en mis versos, hijo mío,
mandarte el corazón que te ama tanto;
si pudieran las notas de mi canto
traducirte mi amante desvarío.
Si cuanto para ti quiero y ansío
con amor maternal, tres veces santo,
condensarse pudiera, cuánto, cuánto
te diría, ¡Rubén!… Dios bueno y pío
te prodigue sus dones, bondadoso,
para que seas siempre virtuoso
como yo lo deseo; en mi ansia loca
te mando, con los besos de tu padre
mis bendiciones como amante madre,
y un millón de los besos de mi boca.

Santa Ana, octubre 18 de 1902.

Locura

Que soy loca, muy loca —tú me dices—.
Yo no te contradigo.
Mis locuras me dan horas felices
—las que paso contigo—.
Y si por ti, mi vida, no soy cuerda,
a ti volverme la razón te toca;
mas si es a condición de que te pierda,
¡déjame siempre loca!

“Alma”, 1906.

 

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Recorte sin origen de publicación de un poema de Enriqueta Najarro dedicado a su primer hijo. Colección Gavidia-Espino.

NOTAS

[1] Según Hortensia Espino de Gavidia, su madre tenía la misma edad que su padre Alfonso Espino, en la transcripción completa de la entrevista que le hiciera Francisco Andrés Escobar. El dato sobre el año de su matrimonio proviene de: Velásquez, Larissa. “Memoria histórica en el olvido”, Diario de Occidente (una publicación regional de El Diario de Hoy), San Salvador, 15 de noviembre, 2002 (se trata de un artículo sobre el Archivo de la Gobernación de Ahuachapán, donde se encontró la diligencia matrimonial de Alfonso Espino y Enriqueta Najarro).

[2] Masferrer, Gallegos Valdés, Landarech y Escobar Velado, entre otros.

[3] García, Miguel Ángel. San Salvador, desde la conquista hasta el año 1894, en lo político, social, ciencias, letras y bellas artes. Imprenta Nacional, San Salvador, 1958. Los informes escolares de Enriqueta Najarro aparecen en las páginas 110, 121 y 127.

[4] “Felicitación”. Recorte de periódico sobre la graduación de Enriqueta Najarro, sin datos de origen, aunque sin lugar a dudas data de finales de 1890, año de la muerte de su padre, un dato mencionado en el artículo; además, el primero de los tres años de estudio en la normal de señoritas inició a principios de 1888. El recorte se encuentra en la colección de la familia de Hortensia Espino, viuda de Gavidia. El facsímil fue reproducido en la tesis para optar al grado de Licenciado en Letras de Mirna Priscilla Gámez Sol: “Estudio sobre la obra narrativa de Miguel Ángel Espino. Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas, San Salvador, 1985.

[5] Martínez Orantes, Eugenio. 32 escritores salvadoreños. Editorial Martínez Orantes, San Salvador, 2001, p. 88.

[6] Espino, Miguél Ángel. Obra narrativa. Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, 2007, p. 60. Se menciona en la cronología, por error, que Zelmira Espino de Cornejo era “sobrina” de Miguel Ángel Espino; era su hermana.

[7] Cándido Morales, José. Ateneo: revista del Ateneo de El Salvador. San Salvador, 1979, p. 74.

[8] “Víctima de un accidente de tránsito falleció ayer el Br. Adalberto Espino”. La Prensa Gráfica. San Salvador, 18 de noviembre de 1948.

[9] La fecha de su fallecimiento, el 23 de diciembre de 2002, aparece en la Declaratoria de Herencia de Hortensia Espino, viuda de Gavidia. Diario Oficial, 23 de noviembre, 2003, p. 43. Ejemplos de sus declaraciones y sus contribuciones sobre la poesía de su madre aparecen en: Gámez Sol, 1985; y en Escobar, 1989.

[10] Escobar, Francisco Andrés. “Con el alma descalza”, prólogo a Jícaras tristes de Alfredo Espino, Eitorial Roxsil, San Salvador, 1989, p. 11.

[11] Masferrer, Alberto. “Un libro de Alfredo Espino”. Carta incluida a manera de prólogo en varias ediciones de Jícaras tristes, fue escrita para instar al Estado a financiar la primera edición del libro. Se publicó por primera vez en el Boletín de la Biblioteca Nacional, San Salvador, 1933, pp. 4-5.

[12] Atribuible a Enriqueta Najarro porque en él se entrecruzan oportunidad, tema y estilo para señalarla como la autora más probable. Se trata de una variación estrófica de la lira, extendida a ocho versos, también utilizada por su padre, Antonio Najarro. El poema calza, por su tema, en la biografía de la autora, y fue publicado por un amigo muy cercano a su familia: Vicente Acosta, director de la revista La Quincena. El poema, además, aunque se presenta como escrito por una salvadoreña, no ha sido atribuido antes a ninguna otra poeta, entonces muy contadas (de entre las conocidas, no superan la media docena). Durante la investigación catalogué toda la poesía escrita por mujeres en revistas literarias salvadoreñas publicadas entre 1890 y 1930, y logré identificar a todas las autoras (la mayoría extranjeras) de los demás poemas, excepto a la de estos versos, hasta que el seudónimo cerró el rompecabezas. Dado que el seudónimo es “Alma”, consistente con los que le atribuye su hija (“Alma” y “Alma Luz”), por defecto la autora más probable es Enriqueta Najarro de Espino.

[13] Alma (Enriqueta Najarro de Espino). “Locura”. La Quincena, Año II, Tomo IV, Nº 47, 1905, p. 344.

[14] Martínez Orantes, Eugenio. 32 escritores salvadoreños: de Francisco Gavidia a David Escobar Galindo. Editorial Martínez Orantes, 2001, p. 88.

[15] Este dato le fue proporcionada por las hijas de Enriqueta a Eduardo Atuán, gerente general de Jardines del Recuerdo, a mediados de 1970, cuando los restos de Alfredo Espino fueron trasladados a ese camposanto. Escobar también menciona el dato, que le fue proporcionado por Hortensia Espino.