La poeta canadiense galardonada con el Premio Nobel 2026 escribe sobre un concierto de Rosalía.
Anne Carson
Traducción e introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | # 122 | Octubre 18, 2026
Introducción
Por Jorge Ávalos
Cuando se anunció este año al ganador del Premio Nobel de Literatura, el comunicado completo, difundido el 8 de octubre pasado, podría pasar por un ejemplo de concisión extrema:
El Premio Nobel de Literatura de 2026 se concede a la autora canadiense Anne Carson, «por su audaz e inventiva obra que, en diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea».
Lo cierto es que esa sola oración, tan lacónica, resume muy bien la contribución histórica de la poeta Anne Carson, al mismo tiempo que la traiciona, pues todo encuentro con su obra produce, siempre, una espléndida consternación. Nada, pero absolutamente nada de lo que ella hace existe dentro de los márgenes o las reglas de la literatura, tal y como ha sido cuadriculada en nuestros días por las reglas del mercado y los gustos comerciales. Así que este premio del comité del Nobel merece un aplauso porque estamos ante una autora tan radical e inimitable como Samuel Beckett en su momento.
Anne Carson se enteró de que se había ganado el premio Nobel de Literatura cuando recibió un mensaje de un periodista de The Globe en Islandia, donde reside parte del año y donde es prácticamente inaccesible. El periodista le preguntó qué estaba haciendo en Islandia.
—Escuchando el viento —respondió ella.
—¿Sabes que te acabas de ganar el Premio Nobel?
—¡Juéla! —respondió ella.

Contrario a lo que muchos suponen, el nombre de Anne Carson (Toronto, Canadá, junio 21, 1950) ha sido uno de los más anticipados y consensuados en el ámbito de la poesía para el Premio Nobel, por más de una década, en parte porque ha sido ampliamente traducida, difundida y comentada, cimentando en el camino su propio grupo de admiradores, tan tenaces como los de Murakami, por ejemplo. Por supuesto, los lectores de ficción y de poesía rara vez coinciden, así que el premio sorprendió a la mayoría de los lectores que sólo se mueven entre la ficción y las tendencias más publicitadas del mercado literario.
Aun así, que una poeta canadiense se haya ganado el Premio Nobel justo cuando Canadá ha ocupado una posición de liderazgo mundial mientras está siendo diariamente atacada por el infante desquiciado y malévolo que rige el destino del país al sur de Canadá podría no ser coincidencia, pero Carson sí se merece el premio, por varias razones estrictamente literarias. Aun así, ella no es una novelista como Hang Kang, que de inmediato se volvió popular. Esto no va a suceder con Carson porque sus libros son exploraciones un poco esotéricas de las fronteras entre los géneros literarios.
En efecto, Carson explora los linderos entre el deseo y el acto, entre el pensar y el sentir, y entre el imaginar y el existir. Así que su obra va a ser desconcertante para una audiencia más amplia y que no tiene paciencia para perderse en las veredas sin rumbo cierto. Pero yo creo que su obra es increíble precisamente porque ella crea estos territorios literarios muy frágiles donde nada tiene rumbo cierto, donde la forma es desconcertante, pero las exploraciones se sienten tan humanas y están tan arraigadas en el existir cotidiano incluso cuando desciende del olimpo de los clásicos y se mueve en el contexto de la literatura de la antigüedad. Lo primero que leí de ella, en inglés, fue “The Glass Essay”, de su libro Glass, Irony and God. Este largo ensayo/poema/memoria de unas 40 páginas me impresionó profundamente, y me dejó sin palabras porque es el equivalente intelectual a caminar en una cuerda floja. Todos sus libros son sui generis, comenzando por el más popular que ha escrito: Autobiografía de Rojo (1998).
Pero ¿cómo introducirla a quiénes nunca la han leído?
¿Por qué no con la inusual crónica que ella escribió recontando sus impresiones del concierto que Rosalía dio en Chicago el 20 de junio de 2026?
Una especialista en literatura de la antigüedad, y traductora genial de clásicos griegos, como Safo, Sófocles y Eurípides, fue a un concierto de Rosalía y quedó enamorada de lo que vio, porque reconoció en el concierto de la cantante pop española algo similar al imaginario fantástico de las diosas de la mitología griega, al mismo tiempo que lucha por mantener su distancia racional, así que examina sus fantásticas impresiones de lo que vio, a la vez que señala la naturaleza tan humana de su público. Su prosa es libre, veloz y poética.

Sobre Rosalía
Por Anne Carson
Tengo resaca de Rosalía. Los veinte mil fans de Chicago subimos un día gigantesco para llegar hasta ella. Desfilando, sonriendo y haciendo de sus ojos un par de asteriscos, envolvió a su alrededor los gritos del público como si fueran una capa mágica y los convirtió a todos en conejos o en un jarrón de tulipanes entre sus pliegues. Las crinolinas blancas. Los gritos. Hay tanto que entender. Con cada inhalación suya, todo el público gritaba como si ella les estuviera arañando la columna vertebral con la uña, a cada uno de ellos por separado. Esa voz es capaz de cualquier cosa. Y su personalidad escénica florece para contenerla. Imagínate seducir a veinte mil personas así cada noche en una gira por Dios sabe cuántas ciudades; yo no puedo.
Dicen que el flamenco fue su primera pasión; estudió en el Taller de Músics de Barcelona y más tarde en la Escola Superior de Música de Catalunya, y luego creó sorprendentes canciones pop mezclando la oscuridad del flamenco con los habituales elementos electrónicos y sus propias altitudes de coloratura. En Chicago interpretó dos canciones de flamenco-pop al final de su última actuación, acompañada por el fatal zapateo y la guerra de palmas. La voz es una maravilla. Es un lugar común que el flamenco exige madurez en la voz; la suya, que de algún modo aún conserva el brillo adolescente, podría pasar de maravillosa a milagrosa en unos pocos años. Se eleva por encima del frenético retumbar del sistema de sonido como una flecha plateada lanzada al espacio, y ellos gritan, y ella se eleva, y ellos gritan, y ella se eleva. Desde las gradas se derrama hacia ella una adoración total. Se podría acariciarla como a un animal que brinca y se pavonea por la pista (un pabellón deportivo, normalmente de baloncesto). Algunos de los fans se alinean en el borde del escenario, la tocan y lloran. La mayoría se queda en sus asientos. Se ponen de pie y gritan. Déjame repetirlo. Durante las dos horas que dura el concierto, todas y cada una de estas personas (excepto mi esposo C. y yo)[1] se levantan de sus asientos y gritan sin parar.
Nunca había oído un sonido como ese.
¿Son esos gritos una respuesta al significado de las letras de las canciones? No sabría decirlo. Las letras, en muchos idiomas, se proyectan sin más en una pantalla situada sobre el escenario. Desde donde estoy sentada solo puedo ver la mitad de la pantalla. Gran parte de los versos parecen ser metáforas radicales traducidas con Google Translate, pero no soy quien para juzgarlo. Sin duda, todo suena mejor en el original. Sin embargo, me quedo perpleja ante una estrofa como esta de «Mio Cristo piange diamanti»:
Eres el huracán más hermoso
que jamás haya visto.
El mejor de los dólmenes
se levantaría por ti.
Más tarde, en casa, busqué «dolmen» en el diccionario: «Monumento prehistórico formado por dos o más piedras erguidas que sostienen una losa, que se encuentra especialmente en Gran Bretaña y Francia, y que se cree que es una tumba».
La imagen sigue resultándome inquietante.
Así de inquietante me resulta la combinación de los recursos de la canción pop con la emoción mística tradicional. Está claro que Rosalía siente un gran aprecio por las reflexiones místicas y el ejemplo santificado de alguien como Simone Weil, a quien sus letras casi citan de vez en cuando. Menciona tanto a Dios como a Cristo, el sacrificio y la redención. ¿Se remonta esta religiosidad a una base de fe? No sabría decirlo. No creo que a nadie le importe. Es el recipiente religioso que ella misma representa lo que la gente quiere contemplar, asaltado y casi vencido como está en un mar de emociones. Gran parte del contenido de las letras tiene un ligero toque sadomasoquista, y todos los movimientos están sexualizados de forma muy marcada. Los bailarines se cuelgan de ella y son rechazados, como si no importaran. Su voz, sencillamente, los deja sin aliento.
Al mismo tiempo, es difícil imaginar una actuación de Rosalía sin el vídeo. Si tomaras asiento en las gradas superiores del pabellón de baloncesto, verías a Rosalía y a sus bailarines como nada más que un diminuto esquema de cuerpos muy, muy, muy abajo en el escenario; bien podría ser el siglo V a. C. y el Teatro de Dioniso en Atenas, donde la acción dramática tenía lugar ante la mirada de probablemente entre quince mil y dieciséis mil espectadores, todos asomándose hacia una pequeña orquesta central. Pero aquellos actores de la Antigüedad llevaban máscaras. Su propósito era mítico. No tenían rostros propios. El rostro de Rosalía se proyecta a seis pies de altura detrás de ella en todo momento. Como los espectadores que tengo delante permanecen de pie, la veo principalmente en el vídeo. Su rostro, su teatro, su palimpsesto de amores fallidos. Las opulencias emocionales lo inundan, míticas a su manera tecnológica. Lo confieso: sumergirme así en el vídeo me parece un poco irresponsable, como si no me comprometiera lo suficiente. ¿Hay algo demasiado fácil al enfocarme en el vídeo? ¿Como si mi atención se rindiera? No tengo que esforzarme por ello. Y yo quería esforzarme, quería esforzarme por ella, para estar a la altura de su heroísmo.
Exigimos heroísmo a nuestros artistas. Queremos que se sacrifiquen hasta un cierto grado, pues hay un grado extremo de entrega en el caso de Rosalía. Nadie puede cantar tan alto, y sin embargo ella lo hace. Nadie puede bailar con tanta intensidad y durante tanto tiempo, pero ella sigue adelante. Nadie puede sobrevivir a ser tan intensamente adorada, pero somos nosotros quienes nos quedamos exhausto como esponjas al verla, con el corazón latiendo con fuerza, un poco temerosos de lo que vendrá después.
Y sigue siendo innegable: por todo el recinto la gente está tremendamente feliz. Por todo el recinto gritan, gritan, gritan. «Es bonito ver a la gente feliz», no deja de decir C. Yo siempre intento entender qué hace feliz a la gente.
¿La envidio? Por supuesto que sí. Es una mujer de 33 años que encarna el glamour y la fuerza femeninos. Sabe cómo hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: este es el nuevo feminismo. Me fascina. A diferencia de Björk, que se aleja de la feminidad transformándose en otras especies, Rosalía se adentra más en lo femenino en sí mismo, profundizando en ello, más allá de las mutilaciones del flamenco hasta un lugar de poder donde se siente renovada; entonces, simplemente echa la cabeza hacia atrás y ríe como una vela al viento. Necesita sentirse renovada. Ahora todos los presentes en la sala también lo necesitan. La envidia queda arrojada al suelo. Todos se elevan hacia un orden diferente de comprensión. No comparan, adoran. Ella nunca se queda sin aliento; somos nosotros los que nos quedamos sin aliento. Ella te da la vuelta como a un guante.
O bien, se adentra en el alboroto que eres, apartando de un empujón su estupidez, porque tu deseo más profundo es bastante estúpido, ¿no?, con sus lagunas, contradicciones y adjetivos débiles, hasta que alguien da en el clavo, ¿no? Su voz cae como una flecha sobre él. Su voz encuentra el verdadero calor que hay en ti. O el verdadero frío. O lo verdaderamente real —¿es así como lo llamamos?—. ¿Qué es cantar, al fin y al cabo? ¿Por qué nos atraviesa? Quizá sea un error que el público lo reciba simplemente con más ruido, pero existe una presión metafísica para hacerlo. Yo también la sentí, aunque no grité. No se me da bien gritar.
El público de Rosalía: en general, esta gente no me transmite ninguna tranquilidad. A veces, al ver una gran actuación, el público desarrolla una camaradería, una sensación de «aquí estamos todos juntos remando arriba y abajo por las olas de este genio». Aquí no hay ese ambiente. Aquí cada persona está singularmente enamorada de Rosalía y ocupada imaginando su vida con ella, sus salvaciones privadas. Tras el concierto, mientras todos esperamos de pie el tren en un andén del metro iluminado con luz cruda, no hay (C. se dio cuenta de esto, es el tipo de cosas de las que se fija) ninguna euforia compartida, ninguna herida común. La noche es plana, plegada. Cada persona se sumerge en sus ensoñaciones, ajustándose los auriculares.
London Review of Books,
Vol. 48 No. 16 · 10 September 2026.

[1] C. es el artista Robert Currie, esposo de Anne Carson, y diseñador de algunos de sus libros, especialmente Knox (2010).
