Ricardo Lindo: “Alejandro, documental de una ficción verdadera” (crítica de cine)

Mito y realidad se mezclan y confunden en este retrato documental de una figura legendaria del cine salvadoreño.

Ricardo Lindo
La Zebra | #13 | Enero 1, 2017

Guillermo Escalón, cineasta salvadoreño, hizo una película sobre Alejandro Cotto, cineasta salvadoreño. Aunque Alejandro (1994) lleva dos años de filmada, y se ha presentado en importantes festivales del mundo, los salvadoreños no tuvimos ocasión de verla hasta principios del año en curso. Ignoro las razones. Supongo que la indiferencia que nosotros tenemos hacia nuestros propios valores (lo que constituye, en parte, el tema de la película) influyó para que así fuera.

Se trata de un extenso retrato de Alejandro Cotto (1927-2015). Extenso, por cierto, más allá de lo que hubiera sido deseable, pero, ponderando, son más las virtudes que los defectos de la película.

La idea es de por sí sorprendente: el acudir a un personaje cuyo cine se fue más en sueños que en realizaciones. Cotto quiso hacer películas cincuenta años atrás, cuando El Salvador era bastante más limitado en recursos, y con una apertura mínima hacia la modernidad. Las dificultades que encontró fueron enormes, y tras su escasa labor fílmica hay un esfuerzo heroico. Contradictorio, sentimental hasta el abuso, fervoroso, con algo de orador sacro del siglo XIX, Cotto quería filmar el pueblo, con sus fiestas patronales, sus apoteosis, sus dramas. Su tema y su fascinación de artista iba hacia ese mismo horizonte de pasado y tradición que volvía casi imposible la moderna tecnología, que él necesitaba.

Extensos extractos de la filmografía de Cotto aparecen citados en la película de Guillermo Escalón. Estos fragmentos de sus obras dan cuenta de la variedad de sus opciones. En Un camino de esperanza (1959) y El carretón de los sueños (1973) está su arte en función social: muestra la horrorosa miseria como un llamado a la conciencia. Al concluir El carretón de los sueños, realizado en los años cincuenta, predice que de seguir así las cosas se desatará en El Salvador una guerra…

Otro trabajo suyo, El rostro (1960), es el destino de la humanidad representada por un campesino. Su rostro y las grietas del suelo erosionado se identifican, y hay en estas imágenes una prueba, a la par, de osadía y de maestría fílmica. En Universo menor (iniciada en 1979, nunca finalizada) Cotto nos da su pasión: la fiesta popular. Él pretende revivir las tradiciones de Suchitoto, y una coronación de reina que viera antaño, en los días de su niñez. Fabulador, Alejandro inventa.

Nunca, ni antes ni después, hubo en Suchitoto esa fantástica fiesta medioeval, con damas de largos vestidos, obispos y pajes con estandartes, que él montó para su película. Sí, él se inventa las cosas y quiere hacernos creer que su desbordante fantasía es menguada copia de lo que antes se hacía siempre. Pero uno, como espectador, tiene sus opciones. Yo prefiero creerle al poeta que me cuenta de un marino que luchó contra un cíclope, y vio a sus compañeros de tripulación transformados en cerdos por una hechicera, antes que al sensato profesor que me dice que todo eso es absurdo.

Ante la imposibilidad de llevar a cabo una obra de cineasta más ambiciosa, Alejandro desató sus impulsos creativos en la revitalización de Suchitoto, lugar de nacimiento, hasta convertirlo en un centro de arte y situarlo como un punto de referencia a nivel nacional.

Suchitoto no era, en realidad, gran cosa; era un pueblo como tantos. Mas si en cine ha sido Alejandro un pionero, en su labor de pueblerino vocacional fue un visionario. En efecto, esos pueblos como cualquier otro, se van extinguiendo aceleradamente, y hoy son como los últimos enclaves de paz y de belleza sobre el planeta.

Pero Suchitoto se ha visto envuelto en grandes vicisitudes: la inundación creada por la presa del Cerrón Grande y la guerra. La guerra en Suchitoto es contada a través de pasajes filmados por reporteros suicidas de la NBC. Y vemos otra escena, de Escalón, en que los profesores de la localidad festejan y agradecen a Alejandro por su labor. Y hay algo que Guillermo calla, acaso por el pudor que suele despertar lo excesivo: cuando todos los profesores desertaban el sitio, Cotto, viendo hundirse la escolaridad de su terruño, reunió a los pocos maestros que quedaban y los hizo jurar sobre la Biblia que no se irían, que continuarían enseñando. Y algunos de los juramentados murieron violentamente, en ese lugar que estaba en trance de convertirse en pueblo fantasma. Y era esa fortaleza, ese espíritu de apostolado que Alejandro les diera, lo que los restantes le estaban agradeciendo.

Objetivo, a ratos con un poco de ironía, pero con admiración y respeto, Guillermo Escalón nos va revelando a su personaje por medio de conversatorios, donde Alejandro habla de su experiencia y su visión del mundo. Lo sitúa en su ambiente, rodeado de cuanto ama: su casa-museo, sus gentes, las canciones, la música clásica, los santos barrocos, las figuritas de Ilobasco.

Con Alejandro, Guillermo Escalón ha creado, para nosotros y para la posteridad, un hermoso retrato de un personaje excepcional.

 

Esta reseña de Ricardo Lindo se publicó originalmente en Ars, revista de la Dirección de Artes de El Salvador, segunda época, Nº 9, San Salvador, 1996, pp. 127-128.

 



TODA LA SERIE

Introducción

Guillermo Escalón, entre el mito y la realidad del cine salvadoreño

I.Antes de la guerra

I.1 Antes de la guerra – Los pioneros del cine en El Salvador

I.2 Baltazar, el impaciente – Una memoria de Guillermo Escalón

I.3 La zona intertidal – Una gema del cine de ficción

II. El cine de guerra

II.1 La decisión de vencer – El colectivo Cero a la Izquierda

II.2. Un arte de audacia – Cine guerrillero del Sistema Venceremos

III. Cine de posguerra

III.1 Música visual – proyectos personales y fotografía

III.2 La nueva generación – cine centroamericano

Alejandro – la película, una “ficción documental”

Guillermo Escalón: Alejandro – película completa

Ricardo Lindo: Alejandro, documental de una ficción verdadera

 


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968). El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (1972). Su poesía está recogida en varios libros: Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016); Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989); Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendo Tierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) y Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.