La Zebra: “Las 11 mujeres que cambiaron la poesía de El Salvador” (guía)

Nacidas en el primer cuarto del siglo XX, estas pioneras abrieron el campo a la mujer en la literatura de El Salvador.

Redacción La Zebra
Arte de Elisa Huezo Paredes
La Zebra |
# 50 | Febrero 1, 2020

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Claudia Lars

(1899-1974)

Su poesía es una muestra de diversidad temática, belleza verbal y técnica impecable, lo cual la convierte en una de las grandes poetas de América Latina en el siglo XX. Aunque el oficialismo suele enfatizar su poesía infantil o los sonetos amorosos de su primera etapa, Lars incursionó en la poesía erótica, en la exploración de la memoria como afirmación y construcción de su identidad como mujer, y en la crítica social y feminista. Destaca, entre sus libros, un largo poema de aspiración mística, Sobre el ángel y el hombre (1962), pero su obra maestra podría ser una trilogía de poesía autobiográfica, muy admirada por la premio Nobel Gabriela Mistral: Donde llegan los pasos (1953); Fábula de una Verdad(1959); y Del fino amanecer (1964). También escribió las memorias de su niñez y adolescencia, su libro más popular: Tierra de infancia (1958).

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Lydia Valiente

(1900-1976)

La poesía de denuncia en El Salvador tiene su origen en los romances apasionados de esta poeta, pionera de la “poesía coral” (voz del pueblo). Fue una importante promotora de la literatura social en la década de 1940, cuando mantuvo una sección literaria en El Diario de Hoy, por medio de la cual introdujo al público a la poesía del Grupo Seis —a quienes influyó poderosamente—, incluyendo a Oswaldo Escobar Velado y a Pilar Bolaños. Sus dos libros de poesía fueron reunidos en un solo volumen editado por su sobrina Ana Patricia Valiente Reyes: Letras de cal Raíces amargas (2013).

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Josefina Peñate

(1901-1935)

Considerada la primera narradora feminista de Centroamérica, también escribió exquisitos poemas en prosa. Atacó el moralismo, en la medida en que cercaba la libertad de la mujer. Esto la llevó a publicar su “Espístola galante”, una carta de sutil erotismo en la que se declara una pecadora y elogia el poder de la culpa como motor de la conciencia: “He aquí por qué no rehuyo el castigo. Para mí la culpa es sencillamente divina: porque nos da la ocasión de probarnos grandes y fuertes, acercándonos al ara para lavar nuestro pecado.”. Publicó tres libros en rápida sucesión antes de morir después de un parto difícil: Esbozos (1928); Surtidores (1929); y Caja de Pandora (1930).

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Lillian Serpas

(1905-1985)

Su vida fue marcada por la trágica muerte de dos de sus tres hijos. Vivió por muchos años en México, al borde de la indigencia. El gran novelista chileno Roberto Bolaño la retrata en su novela Amuleto (1990). Su poesía posee un raro lirismo conceptual, pero es siempre imaginativa. Publicó cuatro libros de poesía: Urna de ensueños (San Salvador, 1927); Nácar (San Salvador, 1929); Huésped de la eternidad (México, 1947); La flauta de los pétalos (México, 1951).

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Emma Posada

(1912-1997)

A sus 17 años esta poeta salvadoreña avanzó la causa por la poesía vanguardista con una colección de poemas en prosa enjoyados de imágenes. A pesar de su paso tan fugaz por las letras salvadoreñas, la influencia de la poesía de Posada no puede ser menospreciada. Un enamorado Miguel Ángel Espino escribió el prólogo a su único, breve libro, Poemas en prosa (1935), y Claudia Lars la incluyó en su clásica antología de poesía salvadoreña publicada en la revista Cultura (No. 54, 1969).

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Elisa Huezo Paredes

(1913-1995)

Una poeta salvadoreña de inclinación clásica y humanista, devota de la palabra apasionada como fuente de fortaleza moral y de refugio místico. Es la más destacada cultivadora del neo-clasicismo en la poesía salvadoreña, utilizando con gran destreza las formas clásicas de la poesía española. En vida publicó sólo un libro: Voces sin tiempo (DPI, San Salvador, 1978, que recogía poesía en verso y prosa, y un par de cuentos breves, entre los que destaca “El descanso”). Dejó un libro de poesía sin publicar: En la ruta del viento. Fue también una pintora destacada.

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Pilar Bolaños

(1920-1961)

Una de las primeras poetas salvadoreñas que expresó preocupaciones políticas y sociales en su poesía, empática y dulce. Olvidada después de su suicidio en San José, en 1961, Bolaños fue perseguida y encarcelada por las autoridades de Costa Rica. Impulsora del cuento neo-realista con “¿Qué le costaba?”, en el que retrata a un niño pobre en Navidad. Su poesía es tersa y apasionada.

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Liliam Jiménez

(1922-2007)

Exiliada en México desde la década de 1960, Liliam Jiménez fue conocida por una inquebrantable afiliación al socialismo, cuyos ideales expresó en su obra poética y testimonial. Vivió la persecución política, la cárcel y el exilio. Se radicó en México donde vivió hasta su muerte a los 84 años. El gran muralista mexicano David Alfaro Siqueiros la retrató como a una niña rebelde (ver imagen). Anticipó una modalidad de la poesía erótica que expresa el deseo de una mujer desde un imaginario que representa la experiencia sensorial de su sexualidad.

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Matilde Elena López

(1922-2010)

La influencia de los clásicos y el pensamiento marxista se unen en el lirismo intelectual de esta autora salvadoreña. Catedrática y escritora, reconocida, sobre todo, por sus estudios literarios, también publicó poesía, cuento y teatro. Sus principales ensayos están recopilados en el libro Interpretación social del arte (1965). Abordó un tipo de narrativa subjetivista con el relato epistolar de corte autobiográfico Cartas a Groza (1970), y una poesía de estilo neoclásico en la que aborda temas políticos y sociales, como en Los sollozos oscuros (1982).

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Claribel Alegría

(1924-2018)

Figura consular de la intelectualidad centroamericana, poeta de dos países —Nicaragua y El Salvador— y puente literario entre dos mundos —como promotora de la literatura latinoamericana en los Estados Unidos y de la literatura norteamericana en América Latina—, Claribel Alegría fue galardonada en noviembre de 2017 con el Premio Reina Sofía de España. Su poesía, esplendorosa, atrapa los fugaces momentos cotidianos y los eterniza en el ámbar de versos transparentes. Toda su poesía está escrita con delicadeza verbal, con la intención de provocar en el lector una filigrana de emociones.

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Dora Guerra

(1925-2016)

Autora  de un solo libro, Signo menos (1959), impresionó a los escritores de su época por la frescura de sus versos. La suya es una poesía auténtica, sin pretensiones estéticas, pero impecable en su ejecución, y más viva, mientras más expuestas están sus emociones. En ella, Dora Guerra marca el arco de su aprendizaje en el amor, desde sus anhelos juveniles hasta su primera, brutal decepción, y se encuentra al fin, cara a cara, con los espejos humanos de su madre y su padre, al momento de alcanzar la madurez.